HomeCorazón 3.0Brasil 2, Serbia 0: Me dijeron que acá vivía mi padre

Brasil 2, Serbia 0: Me dijeron que acá vivía mi padre

Más acá de enseñanzas de mayor alcance, correspondientes al mediano y al largo plazo históricos, un Mundial representa en sí mismo, para cada una de las selecciones que participan en él, un ciclo de aprendizaje completo. Implementación de estrategias didácticas, debate de escuelas pedagógicas, progresiva acumulación de experiencias y sapiencias, obligadas y vertiginosas maduraciones de partido a partido.

Conforme las jornadas de resolución de grupos se encargan de cumplir con la labor discriminatoria que les corresponde, reduciendo a la mitad el número de participantes, entre las selecciones que sobreviven podemos observar los perfiles más variados: la vieja y ruda escuela de que la letra sólo con sangre entra, propia de Argentina; la total incertidumbre de futuro, trazada con franca insinuación de línea descendente por México; la tersa y medio anodina amabilidad de escuela activa, propia de Dinamarca, sin mayores conflictos o sobresaltos en el camino, pero quién sabe qué tan útil frente a un horizonte turbulento; el usurero conservadurismo de apariencia juvenil y mentirosa envoltura progre, propio de Emmanuel Macron… quiero decir, de la selección francesa.

Dentro de semejante variedad de cataduras, quien en lo que va de esta Copa del Mundo mejor se ajusta a un perfil formativo convencionalmente ideal, quien más capaz se ha mostrado de convertir el siguiente paso en sólida instancia de avance y ascenso respecto del paso precedente, ha sido para mí (junto con Croacia) Brasil.

Brasil ha venido aprendiendo partido tras partido. Brasil ha venido depurándose, partido tras partido. Brasil ha sido cada vez mejor, partido tras partido.

Brasil ha ido acumulando aprendizajes, ha corregido errores, ha ejercido la memoria, le ha dado continuidad a los hallazgos, se ha sobrepuesto con progresiva autoridad a las adversidades.

Durante el partido de debut ante Suiza, su propia soberbia y su propia pereza le malograron tanto la actuación como el resultado; primero pudo golear, luego le empataron, y cuando intentó retomar el control era ya demasiado tarde. Hoy, frente a Serbia, el trámite del encuentro pareció sugerir en algún punto la reiteración del mismo libreto; al inicio de la segunda mitad, ya con ventaja en el marcador, la verde amarelha aminoró la intensidad, y los balcánicos se le vinieron encima con varias jugadas peligrosas; el empate parecía inminente, pero esta vez Brasil plantó cara, retomó el protagonismo, amplió la ventaja y, asumiendo en toda la línea su condición de equipo grande, de potencia, de favorito, terminó ofreciendo un grato despliegue de técnica, de habilidad y de belleza: otra medida pero agradecible dosis de jogo bonito, más amplia y más serena que la brindada durante la compensación frente a Costa Rica.

El juego de Costa Rica había permitido a su vez la liberación de Neymar; el gol final rematado en llanto despejó de sus espaldas el enorme peso que sentía cargar. Y esa liberación se vio nítida hoy sobre la cancha. Nada de tropezones; nada de histéricos reclamos por un protagonismo individual que en cualquier caso terminó siendo suyo aunque no anotara; nada de confrontaciones con el rival, pese a que el juego tuvo sus lapsos de dureza; nada de reclamos contra el árbitro. Neymar se integró como pieza de privilegio a la cada vez mejor aceitada maquinaria amazónica; participó activo y entusiasta hasta el último instante (a dos minutos del final seguía generando oportunidades y corriendo a todo tren en busca de su gol); regaló dos o tres desplantes técnicos como para enmarcarlos…

 Neymar, pues, se ve fuerte, se ve conectado, se ve feliz. Pero lo más importante es que se ve muy bien acompañado.  El puesto del mejor hombre de Brasil en lo que va de la Copa se lo disputa Philippe Coutinho, quien ha mantenido un nivel inspirado y parejo durante los tres partidos. Hoy se sumaron a la dupla desde el principio Paulinho y Gabriel Jesús; el único que sigue desentonado y no termina de participar en el concierto, es Willian.

Apenas transcurridos unos cuantos minutos, Marcelo tuvo que abandonar el campo por lesión, y dada la influyente presencia del carismático lateral del Real Madrid tanto en la zaga como en la ofensiva de la canarinha, se presentía algún descontrol, alguna zozobra, alguna inquietud. En su lugar ingresó Filipe Luís, para ofrecer una actuación inspirada, impecable.

Nada garantiza que este aplicado aprendizaje brasileño, con su progresivo ascenso peldaño a peldaño, vaya a alzarse con el título. Otros, a través de devenires muy distintos, y aún opuestos, ingresarán a la ronda de eliminación directa con aspiraciones y argumentos proporcionales a los suyos. Pienso por ejemplo en la Argentina de Messi, que subió a tientas y con dificultad el primer escalón, se cayó de la escalera apenas amagó el segundo paso, pero remontó mediante un desesperado y postrer salto el margen de ascenso perdido que parecía haberla exiliado ya del torneo ; tratándose de la albiceleste, quién sabe hasta donde pueda alcanzarle semejante envión.

Pero el hecho es que este Brasil asusta. Hubiera asustado aunque viniéramos recién salidos del triunfo contra Alemania. Cuánto más no asustará hoy, que México parece haberse convertido por enésima vez en Juan Preciado: nada más que un huérfano extraviado en busca del  implacable fantasma de su padre.

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