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Dos Bolivias defienden su voto

El ex hotel Radisson, en La Paz, alberga el cómputo de votos de la elección boliviana, en medio de un clima de tensión social, luego que Carlos Mesa cantara la segunda vuelta, aunque apenas se conociera el 83% del conteo rápido; seguido de un discurso de Evo Morales, depositando sus esperanzas en el voto de las zonas rurales, aquel que suele tardar más en llegar a registrarse.

Morales comienza a “alejarse” de Mesa. Coquetea, por un lado, con los 10 puntos que necesita de distancia del segundo lugar; y por otro, con alcanzar el 50% más un voto que evitaría tener que sacarle esos 10 puntos a Mesa. Cualquiera de esos escenarios le otorgaría un nuevo triunfo electoral en primera vuelta.

Los votos del campo van llegando poco a poco, como aparecen las primeras papas o los primeros granos de quinua que brotan en aquellas zonas donde todos tienen un rostro muy parecido al de Evo. El desconcierto y la molestia se apoderan de quienes apoyan a Mesa y dicen estar hartos del actual gobierno. Claman “fraude”, denuncian “dictadura”, se resisten a reconocer los resultados y la inferencia del voto rural. Mesa les convoca a la movilización y empiezan a concentrarse en los alrededores del hotel, en vigilía para defender su voto.

Sin embargo, quienes han vuelto a votar por el líder aymara se preguntan: “¿y nosotros? ¿Nuestro voto no puede también defenderse?”. Con el mismo ímpetu, arriban al lugar en paralelo para defender a su presidente y candidato, pero también a modo de festejo. Dos Bolivias cercan la plaza que lleva el nombre de este país dividido, a un costado del otrora Radisson. El espacio que separa a un bando de su contrario es mínimo y solo en algunas zonas la policía alcanza a funcionar como doble valla para evitar un enfrentamiento. Los gritos e insultos de unos y otros no se hacen esperar: “¡Bolivia dijo no!” versus “¡La derecha no pasará!”, “¡Masistas de mierda!” versus “¡Limosneros vendepatria!” (éste último haciendo referencia a cuando Mesa fue presidente y dijo tener que pedir “limosna internacional” para pagar los sueldos del magisterio).

En medio de la vorágine de banderas y consignas opuestas, hasta la comicidad espontánea tiene su hueco. Desde el galimatías de voces va tomando forma un canto coordinado entre ambos grupos: cuando los de azul gritan “¡Evo de nuevo!”, sus adversarios responden “¡Huevo, carajo!”. Y por fin se dibujan algunas sonrisas en los rostros de esa gente, cada quien convencido de su verdad, cada quien tratando de apropiarse en diferentes momentos de la frase: “si éste no es el pueblo, ¿el pueblo dónde está?”.

Pero ese respiro no dura mucho, las ofensas continúan su escalada para develar un poco de dónde viene cada bando: opositores arrojan los “¡vestíte bien por lo menos! y los “¡indios de mierda!” hacia el otro lado. ¿La respuesta? “¡Vayan a estudiar, hijos de papá!”. Prensa y policías deambulamos en el centro de esa masa insoluble, sabiendo que un movimiento en falso de estos o aquellos, va a desatar la violencia en cualquier instante.

La profecía se cumple. Los gritos y las miradas se dirigen a un espacio donde ya estalló el conflicto. Los golpes y empujones se convierten en una lluvia de piedras y petardos, la policía intenta poner orden; los periodistas, sacar las mejores fotos. No obstante, la euforia dura apenas un pestañeo, ambos grupos se dispersan y se amplía el espacio que los separa, al igual que la cantidad de uniformados que los contiene.

Ser extranjero es quitarte las gafas para mirar si están sucias. A veces, cuando estás muy cerca de algo, no ves lo obvio. Sorprende que la mayoría de un lado sean principalmente blancos, resabios de las familias que disfrutaron de un sinfín de privilegios en la época “pre-Evo”; o jóvenes que no conocieron las crisis de los 80 y los 90, que no sufrieron las privatizaciones, que han crecido acompañados de la nacionalización; o neo-votantes que no saben que Mesa fue vicepresidente de Goni, que no registran en su memoria la masacre de octubre del 2003, que no recuerdan que Mesa ya gobernó y renunció a los 20 meses… pero también, nuevas clases medias, que se resisten a aceptar que las políticas económicas y sociales dan acceso a ciertas cosas que antes estaban reservadas para unos pocos.

Del otro lado, se observa una mayoría de rostros de tez más oscura, indígenas, campesinos, trabajadores, gente humilde… pero también, nuevas clases medias, que reconocen y defienden el crecimiento económico de 13 años, la redistribución de la riqueza y el acceso más democrático al consumo.

Son dos Bolivias en disputa, dos Bolivias en defensa de sus respectivos votos y realidades. Se trata de una sociedad que siempre estuvo partida en dos, pero antes nadie decía nada y muchos estaban escondidos, callados, invisibles. Hoy no. Hoy salen a defender lo que les ha costado tanto ganar y construir, mientras los otros salen a recuperar lo que sienten perdido, sobre todo en lo simbólico.

Finalmente, todos volverán a sus casas a dormir. Y al día siguiente, almorzarán con su hermano o su amigo que tal vez ayer estaba en el otro bando. Discutirán, tuitearán, seguirán con sus vidas, con sus ideas, con sus luchas… pues eso es la democracia.

Por: Carlos Portillo

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