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El cubrebocas y el derrumbe social

El cubrebocas y el derrumbe social

Por: Javier Salinas

El tiempo es efímero, pero sus secuelas pueden durar por mucho. Parecería que la Pandemia se ha ido, intentamos vivir como lo hacíamos antes, la necesidad de trabajar, de divertirnos, de seguir el modelo y costumbres que teníamos antes a costa de ponerle cara al virus, pero hay rasgos que se niegan a morir.

El absurdo comportamiento humano, que, en ocasiones, nos mueve hacia una carretera donde vamos con dos ruedas hacia el precipicio, así ha sido la famosa era “post pandemia”. Nos dimos cuenta de que el virus se debilitó, de que las vacunas funcionaron y tomamos valor más para no perder los espacios lúdicos y regresar a la comodidad de la vida de antes, sin importar que en la realidad ha sido una irresponsabilidad colectiva de salud.

El cubrebocas es ya un signo antropológico de una era que la humanidad recordará para siempre.  Desde la discusión si funcionaba o no, hasta la hipocresía de su reglamentación actual. Lo exigen para entrar a un restaurante, pero en cuanto te sientas, te lo puedes quitar, es decir, que a 1 metro y 20 cm “el virus no existe”. O la señora que me regaña por quitármelo para beber mi café previo a un vuelo a Estados Unidos, donde hace ya casi un año por ley no se usa. Le respondí a la señora: —¿cómo le va a hacer llegando a ese país si ahí ya nadie lo trae?—. Con cara de duda me dijo: —pues no pienso estar cerca de nadie.

El cubrebocas ha reflejado mucho de la forma estúpida en que vemos las leyes, la convivencia y el respeto por las demás personas. No por aquellos que no lo quieren usar, que eso es lógico al no seguir una simple regla, sino por quienes sí lo hacen y asumen una superioridad moral por hacerlo.

CLASISMO Y CIUDADANÍA

La avaricia que es ya un valor de nuestro tiempo también fue parte de esa primera escalda de cubrebocas. En marzo y abril de 2020. Como en todo, el mundo no estaba preparado para afrontar una pandemia global. Los cubrebocas escasearon desde los primeros días. Los precios escalaron a ridículas cantidades. Yo llegué a comprar uno en 750 pesos, hoy ese mismo vale 35 pesos. La histeria colectiva es una potente vitamina para la codicia.

Las crisis son áreas de oportunidad, dirían los expertos en cursos de auto ayuda. Nada más lejos de la realidad. La pandemia representó muy bien la pirámide social. Los más ricos invirtieron en máquinas que pudieron producir cubrebocas, empresas de ropa giraron su maquinaria para hacerlos. La clase media funcionó de intermediario. Obvio se despertaron las más profundas necesidades de hacer negocio, la informalidad que en México es el 52% de actividad económica se volcó a venderlo al consumidor final.

Los historiadores profesionales sostienen que se debe dejar pasar un tiempo para poder analizar y evaluar un capítulo de la historia. A poco más de dos años del inicio de la Pandemia, es poco el espacio transcurrido, pero hoy podemos empezar a ver a través de la reflexión y el pensamiento patrones y conductas que nos sirven para analizar el comportamiento que desnudó nuestras miserias como miembros de una sociedad. Por ello la producción y venta de los cubrebocas simboliza de forma brillante el estado de descomposición que guarda la comunidad.

Claro que hubo quien legítimamente, además del personal de salud, buscó ayudar, colectivizar el apoyo para salir adelante. Pero si empezamos hacer el recuento, no olvidemos las terribles conductas sociales de “gandallismo” y acaparación de bienes y vacunas, de los manejos de la propia sociedad, de los gobiernos y del poder económico, pues olvidar es la irresponsabilidad más grande para cuando llegue la siguiente pandemia.

El cubrebocas es sin duda la bandera de la pandemia. Personas que usaban hasta tres cubrebocas en un parque, mientras un lavaparabrisas portaba uno roto, negro por la contaminación. Sorpresa, no. El desequilibrio de equidad social no iba a cambiar por una peste. Al contrario, acentúo el defecto de construcción ciudadana y consciente que no tenemos, y menos en un país tan complejo, falto de ley y sumamente clasista como el nuestro.

MIRADA Y SONRISAS

Ya bastante tenemos con la disuasión social de las pantallas de los teléfonos, para que ahora la sonrisa nos la haya robado el Coronavirus. Somos 85% comunicación No verbal. Con el cubrebocas la sonrisa como modelo básico de socialización se ha pulverizado. Si no hay sonrisa, no existe emisión de mensaje que explique una postura positiva hacia la otra persona. Sin sonrisa no hay comunidad. Ni siquiera con el vecino, que en la mañana con una sola sonrisa, uno puede decirle que está hasta la madre de su reguetón a media noche. Ni eso.

El cubrebocas nos ha hecho volver a mirarnos a los ojos, por lo menos. En un tiempo donde la pantalla nos ha robado la atención y los ojos han perdido su protagonismo como puerta de entrada a uno mismo. Ahora no queda nada más que vernos. Todos hemos pasado por ese momento de no entender lo que nos dicen por el cubrebocas y recurrimos a los ojos para buscar señales que nos ayuden a entender. Los ojos iniciaron una reivindicación gracias al COVID.

El cubrebocas fue para los políticos un mecanismo de propaganda. Trump y AMLO le declararon la guerra. Sus rivales lo contrataron como influencer promocional. Pero en ambas posturas fue evidente: la salud al carajo. El cubrebocas simbolizó, en la arena política, una estrategia de votos, no de bienestar público.

IDENTIDADES

Después pasó el primer susto, la famosa primera ola y llegaron los simbolismos. Un hecho clave en la necesidad de usar cubrebocas es lo que significó. Por ejemplo, en la tristeza y la incertidumbre siempre se recurre a nuestras identidades, a las filias que nos hacen parte de un colectivo. El cubrebocas fue estandarte para construir y continuar nuestro propio modelo de representaciones que le diga al mundo qué pensamos, qué somos y qué apoyamos y así reforzar nuestra propia representación, simbolizada en el trozo de tela que cubría nuestro aparato respiratorio. Desde el KN 95 que fue en su momento lo más codiciado, hasta aquel que dijera por nosotros, el equipo favorito, el partido político, la marca que diera estatus o ser fan de Star Wars.

Así nos convertimos en una tarjeta de presentación portátil. El cubrebocas como casi todas nuestras actividades, fue símbolo fiel de la clase social, de las aficiones deportivas o de las fobias, como firma de identidad, que es la base y eje para la aceptación social. También el cubrebocas nos definió.

¿Dime qué cubrebocas usas y te diré quién eres? Desde Louis Vuitton o Channel o de ecologistas, hecho de materiales reciclables o de sonrisa de payaso, muy solicitado entre la clase política.

Un factor social que nos afecta y que con la pandemia se acentúo más es el anonimato. Noreena Hertz, en su libro “El siglo de la Soledad”, afirma: “El anonimato fomenta la hostilidad y la negligencia, y la ciudad, llena de desconocidos, es demasiado anónima”. El cubrebocas se ha convertido en un aliado del celular. Ahora son del mismo equipo. Si ya la conversación cara a cara es una herramienta del pasado, con el cubrebocas ha quedado sepultada.

La tecnología ha mermado nuestra habilidad de sentir empatía, el cubrebocas hizo crecer nuestra desconfianza hacia el otro. El modelo de ciudadanía moderna se ha desmoronado. Sin empatía y confianza no existe mucho futuro para la raza humana, no por lo menos, en el fundamento básico de nuestras capacidades cognitivas, que es el intercambio de sentimientos.

El destino del cubrebocas parece ser la muerte, como defensa del virus. Regresará a su antiguo rol de actor secundario de la salud, construcción o trabajo industrial, pero el daño está hecho. El distanciamiento social que ya experimentábamos antes de la pandemia ha tenido un doctorado de titulación con el cubrebocas.

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