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En Iguala se gestó el fascismo

En Iguala se gestó el fascismo

Antonio Aguilera / @gaaelico

En las floridas, amables y hasta amorosas cartas que el líder nazi de las SS, Heinrich Himmler, enviaba a su esposa, destaca un párrafo que puede ser capaz de congelar al mismo infierno: “He lamentado tanto haberme olvidado de nuestro aniversario por primera vez. Viajo a Auschwitz. Besos”… Así, rubricaba en su intimidad la rutina el asesino de masas, que lamentaba no poder cumplir con una fecha familiar por la importancia de cumplir primero con el deber de exterminar a seres humanos.

Este retrato de un desenfadado criminal nazi, exhibía a un régimen cuyo programa político buscaba limpiarle el paso al poder absoluto a la raza aria. Para los nazis, la humanidad se dividía en categorías “raciales”, de las cuales la peor era la de los judíos. La contraponían al grupo “ario”, que se tenía por lo más selecto. Ser judío no era, para ellos, una cuestión religiosa ni nacional, sino “racial”. Un judío no podía ser alemán, así que los nazis fueron robándoles sus derechos, poco a poco, hasta que se pusieron a asesinarlos a todos con método e higiene.

A esta actitud “natural” y hasta desgarbada de quien se acicala, se peina y hasta desayuna antes de ir a matar, fue expuesta con maestría por la escritora judeo-germana Hannah Arendt, a la cual definió como “la banalidad del mal”.

En 1961 Hannah Arendt fue la encargada de cubrir para el semanario estadunidense The New Yorker el juicio contra Adolf Eichmann en la ciudad de Jerusalén.

Eichmann se presenta ante el jurado cómo un hombre normal, un ser obediente que sólo formó parte de una maquinaria; de una burocracia de exterminio. Esta descripción coincide con la definición de Hannah Arendt de lo que representaba Eichmann: un nuevo tipo de criminal que actúa bajo circunstancias que le hacen casi imposible saber que está obrando mal. Al hablar de la banalidad del mal, ella se refiere a la irreflexión de quien comete crímenes actuando bajo órdenes, lo cual no lo libera de culpa pero sí lo hace sujeto de una nueva forma de juicio.

Pero expone la vida común de un asesino serial, capaz de las peores atrocidades, de las prácticas más viles y de las actitudes más deshumanizadas. Perpetrar el mayor castigo, dolor, sufrimiento, tortura y punición a un cuerpo humano hasta causarle la muerte, la más cruel, trágica, brutal y desalmada de las muertes. Y después de ello, regresar a la vida común, cenar con la familia, bañarse, dormir, levantarse y volver a salir a asesinar. Todo forma parte de una cotidianeidad.

Volviendo a Hannah Arendt, la escritora publicó un libro en 1951 en donde aborda los orígenes del Totalitarismo, que los regímenes fascistas impulsan forma de gobierno que, encaminada a la dominación social, se basa en el terror, la persecución y el exterminio de sus adversarios.

El fascismo se caracteriza por su método de análisis o estrategia de difusión de juzgar sistemáticamente a la gente no por su responsabilidad personal sino por la pertenencia a un grupo. La desinformación, la manipulación del sistema educativo y un gran número de mecanismos de encuadramiento social, vician y desvirtúan la voluntad general hasta desarrollar materialmente una oclocracia (gobierno de la muchedumbre) que se constituye en una fuente esencial del carisma de liderazgo y en consecuencia, en una fuente principal de la legitimidad del caudillo. De hecho, el fascismo es ante todo un nacionalismo exacerbado que identificaba tierra, pueblo y estado con el partido y su líder.

Pero también se interpreta como una actitud de odio, exclusión, diferenciación social, persecución, represión, coerción, discriminación y abierta condena a aquellos agentes sociales que se califican de nocivos, de improductivos, perjudiciales, perniciosos y de estorbo para el desarrollo de lo establecido, o de las clases dominantes.

Los trágicos, aciagos y lamentables hechos de Iguala, en donde 49 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, todo hace indicar que fueron detenidos, ejecutados, calcinados y enterrados por policías municipales por órdenes del crimen organizado, exhibe no sólo el rostro más ominoso e infausto del México marcado por la violencia, la delincuencia, la inseguridad y la muerte, sino de un régimen gubernamental en todos sus niveles que ha sido penetrado y que trabaja abiertamente para la delincuencia, pero que también hace una clasificación social de sus prioridades, que se desentiende de su obligación legal de garantizar la seguridad, sino que abiertamente asume una actitud dilatoria, excluyente y desenfadada para atender el caso de los estudiantes desaparecidos.

En los inicios de la semana, veíamos a un exultante secretario de Gobernación dando la cara ante la protesta “buena” de los estudiantes del Instituto Politécnico Nacional (IPN), que fue aplaudido por los medios de comunicación y la opinión pública, la misma que en un principio también aplaudió que la policía de Iguala impidiera que los “vándalos” normalistas trataran de retener dos autobuses, a quienes disparó a quema ropa y que detuvo a 43 de ellos, para después perderse en las sombras de la impunidad, para ejecutarlos, quemarlos y tratar de desaparecer sus cuerpos para siempre.

El crimen que horroriza a México, viene acompañado de una actitud abiertamente fascista del gobierno federal, que en su cálculo político de transmitir los daños a un gobierno adversario, no actuó de forma inmediata para dar con el paradero de los jóvenes, dándole tiempo precioso a los criminales para cometer su infame matanza.

Lo mismo ocurrió con los medios abiertamente relacionados con el régimen de Peña Nieto y de evidente filiación conservadora, que no dudaron en comparar a los “ejemplares estudiantes del IPN” frente a los “vándalos de Ayotzinapa”, lo que llevó a señalar a alguno de esos amanuenses de actitudes recalcitrantes que “los normalistas ya la debían”.

Lo ocurrido en el cerro de Pueblo Viejo cerca de Iguala, donde las autoridades encontraron 28 cadáveres calcinados, que se están corroborando si son los normalistas, es sin duda la gestación del fascismo en México, donde juzga, justifica, regulariza y convierte en algo cotidiano el asesinato a mansalva de “vándalos”, como si de una limpieza social y racial se tratara: desechar lo nocivo.

Esta misma actitud se asumió en Michoacán, cuando un desadaptado conductor atropelló y mató a dos estudiantes normalistas, cuando éstos protagonizaban una más de sus impopulares movilizaciones.

A esto se le llama fascismo, y no es que no se niegue la participación abierta del crimen organizado en estas acciones, pero aceptar sólo que se trató de un crimen de la delincuencia, sería condenar este caso al archivo de un problema tipificado como penal, cuando en realidad trasciende todos los niveles y todas las responsabilidades.

Así como Eichmann mostraba que el destino final de los judíos no le daba igual, y confesaba que su conciencia estaba tranquila porque no había elementos externos que la despertaran, nadie reprochaba los actos mientras se cometieran en cumplimiento del deber. Según la interpretación de Arendt, las conciencias estaban dormidas frente al espectáculo cotidiano de la muerte.

De la misma forma, un policía municipal, un alcalde o hasta un soldado, se puede despedir de beso de su mujer, enviar a sus hijos a la escuela, o salir de misa y perpetrar los crímenes más salvajes y horrendos, los actos más bajos que se puede permitir la mente humana: el exterminio de una clase social, de una etnia, de un rival político, de un grupo de estudiantes, por considerarlos bazofia, seres nocivos o estorbo para sus objetivos u intereses.

Tan fascista es quien dispara, como lo es quien lo justifica o quien hace caso omiso.

Paradójicamente, en Iguala en donde en 1821 se dio la proclamación de la Independencia y se creó la bandera nacional, ahora es la tumba de México como proyecto social de nación, y también es la cuna del fascismo.

Una de las reflexiones más aterradoras que hace Hannah Arendt es que una vez que sucede un acto tan terrible sin precedentes, es más probable que se repita, pues a pesar de que haya sido castigado se convierte en un antecedente y en una posibilidad.

Tal vez apenas estemos en el inicio de la pesadilla…

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