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Arqueo del 2017

El Estado debe tener la igualdad
como principio y no como fin,
si no quiere reproducir
la desigualdad que pretende suprimir.

Jacques Ranciere, El maestro ignorante.

Arqueo deriva del latín arca, que designa un baúl donde se guardan recuerdos u objetos, agradables o desagradables, pero memorables. Giorgio Agamben, el filósofo italiano, en su libro Lo abierto. El hombre y el animal (Pre-textos, 2005), argumenta que la diferencia entre el hombre y el animal es que mientras los animales sólo tienen recuerdo, los humanos tenemos memoria. El animal recuerda la presencia o experiencia cuando vuelve a estar en contacto: después de sus largos viajes, a Ulises —según Homero— nadie lo reconoce, ni su esposa Penélope, sólo Argos, su perro. Por eso los animales no repiten el mismo error. En cambio, como reza la antigua sabiduría griega, “el hombre es el único animal que se tropieza con la misma piedra”. Yo siempre les dije a mis alumnos, y no de broma, que no era la misma piedra, pero sí el mismo animal. Ciertamente nuestra memoria histórica es muy corta, de primera instancia, parece que para evitar el sufrimiento, lo cual nos salva del dolor pero nos expone a repetir, lo que produce un exceso de placer, que tanto el filósofo alemán Georg Hegel como el psicoanalista francés Jacques Lacan llaman goce, un exceso de placer que puede tener una carga de dolor más grande.

Un arqueo es un recuento, un volver a contar, para aprender del pasado y evitar en lo futuro las mismas peripecias, que se repiten si no leemos los signos del camino, que anuncian tormenta y pueden desencadenar la tragedia. Recordemos que hace cinco años unos cuantos, supuestos representantes de todos los mexicanos, firmaron el Pacto por México, gracias a una inédita capacidad de convocatoria del PRI a todos los partidos, cuando se vociferaba que México era el Tigre Azteca y el Dream Time (el tiempo del sueño), que por fin tomaría las riendas del gobierno. Un pacto que se proponía 95 compromisos, y que unos cuantos se han cumplido, mas no a cabalidad.

Como se sabe y se discute desde hace un lustro, las famosas reformas estructurales, dizque anheladas durante los últimos 30 años por todos los sectores de la población mexicana, cargan con los lastres de un pasado corrupto e impune todavía, como la más importante, la petrolera, que soporta como yunta al impresentable líder petrolero y legislador plenipotenciario, Carlos Romero Deschamps, en compañía del cártel negro de los huachicoleros, hasta su muerte o herederos. Porque el pueblo, que no es inocente, prefiere dormir a pierna suelta, por el solo hecho de imaginar que El Patriarca es eterno (Gabriel García Márquez, El otoño del Patriarca, Bruguera, 1984:165). ¡Qué alivio que el amo sea el responsable de todos los bienes y los males del pueblo!

En el Arqueo 2017, el recuento del Pacto por México, claro que lo más destacado y lo que realmente importaba —como destaca el historiador y analista político Lorenzo Meyer— era la reforma energética, para abrir el área al sector privado y extranjero, como un tiro de gracia a uno de los más importantes logros de la Revolución Mexicana, a su faz nacionalista. Pero para deslizarla con mantequilla los agentes del Pacto por México dijeron que el general Lázaro Cárdenas había indicado que la iniciativa privada tenía un preponderante papel, por lo que no estaban haciendo más que seguir sus pasos. Una patraña que se deshizo con el viento. Pues el general Cárdenas incluyó a la iniciativa privada cuando tras la expropiación petrolera necesitaba de la ayuda del cielo y del infierno, y hasta de las alcancías de los niños. Pero la idea sustancial era que el Estado, comprometido y garante del bienestar de la nación administrara ese recurso natural estratégico, no renovable, para que no exportara insumos petroleros: petróleo, gasolina, gas, y derivados. Pero, por ineficientes (¡jamás corruptos!), van a dejar que las empresas privadas hagan bien la tarea a la que renuncian por la pequeñez e incapacidad del gobierno. Por eso estamos importando los productos refinados, por haber chatarrizado  varias refinerías y declarar que el resto no puede abastecer a México. Aunque se trata más bien de la dilapidación de una  herencia histórica.

La triunfante reforma educativa, anunciada como estandarte de la computarizada y bilingüe modernidad educativa, la dizque reforma educativa tan irónicamente criticada por Rius, por reducirse a la administración, que iba a arrebatarles a los líderes sindicales de todos las secciones y corporaciones la rectoría de la administración de la educación, la venta de plazas, las firmas de contratos colectivos multimillonarios que presupuestaban caminos, drenaje, electrificación, escuelas, muebles, uniformes, zapatos, libros, desayunos, y lo que se acumulara, terminó por aplicar exámenes estándar, desfasados de los temas centrales de docencia, blindados algunos hasta con la milicia vestida de policía. La tan cantada reforma educativa, abandonada por fin por el flamante Secretario Aurelio Nuño, al que lo salva la campana,  que llama a votar por José Antonio Meade, el sucesor de Enrique Peña Nieto, cumpliendo los cánones dictatoriales de la incipiente democracia mexicana, porque en tiempos electorales sobran las protestas y las marchas en las calles. Después de todo, sólo pretendía el desmantelamiento de la educación pública, que ya está echado a andar.

Y… como siempre… la mayoría de los compromisos y reformas tienen que esperar muchos años para que rindan frutos. Aunque hayan sido firmados ante notario. Y conste que no son compromisos sólo del Presidente Enrique Peña Nieto, sino de todos los actores que asumiendo la fantástica representación democrática de todo el pueblo de México, PRI- Verde, PAN y PRD, deberían responder ante la sociedad mexicana por ello, si tuvieran memoria histórica, civilidad y vergüenza, antes de asirse  a la siguiente liana para seguir en la nómina del erario público. Sobre todo el compromiso de la seguridad social universal (independiente del estatus de ser empleado o desempleado).

Y qué decir de los grandes problemas del México actual, elevados a tragedia y clamor social: violencia, inseguridad, corrupción, impunidad y desigualdad social (donde damos agigantados pasos de cangrejo). Gracias o por desgracia a que se le otorgan más recursos a programas asistencialistas como Prospera. Cuando según el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), existen 150 programas, y algunos se repiten. Y no se logra ni superar la pobreza extrema, la penuria o la insuficiencia de la clase media en extinción. El problema de la desigualdad, que no debe reducirse ingenuamente a la pobreza alimentaria o patrimonial, sino también a la pobreza cultural, educativa, cívica, moral, democrática y política, equitativa y de oportunidades reales no demagógicas, seguramente debido principalmente a las políticas públicas electoreras, disfrazadas de programas asistencialistas, que no hacen más que eternizar la pobreza que pretenden superar y hasta erradicar.

El fin de 2017 y el nacimiento del año 2018, llama a los y las ciudadan@s,  las familias, las organizaciones de la sociedad civil, los pensadores, analistas políticos, ojalá que también políticos, a realizar un arqueo, una evaluación de los asuntos torales de la res pública que suscitan entusiasmo, pero también los que exigen enmienda.

No hay duda que el Pacto por México tiene consecuencias que no deben ser desvinculadas, sobre todo porque muchos de los compromisos no eran ciertos. Pues durante décadas, a fuerza de repetirlo, se hizo creer al pueblo que la problemática de México era que el Presidente, dígase el Ejecutivo, no ha tenido la suficiente vinculación, influencia y capacidad de colaborar con el Legislativo, lo que explicaría  la añeja y sintomática parálisis del país entero. Pero si así fuera, no se podrían explicar el cúmulo de reformas a la Carta Magna, hasta el cansancio y el absurdo antipopular, en tiempos del Calderonato. Cuando  el Pacto por México llegó a ser el Imperio y el Emporio de la colaboración y complicidad entre el Ejecutivo y el Legislativo, que todavía da muchos frutos a la pragmática, mercenaria y ya lastimosa de la clase política, que cambia de ideología y principios como de camiseta, y que lo mismo batea con pillos archiconocidos que con impresentables personajes, con tal de acarrear votos para llegar a la grande, en nombre de México y los condenados de la tierra.

La apertura del sector energético, por subrayar lo máximo, era lo más  trascendente, pues a partir de ella México saldría de la trampa del ingreso medio y el crecimiento inercial, para erradicar las crisis capitalistas y crecer dos o tres por ciento de manera sostenida. Pero con el Pacto por México y las reformas estructurales, el crecimiento sigue  estancado (2.5 % y 3 %).

Por eso la agenda pendiente conserva tres asuntos de gran calado: 1) el Estado de Derecho, que sólo se realiza de manera constitucional, desde la Filosofía del Derecho de Georg Hegel, sólo si las élites y hasta el soberano se someten al imperio de la Ley, un asunto de legalidad, legitimidad, gobernabilidad y gobernanza, en suma, de seguridad nacional, por lo que hasta ahora México llora por su ausencia; 2) la política social, que aunque  todo mundo hace política social, el Municipio, el Estado, la Federación, y hasta las pocas probas organizaciones de la sociedad civil, no sólo tenemos la misma cantidad de pobres en el naciente 2018, sino muchos más (de 43 % a 70 %) y 3) la inseguridad pública, la violencia de género y los feminicidios, que no se resuelven con focos, caminos, spots y espectaculares, sino que como tema transversal exige legalidad, legitimidad, prevención, atención y procuración de justicia, a la par de una cultura y educación de paz, seguridad laboral y social, a través de una lectura geopolítica de género que responda a todos los factores involucrados en la violencia, que debe ser vinculada a la corrupción e impunidad que lamentablemente ya permea desde hace tiempo todo el cuerpo social. Porque si de crimen organizado se trata, no es otro que aquél en el que los órdenes de gobierno han sido infiltrados. Pues no se trata de endurecer la ley, que como bien sabía el mismo Georg Hegel, porque es un arma de dos filos, que puede pacificar o incitar a ser transgredida, que es lo que pasa cuando la prohibición se radicaliza: pervierte a todo un pueblo. No se trata de más ejército, marina, policía, cárceles, cadena perpetua y pena de muerte, sino de gobiernos legales, legítimos, que no sean omisos a la corrupción y la impunidad, además de una auténtica participación ciudadana, fundamento de la Soberanía Nacional, pero actualmente todavía exiliada del secuestro de la política por los partidos.

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