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De las Trincheras al Internet: El Personaje Francisco José, la derrota de la soberbia

Antonio Aguilera / @gaaelico

Morelia, Michoacán.- La banda indie escocesa Franz Ferdinand (llamada homónimamente por el heredero del imperio Austrohúngaro asesinado en Sarajevo hace 100 años), dedicó una canción al anarquista que con los disparos de su Browning M1900 acabó de golpe con la dinastía que reinó durante 645 años la mayor parte de Europa: la casa Habsburgo- Lothringen.

Los escoceses de Franz Ferdinand de resumen el ocaso de la dinastía en un estribillo:

Bang bang, Gavrilo Princip
Bang bang, dispárame Gavril
Bang bang, los primeros seis son para ti
Bang bang, el séptimo es para mí
Bang bang, Gavrilo Princip
Bang Bang, Europa va a llorar

El inicio del fin de la Europa de la Belle Époque pudo haber salido de la pistola del serbio Gavrilo Princip, pero el fin comenzó con el inicio del último gran emperador europeo, que en su soberbio sueño de absolutismo, se llevó entre las coces a todos los imperios del viejo continente.

Desde su arribo al trono austriaco, que surgió de las ruinas del vetusto Sacro Imperio Romano-Germánico, Francisco José arrastraba el estigma de la locura y de la catástrofe: el emperador Austrohúngaro reina durante 68 años menos once días y en todo ese tiempo sus ojos vieron desmoronarse el imperio legado por sus antepasados.

Su entorno familiar está lleno de magnicidios: su hermano Maximiliano es condenado y fusilado por Benito Juárez por usurpar el inexistente trono imperial en México; a su esposa Sissi la asesina un anarquista italiano; su hijo se suicida junto a su amante; a su sobrino heredero cae en el atentado de Sarajevo que desencadena la Primera Guerra Mundial y él mismo sobrevive en plena batalla de Solferino.

El gran escritor judío austriaco, Joseph Roth, resume el paso de los Habsburgo en su gran libro La cripta de los capuchinos: “En nuestra monarquía en el fondo no hay nada extraño. (…) Sin embargo debo decir también que, en esta Europa insensata de los estados nación y los nacionalismos, las cosas más naturales aparecen como extravagantes.

Por ejemplo, en el hecho de que los eslovacos, los polacos y rutenos de Galitzia, los judíos del Borislan, los tratantes de la Backa, los musulmanes de Sarajevo, los vendedores de castañas asadas del Mostar se pongan a cantar al unísono el Gott erhalte (himno del imperio compuesto por Haydn) el 18 de agosto, día del aniversario de Francisco-José, no hay nada de singular”.

Y en este texto está implícito el reconocimiento de la grandeza y la fuerza de una dinastía europea -la casa de Habsburgo- en una época en la que el patriotismo no había degenerado en nacionalismo exacerbado. Pero también se anuncia la que sería causa de su debilidad, cuando el Estado nación se convirtió en la fórmula mágica de la ciencia política y de la propaganda.

“Los Habsburgo -escribe Jean Bérenger- jamás se identificaron con una nación y en muy raras ocasiones una nación se identificó con ellos”. Quizá -añade- haya dos excepciones: los castellanos hicieron de la “casa de Austria” una dinastía nacional; y, a fines del siglo XIX, Francisco-José insistió en el centralismo y en la alianza alemana, enturbiando su imagen de soberano por encima de los conflictos nacionales.

El emperador Francisco-José, anciano y débil, cometió el grave error de declarar la guerra a Serbia el 28 de julio de 1914, tras el asesinato de Francisco-Fernando, en la convicción de que una guerra limitada cohesionaría a la monarquía. Pero no fue así. El inaceptable ultimátum de Austria-Hungría a Serbia provocó una reacción en cadena y originó una guerra que fue letal para el imperio de los Habsburgo. La monarquía de Viena no pudo resistir una guerra larga, que arruinó la economía y agudizó el antagonismo entre las distintas nacionalidades.

Al firmarse el armisticio aún existía el ejército austro-húngaro -fueron contadas las deserciones-, pero el imperio había desaparecido, ocupando su lugar una serie de estados divididos en buenos y malos. Malos fueron Austria y Hungría, a los que se impusieron condiciones de paz durísimas; y buenos, Checoslovaquia -cuya existencia nadie imaginaba cuatro años antes- y Yugoslavia -de hecho, la Gran Serbia-.

Pero hay que tener muy claro que la desmembración del imperio austro-húngaro no se hubiese producido sólo por causas endógenas, y de no ser por la acción deliberada de las potencias de la Tripe Entente -especialmente de Francia-, que no dudaron en crear un vacío en Centroeuropa que aún dista hoy de haberse llenado. El imperio de los Habsburgo murió en noviembre de 1918.

Ha sido François Fejtö -en su libro Réquiem por un imperio difunto- quien ha inculpado a los políticos franceses de desencadenar este proceso, aceptado por las otras potencias de la Triple Entente, con la esperanza de que un rosario de pequeños estados sucesores del imperio eliminase el peligro de una Mitteleuropa sometida a Alemania y, además, formase un cordón sanitario frente a la revolución bolchevique.

La disolución de Austria-Hungría no se explica únicamente por la cuestión de las nacionalidades. Los conflictos nacionales no hubieran bastado para destruir Austria-Hungría. Es hoy opinión común que el triunfo del sufragio universal, la acción positiva de la socialdemocracia y la voluntad de reformas del nuevo emperador Carlos habrían hecho posible la transformación del viejo imperio en un Estado federal.

Pero los aliados, en particular la izquierda francesa, que no sentía ninguna simpatía por los Habsburgo, prestaron oídos a los proyectos del checo Masaryk y aceptaron una reorganización completa del mapa de Europa, creyendo barrar el paso al imperialismo alemán.

La pregunta es si valió la pena destruir Austria-Hungría. Hoy predomina la opinión de que sus pueblos eran más libres en 1914 que lo fueron luego, especialmente después de 1938. Una conclusión que se torna más lacerante si se piensa que Austria-Hungría no estalló sino que la hicieron estallar, razón por la que vale la pena recordar la frase de Gide según la cual “se puede hacer una mala política con las mejores intenciones”.

Por increíble que parezca, la figura del Imperio y del Emperador logró cohesionar los nacionalismos y los separatismos hoy todavía existentes en esa región de Europa. El paternalismo aminoraba las tensiones étnicas y los orgullos nacionalistas.

Francisco José y su dinastía no existen más en el mapa político de la parte central de Europa, en su lugar se desenvuelve un conglomerado de pueblos, muchos sin patria, que viven en constante fricción. Quizás el conflicto en Ucrania sea el punto de fuga de una nueva tensión europea, el continente que jamás acaba de definirse.

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