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A propósito de la violencia feminicida

A propósito de la violencia feminicida

Rosario Herrera Guido

El odio a la mujer
—no sólo experimentado por los hombres,
sino también por las mujeres—
es consecuencia de la imposibilidad
de aceptar la diferencia radical,
por eso se la difama (dit-femme:
‘se la dice mujer’).
                                         Jacques Lacan

En el marco de la construcción de un concepto de “violencia feminicida”, como una tarea indispensable para pensar, definir y proponer nuevas y efectivas políticas públicas, para poder proponer medidas de hondo calado que permitan superar y erradicar la violencia de género y los feminicidios en Michoacán, en este breve artículo sólo voy a abordar la violencia social y en la violencia contra lo femenino.

Desde el principio, Sigmund Freud pone de manifiesto que la violencia está en el corazón de lo humano (que significa que lo inhumano está en tras mismas entrañas de lo humano), por lo que provoca una atracción irresistible. Una violencia que llama Pulsión de Muerte. Un empuje tendiente a la satisfacción de la agresividad.

Una violencia que aparece en un primer momento asociada a un suceso traumático, provocando un síntoma neurótico, a través de la sexualidad que irrumpe violentamente por la acción “perversa” de un adulto sobre un niño indefenso.

Años después, Freud abandona parcialmente esta teoría, pero no la concepción de una violencia inseparable a la sexualidad. En sus Tres ensayos de teoría sexual (1905), propone el concepto de pulsión para lo humano, a diferencia del instinto animal, un elemento antinatural que introduce una violencia radical entre los seres humanos y el mundo. La pulsión, un empuje tendiente a la satisfacción, introduce la violencia porque no asegura una armonía natural entre el sujeto y el objeto, que instaura un eterno desencuentro con el objeto buscado, lo que se convierte en la fuente de violencia por excelencia.

En el origen del sujeto del deseo está la violencia, producto del doble crimen de Edipo: el incesto y el parricidio, que atan el deseo a la culpa, que introduce el erotismo bajo la forma de un sentimiento inconsciente de culpa, como necesidad de castigo.

A partir de 1920 la cultura ya no es la causa de la infelicidad humana, sino el orden del lenguaje, que permite los lazos sociales, que son regidos por Eros, el amor —como dice Platón— que todo lo reúne y crea unidades cada vez más amplias. Por lo que Eros, la pulsión de vida, exige el sacrificio del goce, el exceso de placer que colinda con el dolor y la muerte, en nombre de la unidad social.

Pero Freud muestra que la unidad social está siempre amenazada por el fracaso del “ideal del yo”, un punto de identificación simbólica (padre, mandatario, jefe, maestro, Dios, bandera, escudo, santo patrono, el equipo de fútbol, etc.), que permite establecer el sentimiento de “comunidad” entre los ciudadanos.

La pulsión de muerte atenta contra los lazos que el símbolo impone para mantener el orden social. Se trata de un fracaso que conduce a Freud a postular que la violencia es inseparable de la cultura, como eterna encarnación de la lucha entre Eros (reunión) y Tánatos (destrucción). Un antagonismo que es el motor de la vida de los hombres y las mujeres en la historia. Una violencia que se manifiesta tanto en las fuerzas destructivas como en la creación y la innovación.

Le ley no es opuesta al crimen, tiene su lado “oscuro”, su dimensión irracional, incomprensible, obscena y feroz, en su verdad que Freud llamó Superyo. Se trata de un contrasentido en la ley, pues al nombrar lo “prohibido” lo provoca, promueve e incita.

Pero hay una forma de violencia que consiste en la exclusión del Otro, el diferente —identificado con el mal— que debe ser segregado: “No conozco sino un solo origen de la fraternidad —digo humana, siempre el humus—, es la segregación. […] Simplemente en la sociedad […] todo lo que existe está fundado sobre la segregación y, en un primer tiempo, la fraternidad” (Lacan, L´envers de la psychanalyse, Seuil, 1991, p. 132). La segregación es la fascinación insoportable que ejerce el goce supuesto al Otro, este Otro encarnado míticamente en Freud por el padre primordial que debe ser segregado del clan de los hijos para poderlo fundar.

Una relación del yo con el otro que es imaginaria y donde hay un mal que amenaza al yo: el otro, el semejante como espejo. El otro es el mal, porque es y no es yo: puede ser yo, pero una “pequeña diferencia” puede crispar la rivalidad narcisista, que tenderá a resolverse en la agresión y hasta en el exterminio, que siempre es autoagresión.

Un modo imaginario de relación que se caracteriza por el desconocimiento de sí, que percibe en el otro el mal del mundo, y que tiende hacia el suicidio, pues pretende eliminar el mal que está en el otro golpeando la propia imagen. Un desconocimiento de sí que lleva a poner en el otro lo que los griegos llamaban el kakon (el mal), que no puede percibir en sí mismo: por ello lo que golpea no es otra cosa que el kakon [el mal] de su propio ser” (Lacan, “Acerca de la causalidad psíquica”, Escritos 1, Siglo XXI, 1995, p. 165).

Pero, ¿con este modo imaginario de la relación del yo con el otro, existe alguna posibilidad de coexistencia pacífica de ambos? Sí, una coexistencia que sólo es posible por la función simbólica que se concreta en el pacto como prenda de paz. Porque el símbolo es lo que media entre dos partes y posibilita el reconocimiento. Se trata del papel mediador de la palabra, como símbolo por excelencia que instituye el acuerdo, que puede evitar el enfrentamiento a muerte.

Porque la violencia no estalla cuando algo se pierde en la realidad sino cuando “hay demasiado”. Las manifestaciones verbales que la desencadenan señalan a ese “haber”: “hay demasiada corrupción”, “ya es el colmo”, “esto es excesivo”, algo que llamamos lo inmundo. La violencia es contra lo insoportable del exceso, que se le supone al Otro, en este caso a las mujeres y las niñas. Expresión del odio a la diferencia, a lo absolutamente diferente: lo femenino, que también está, sin embargo, en los hombres.

El psicoanálisis revela que uno de los nombres de lo in-mundo refiere al mundus latino: la mujer. Si la mujer requiere de atavíos para ser y estar en el mundo, es porque ella, en sí misma, es lo in-mundo por excelencia. Lo que permite comprender por qué es el objeto privilegiado de la violencia. Una diferencia insoportable que la convierte en objeto de adoración y violencia.

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