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“Aquí así no se hacen las cosas, pinche muchachito”

“Aquí así no se hacen las cosas, pinche muchachito”

Antonio Aguilera / @gaaelico

En enero de 2014 Michoacán ardía y Enrique Peña Nieto llegaba sumamente molesto de su viaje por Suiza, debido a que en el Foro Económico Mundial de Davos, su intención de promover las reformas estructurales fue eclipsada por la crisis que se vivía en la entidad.

De nada había servido el ingente y millonario gasto de la campaña mediática de la reforma energética, ya que unos desarrapados campesinos -que se habían agrupado en los grupos de autodefensa- se habían levantado en armas y se enfrentaban directamente a la delincuencia organizada, su movimiento crecía de forma exponencial y arruinaba la entrada de México en el concierto de las naciones neoliberales.

Peña Nieto citó en Los Pinos al secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, y le demandaba un plan emergente para que la Federación entrara en Michoacán, en donde el gobernador Fausto Vallejo daba tumbos, exhibía total incapacidad y profería declaraciones ridículas ante el avance imparable de Mireles y los suyos, como aquella de “si siguen avanzado, los vamos a detener”.

El presidente decidió dar un manotazo sobre el escritorio, y acudió a una fórmula añeja ya utilizada por el PRI durante el conflicto armado en Chiapas: enviar un comisionado con plenos poderes. Con esta decisión, Peña pasaba por encima del marco constitucional estatal y borró de un plumazo la figura del gobernador del estado, fuertemente cuestionado por la forma en que el crimen organizado ayudó al PRI para ganar las elecciones del 2011.

Para encabezar la “reconstrucción del estado”, Enrique Peña optó por uno de sus incondicionales, Alfredo Castillo Cervantes, quien fuera su procurador en el Estado de México y que le tocó enfrentar el escándalo de la niña Paulette.

El 14 de enero arribó a Michoacán junto a Osorio Chong y en un evento en Palacio de Gobierno, atestiguó la firma del parapeto institucional que justificaría su presencia y que fue llamado “Plan Michoacán”, que en los hechos representaba la renuncia del poder por parte de Vallejo Figueroa y ceder la soberanía del estado.

En el evento, narran los testigos, uno de los más incómodos era Jesús Reyna.

En los primeros meses, la labor de Castillo comenzó a chocar con el aparato gubernamental, por lo que en una muestra de la altanería que lo caracterizó en todo este tiempo, utilizaba las instalaciones de Casa de Gobierno a su antojo, designó a los titulares de Seguridad Pública y de la Procuraduría, modificó el organigrama estatal, e impuso la agenda política y mediática estatal.

Mientras Fausto Vallejo se resignaba y se arrinconaba en el sector no administrativo de Casa de Gobierno, replegándose a la residencia del mandatario, Jesús Reyna no cejó y optó por la confrontación directa con el Comisionado.

Mientras Castillo disponía de todo el aparato de seguridad federal para trata de detener el avance los grupos de autodefensa en la región de la Tierra Caliente y en ubicar y detener a las cabezas de los Caballeros Templarios, en los pasillos de Casa de Gobierno –la sede oficial del gobernador- y de Palacio de Gobierno, el ex procurador mexiquense sostenía reuniones espinosas con Reyna García.

Los colaboradores del ex secretario de Gobierno llegaron a relatar que a cada decisión tomada por Castillo, que pasaba por encima de las atribuciones del gobernador y de su gabinete, así como de la Constitución del estado, Reyna García daba manotazos sobre el escritorio y le lanzaba furibundos reclamos al enviado federal, al tono de “Aquí así no se hacen las cosas, pinche muchachito”.

Los primeros éxitos comenzaron a llegar: el 27 de enero de 2014 fue detenido en una vivienda que se encontraba a 30 metros de Casa de Gobierno Dionisio Loya Plancarte, a quien apodaban El Tío; el 8 de marzo se dio el mayor logro del Comisionado en Michoacán y el mayor logro hasta el momento de las fuerzas federales en la guerra contra el crimen: mientras se encontraba festejando su cumpleaños número 44 en una comunidad de lo alto de la sierra de Tumbiscatío, cuando fue sorprendido y abatido Nazario Moreno González, «El Chayo» por comandos de la Secretaría de Marina y soldados de élite de la Secretaría de la Defensa Nacional.

El primero de abril, fue abatido Enrique Plancarte Solís mientras se escondía en un paraje en el estado de Querétaro, por lo que en apenas tres meses el gobierno federal había abatido a los gerifaltes de los Caballeros Templarios, a excepción de Servando Gómez Martínez, La Tuta, de quien Castillo llegó a referir como “La Joya de la Corona”.

Mientras se embriagaba en laureles mediáticos, Alfredo Castillo urdía el protocolo secreto de su encomienda presidencial: desarmar el entramado delictivo que se había construido entre el gobierno estatal y el crimen organizado. Para ello, ordenó que se abriera una investigación en contra de los principales sospechosos de haber pactado componendas electorales con el crimen organizado, una investigación que incluía a todos los partidos políticos, pero Castillo tenía en la mira al más gordo de todos los peces: Jesús Reyna.

En los meses en los que se instrumentaba el operativo contra los cabecillas de Los Caballeros Templarios, las fricciones entre Reyna y Castillo eran evidentes y sacaban chispas en los pasillos gubernamentales. Las versiones manejadas por los ahora sus ex colaboradores, decían que en no pocas ocasiones Reyna García salía entre exabruptos y explosiones de ira de las reuniones que el Comisionado sostenía con él y Vallejo en Casa de Gobierno.

Con el paso de los días la relación llegó a ser tirante, que el propio Castillo decidió marginar a Reyna y a Fausto de las reuniones de estrategia de seguridad que sostenía con los comandantes del Ejército, la Marina y la Policía Federal, las cuales ni siquiera se hacían en las instalaciones gubernamentales, sino en salones de hoteles contratados ex profeso.

La disputa terminó el 4 de abril del 2014, cuando al término de una reunión de trabajo con delegados federales, el ex Secretario de Gobierno recibió una llamada del gobernador Vallejo, pidiéndole que se trasladara de inmediato a Casa de Gobierno. A su arribo, Jesús Reyna fue recibido en el despacho del gobernador por el propio Vallejo, el procurador Jesús Murillo Karam y Alfredo Castillo, quienes le dijeron que estaba en calidad de presentado derivado de una investigación por presuntos vínculos con el narcotráfico.

Jesús Reyna fue trasladado por agentes de la Seido a un helicóptero que ya se encontraba listo en el helipuerto de Casa de Gobierno, para ser trasladado a las instalaciones de la SEIDO en el Distrito Federal, donde fue cuestionado por sus presuntos vínculos con Los Caballeros Templarios.

Fausto, el siguiente en la lista

Un mes después de la llegada de Castillo, Fausto rendía su segundo informe de gobierno, para entonces ya se especulaba de su retiro del Solio de Ocampo por motivos de salud, por lo que en el mencionado evento el mandatario afirmó: “La noticia, en este 14 de febrero, es que me quedo a seguir sirviendo a mi pueblo”.

En ese mismo mes Castillo anunciaba relevos en siete delegaciones federales y afirmaba ante los medios que la captura de Servando Gómez Martínez, «La Tuta», era inminente. Pero además se veía inmiscuido en una seria polémica, al haberse reunido con Juan José Farías, presunto lugarteniente del Cártel de Los Valencia.

En abril, después de la detención de Jesús Reyna, comenzaron a mostrarse una serie de videos –primero en las redes sociales y después en los medios de comunicación- en donde aparecían varios integrantes de la clase política michoacana junto a Servando Gómez “la Tuta” creció, entre ellos el ex Secretario de Gobierno, Jesús Reyna y José Trinidad Martínez Pasalagua, ex diputado local del PRI y líder transportista, también el alcalde del municipio de Lázaro Cárdenas, Arquímedes Oseguera y la alcaldesa de Pátzcuaro, Salma Karrum, todos –a excepción de Oseguera- de militancia priísta. Al paso de las semanas todos fueron finalmente detenidos.

A finales de ese mes, precisamente el 28 de abril del 2014, Castillo anunció la desmovilización y desarme de las autodefensas que habían surgido en el Estado debido a la violencia y el 10 de mayo se presentó en su lugar la llamada Fuerza Rural, conformada por ex comunitarios. En el evento realizado en Tepalcatepec, Alfredo Castillo entregaba armas y uniformes a los ex integrantes de las autodefensas, en particular a los grupos de Antonio Torres conocido como “Simón el Americano” y al grupo de Hipólito Mora, quienes se disputaban el control de La Ruana.

En esa ceremonia Alfredo Castillo informó que alrededor de tres mil personas pidieron ingresar en las guardias rurales, muchos de los cuales con señalamientos de haber formado parte de Los Caballeros Templarios. A los nuevos policías se les permitió portar hasta 6 mil 442 armas, de ellas 4.497 son de uso exclusivo del ejército y 1.945 de calibres permitidos.

Semanas antes Fausto Vallejo se veía inmiscuido en un hecho que dejaría de manifiesto su resquebrajamiento como mandatario estatal, cuando al asistir al evento conmemorativo por el día del trabajo, en la plaza Benito Juárez de la capital michoacana, justo un día después de que se declarara inexistente la huelga que mantenía el Sindicato de Trabajadores al Servicio del Poder Ejecutivo, estos lo increparon con insultos y lanzándole objetos al término del evento, con lo que provocaron la evidente molestia del gobernador.

Mientras Vallejo se desvanecía, la imagen de Alfredo Castillo como “gobernador de facto” se consolidaba”.

Finalmente, el 19 de junio, en medio de los rumores de que en los videos de La Tuta aparecía su hijo Rodrigo, el gobernador Vallejo renunció al cargo de gobernador bajo el argumento de tener que atender problemas de salud, los cuales requieren un «tratamiento permanente y continuado».

Dos días después, Alfredo Castillo operaba con los diputados locales para que fuera designado el entonces rector de la Universidad Michoacana Salvador Jara Guerrero como el sustituto en la gubernatura.

 Jara y la insoportable levedad del ser

Ya con el poder del estado en la bolsa, Alfredo Castillo dedicó sus días a los placeres del poder: disputaba torneos de golf; se concentraba en competencias de Padel, deporte del que llegó a ser campeón nacional; organizaba conciertos y espectáculos; asistía a corridas de toros y compraba relojes ostentosos en Polanco.

Mientras tanto, Salvador Jara agradecía obsequioso -todos los días- el apoyo de Castillo por haberlo designado Gobernador, a tal grado que se afilió en los hechos al PRI y se convirtió en el primer castillista y el primer peñista del estado.

El Comisionado controlaba todos los hilos de la vida pública del estado, imponiendo funcionarios, disponiendo de recursos y manejando programas a su antojo. Pero el primer dique al plenipotenciario se registró en su propio partido, ya que Castillo intentó influir en el proceso de designación del candidato a gobernador, lanzando la propuesta de un desconocido y artificial Adrián Huerta Leal, líder del sector patronal estatal.

Este despropósito prendió las alertas de los priístas, quienes demandaron la intervención directa de su dirigente nacional, para ponerle un límite al enviado presidencial. Por ello, en varias ocasiones César Camacho Quiroz le puso un freno a las ambiciones del Comisionado, y enfatizó que el candidato priísta “saldrá de las filas del partido”.

Otra confrontación directa fue la que sostuvo con el Senador Ascensión Orihuela Bárcenas, a la postre el precandidato del partido en el poder, debido a la intención de Castillo Cervantes por apoderarse de la estructura partidista dejada por Jesús Reyna.

Cuando el pasado 17 de enero fue ungido Chon Orihuela como el precandidato, los días estaban contados para Alfredo Castillo.

Este jueves 22 de enero, en su primera visita a Michoacán en los últimos cuatro meses, el Secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, anunció el fin del virreinato en Michoacán y la transformación de la Comisión para la Seguridad en un ente exclusivamente militar, ya sin el epíteto de “desarrollo”.

Mientras una pequeña multitud de priístas presentes en Palacio de Gobierno despedía a Castillo con aplausos, Salvador Jara disimulaba las lágrimas y escondía la voz entrecortada, pero al fondo de la fila, Ascensión Orihuela reía ampliamente.

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