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Decepción Orihuela

Decepción Orihuela

Antonio Aguilera / @gaaelico

Hay gran moraleja histórica que dejó el mítico debate protagonizado por Richard Nixon y John F. Kennedy el 26 de septiembre de 1960: concentrarse en posicionar las propuestas, no subestimar al rival, afianzarse en lugar y exponer una imagen impecable.

En aquel primer debate televisado de la historia, un cansado y desenfadado Nixon llegó tarde a la cita, no se rasuró, no quiso maquillarse, vistió un triste traje gris y perdió. En cambio Kennedy cuidó su imagen a conciencia, tomó el sol para lucir un moreno envidiable y ganó.

Todo buen tribuno que se presume de serlo, debe saber manejar no sólo lo que va a exponer desde la Tribuna, sino que también saber manejar los tiempos, posicionar ideas fuerza, atemperar las críticas y saber responder con toda serenidad.

En el primer debate de los candidatos a la gubernatura, los tres principales aspirantes pusieron en juego sus bazas, y conscientes del lugar que ocupan en las últimas encuestas, con esa medida calculaban lo que tenían que salir a decir.

Silvano Aureoles arribó al debate punteando las encuestas, y por ello no se podría salir del guión de ser el que tenía que presentar las propuestas y en eso se concentró, a pesar de recibir sendos obuses de parte de la candidata del PAN y del candidato del PRI, optó por la evasión y al final les recetó un “ya apláquense, serenos”.

Por su parte, Luisa María Calderón aventó un anzuelo envenenado al escenario del Centro de Convenciones, y el único fue Ascensión Orihuela.

Chon cayó en el juego de la Medusa panista

La panista es una curtida de los teatros de confrontación y esa es su especialidad. En su paso por el Senado de la República, las veces que subió a Tribuna fue para lanzar críticas y hacer contrastes, pocas veces para esbozar propuestas.

Al fin y al cabo psicóloga, sabe manejar los estados de ánimo de sus adversarios, y aguijonea cuando éstos bajan la guardia.

La noche del debate Luisa María fue a buscar una presa, y al final fue Orihuela el que cayó en la trampa. Nervioso y errático (se le cayeron hasta sus tarjetas de respuestas), y al final hasta le levantó la mano a Silvano.

Monotemático, el candidato del PRI no logró posicionar uno sólo de los temas que sus asesores le escribieron en sus tarjetas. Arribó nervioso, incómodo y poco conforme con el formato rígido del debate y el número que le tocó ocupar (el quinto de seis).

Orihuela empezó a jugar sus piezas y trató de polarizar, pero antes de ello ya la panista ya había lanzado sus señuelos y el único que picó fue el priísta. Silvano optó por no hacer caso de la panista, y aguantó el golpeteo a lo largo de las rondas de discusión.

Sin embargo, el priísta ya había mordido el anzuelo y se enfrascó en el juego de Cocoa.

Como lo narra el mito de la Medusa, los cabellos de la joven (es decir las palabras de la Cocoa) se vuelven siseantes serpientes, sus ojos de una intensidad tal que si los miras fijamente, te vuelves de piedra. Medusa (Cocoa) se había transformado en un monstruo pero aún se hacía valer por su andar provocador y sensual que hipnotizaba casi tanto como su mirada.

Así, sin poder evadir el golpeteó de la senadora con licencia, el senador con licencia quedó petrificado, y el diputado con licencia evitó ver el reflejo hipnótico de la Medusa panista.

El debate de los candidatos dejó que desear, tal vez por el formato, o porque los políticos nos tienen acostumbrados a las guerras de lodo, pero en esta ocasión se acordaron que, como Kennedy, también hay que hacer propuestas.

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