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De Auschwitz a Ayotzinapa 70 años después: la muerte de la verdad y la verdad de la muerte

De Auschwitz a Ayotzinapa 70 años después: la muerte de la verdad y la verdad de la muerte

Antonio Aguilera@gaaelico

Quien ha sido torturado lo sigue estando (…). Quien ha sufrido

el tormento no podrá ya encontrar lugar en el mundo, la maldición

de la impotencia no se extingue jamás. La fe en la humanidad,

tambaleante ya con la primera bofetada, demolida por la

tortura luego, no se recupera jamás.

Cuando se acercaban las tropas soviéticas al Lager de Auschwitz, los comandantes de las SS se apresuraban en no dejar ningún atisbo de huella, ninguna señal, ningún rastro de su culpabilidad del mayor crimen en la historia que había cometido contra la especie humana. Quemaban papeles, incineraban cuerpos, trituraban huesos, destruían reportes, ejecutaban a los judíos que habían colaborado en sus labores de exterminio. Pero había un instrumento el cual no podían deshacerse abruptamente: la memoria.

A pesar de haber sacado a más 30 mil presos del campo de exterminio de Auschwitz, en su desesperación, los alemanes abandonaron a más de siete mil personas, tan esqueléticas y enfermas que consideraron que no tardarían en morir. Una de ellas era el escritor italiano y combatiente antifascista Primo Levi, que en su tétrica obra “Los hundidos y los salvados”, narra las últimas horas del infierno nazi, y el intento de los comandantes de las SS por borrar el último rastro de la memoria de los muertos vivientes: «De cualquier manera que termine esta guerra, la guerra contra ustedes la hemos ganado; ninguno de ustedes sobrevivirá para dar testimonio de ella, pero incluso si alguno lograra escapar el mundo no les van a creer. Aunque alguna prueba llegase a permanecer, y aunque alguno de ustedes llegase a sobrevivir, la gente dirá que los hechos que cuentan son demasiado monstruosos para ser creídos y nos creerá a nosotros que lo negaremos todo, y no a ustedes. Nosotros seremos los que escriban la historia de Auschwitz».

Estas lapidarias palabras pronunciadas hace 70 años, se volvieron a aparecer como sombras acechantes en la fútil palabrería que éste martes 27 de enero de 2015 pronunció el Procurador General de la República, Jesús Murillo Karam, quien dio oficialmente por muertos a los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural «Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa.

Sin otra novedad que decir, el funcionario priísta decidió dar carpetazo a la crisis que colapsó al gobierno de Enrique Peña Nieto, y declaró que los estudiantes ya no estaban en calidad de desaparecidos, sino que los declaró muertos para el régimen.

La descripción atroz que narró Murillo Karam de la presunta forma en que los sicarios de Los Guerreros Unidos se llevaron a los jóvenes, para después ejecutarlos con el tiro de gracia, apilarnos en una pira funeraria, incinerarlos a más de mil grados centígrados, recoger sus cenizas y arrojarlas al río, no dista mucho del archipiélago nazi de la muerte: cámaras de gas, hornos crematorios y los cúmulos de cadáveres abandonados.

En esta ocasión Murillo Karam ya no se afligió, ya no enarboló la postura doliente que asumió hace más de un mes con los padres de los estudiantes, en pocas palabras, ya no se cansó. Por el contrario, de la forma más banal e insípida, dio lectura a un reporte burocrático y con tono flemático narró los atroces hechos del asesinato a mansalva de estudiantes por parte de los Policías de Iguala y Cocula, su detención y la forma en que fueron entregados a los agentes del diablo, para ser devorados por la vorágine de la maldad, de la insania, de la crueldad y de las llamas de la ignominia y la impunidad.

Murillo Karam construyó una barrera insubstancial de cifras, de versiones tecnocráticas y supuestos reportes científicos de forenses y partes policiales.

Atrás quedaron las imposturas de dolor, de sufrimiento y de sensibilidad, ahora apareció el rostro frío e indiferente del burócrata, que se dedica a transmutar vidas humanas en simples cifras, números, tecnicismos y palabrería hueca.

Por un momento, el Procurador de Peña Nieto se asemejó al líder nazi Adolf Eichmann, el burócrata que se encargó de procesar, administrar y operar la “solución final” exigida por Hitler: el exterminio en masa de la población judía de Europa.

En el juicio que se celebró en 1961 en Jerusalén para acusar a Eichmann de ser el gestor de Auschwitz, el fiscal retrató a Eichmann como a un monstruo al servicio de un régimen criminal, como a un hombre que odiaba a los judíos de forma patológica y que fríamente organizó su aniquilación, pero la enviada especial de revista The New Yorker, la filósofa judía de origen alemán a Hannah Arendt, Eichmann no era un demonio, sino una persona “terriblemente y temiblemente normal”; un burócrata de los círculos del infierno, que como en La Divina Comedia de Dante, se dedica a administrar el dolor y repartir la muerte de forma disciplinada, con un desarrollado sentido del orden y de forma meticulosamente eficaz.

Murillo Karam tal vez no sea Adolf Eichmann, pero repite al dedillo esa postura impersonal, pusilánime, sumisa, rígida y autómata de quien sólo le da calidad de número a un muerto, lo despersonaliza y le quita todo rasgo de humanidad, historia e identidad.

Si acaso fuera cierta la versión de la PGR de la infernal noche del 26 de septiembre y de la insondable pira funeraria del basurero de Cocula, lo cierto es que ayer, con sus declaraciones y su urgencia por desaparecer todo rastro del caso que más ha convulsionado al país en los últimos años, y que agrietó al gobierno de Enrique Peña Nieto, ayer en las instalaciones de la PGR volvieron a calcinar a los 43 normalistas de Ayotzinapa, pero ahora en la hoguera burocrática y política.

De nada han servido las “investigaciones”, los detenidos, las declaraciones, las reconstrucciones de hechos de lo que presuntamente sucedió la noche infame en Iguala y Cocula, porque la urgencia del gobierno federal priísta es la misma que demostraron los nazis hace 70 años: borrar las huellas, destruir los rastros, erosionar las pruebas, pulverizar los restos, y a toda costa matar a la verdad, sólo así podemos hacernos una idea de lo que significa el olvido.

Porque el olvido es lo que le apuesta el gobierno de Enrique Peña Nieto, en cuya lógica tecnocrática, ve en Ayotzinapa una anomalía, un estorbo en su carrera trepidante al éxito neoliberal que asegura nos darán sus reformas. Tal vez por eso será que ve a los mexicanos que no han dejado de protestar desde el mes de septiembre, exigiendo la aparición de los normalistas, como un pueblo traumado, tal vez sea que por eso le dice a los mexicanos inconformes con su versión: “ya supérenlo”, la misma cantaleta que repite su propia hija, su gabinete y la caterva de priísta que lo adoran y le queman incienso.

Pero no, así como los sobrevivientes de Auschwitz, la memoria es terca, obstinada y tozuda, y no importa cuanta propaganda, cuanta manipulación, cuanta alteración se quiera hacer sobre los hechos de Iguala, la memoria será el fantasma que perseguirá por el resto de sus días a Murillo Karam, a Peña Nieto, a José Luis Abarca, a los sicarios, y todos los implicados en este caso, que primero iniciaron una pira para quemar los cuerpos y después prendieron una hoguera para quemar la verdad.

Rarezas de la vida, cuando construyeron el campo de exterminio de Auschwitz, los alemanes –tratando de lavar la conciencia y la culpa de sus crímenes, decidieron ponerle a las barracas llevaban el nombre de distintos países, y paradójicamente la de Mexiko estaba muy cerca de una de los hornos crematorios y las cámaras de gas.

Desde entonces Auschwitz ya había marcado el destino de nuestro país, y lo había escrito con el color de la muerte: Mexiko, escrito así con la letra K. De allí muchos hombres y mujeres, viviendo en esa barraca, debieron imaginarse el país de Mexiko antes de entrar en la cámara de gas.

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