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Fausto Vallejo en la mira de las purgas estalinistas de Iosif Orihuela

 Antonio Aguilera / @gaaelico 

En 1933 apareció el término “purga” en la terminología política de la historia reciente. Se utilizó para ponerle nombre a la expulsión de más de 400 mil miembros del Partido Comunista. En adelante, durante más de dos décadas, la palabra sirvió para referirse a mucho más que la expulsión, pues empezaron los arrestos, la prisión y la deportación.

En una era de terror que impuso Iosif Stalin, tenía la necesidad de afianzarse en el poder y apoderarse del Partido Comunista a toda costa. Durante 20 años, entre 1936 y 1956, miles de miembros del Partido Comunista Soviético –además de socialistas, anarquistas y opositores— fueron vigilados y perseguidos sistemáticamente dentro de las instituciones del Estado donde trabajaban y en su vida privada. Le debían la vida al partido y sólo a él tenían que encasillarse.

Este “método” del control férreo del poder, de purgas políticas y acoso a los adversarios internos, ha sido repetido de forma sistemática por casi todos los partidos políticos del mundo. Lo hicieron los Nazis en la mítica Noche de los Cuchillos largos; lo emprendió Francisco Franco al desangrar a la España republicana; lo hicieron también los gobiernos “democráticos” a través de la Directiva n.º 23 del Consejo de Control Aliado para impulsar el proceso de desnazificación de Alemania; se realizó en la dictadura militar argentina mediante el Proceso de Reorganización Nacional; lo aplicó de forma brutal Augusto Pinochet en Chile; y lo hizo y lo ha venido haciendo el PRI, a lo largo de su historia.

El referente histórico de esta “limpieza política” de opositores nació con el estalinismo y lo implementaba una figura terrorífica, conocida como el Comisariado del Pueblo, quien se encargaba de utilizar las figuras expiatorias del “saboteador” y el “disidente”, sumadas a las ganas de “quedar bien” con Stalin y la eficaz excusa del sabotaje. Los juicios y escarnios públicos eran resumen la paranoia institucionalizada del gobierno de Stalin convertida en un arma letal, y por eso hoy son un referente histórico para entender las persecuciones dentro de las instituciones del Estado.

En México, la actuación del PRI como partido en el gobierno la podemos resumir el frase que hiciera en 1976 a José Revueltas, en su ensayo “México: una democracia bárbara”: El Estado mexicano era un “Estado ideológico total y totalizador” porque controlaba la totalidad de las relaciones sociales. La relación Estado-gobierno-partido era la clave, porque el PRI fue un aparato de control político del gobierno y del Estado; es decir, el partido nació para el Estado, no para la sociedad.

El PRI instauró en México una particular metáfora de la fidelidad política: el corporativismo.  Porque la organización corporativa del PRI era la misma que la del Estado. Ejemplo: las ligas de comunidades agrarias y sindicatos campesinos operaban como las delegaciones de la Confederación Nacional Campesina, brazo campesino del PRI. Pero al mismo tiempo, esas ligas operaban como representantes de la estructura del Estado.

Porque el PRI catalizaba el reparto de cuotas de poder a los sectores corporativos, a cambio de la sumisión en las decisiones de gobierno o de Estado. En resumen: el PRI no era un partido tradicional de ideología, organizaciones y ciudadanos, sino una gran coalición corporativa de representaciones de clase y de grupos.

En su Posdata de 1970, el poeta Octavio Paz, convertido en uno de los más lúcidos ensayistas, hacía un corte de caja del PRI: “la sordera del PRI aumenta en proporción directa al aumento del clamor popular”.

También: “el PRI podría parecerse a los partidos comunista del Este europeo”, por su fusión con el gobierno y con el Estado. Más: “si es verdad que (el PRI) preservó la continuidad en la acción gubernamental, también lo es que impidió el análisis y la crítica de esa acción”.

Paz fue tajante: “concebido como un remedio extremo contra una enfermedad que parecía crónica y que amenazaba con destruir el país –el peligro de caer en el ciclo de la dictadura a la anarquía y de ésta a aquélla–. El Partido perpetúa ahora un régimen de transición y de excepción. En México no hay más dictadura que la del PRI y no hay más peligro de anarquía que el que provoca la antinatural prolongación de su monopolio político”.

Por ello, en el PRI no hay medias tintas: o se está o no se está.

Tal vez así lo debería de entender Fausto Vallejo, que ostenta una trayectoria de décadas en el priísmo, que lo llevó desde la dirigencia municipal, a la estatal, pasando por muchos puestos partidistas, la alcaldía de Morelia, hasta ostentar el máximo cargo que aspira todo militante de un partido estatal: la gubernatura.

Así lo entiende Ascensión Orihuela, quien a lo largo de los años se ha mantenido en su cómoda esquina del oriente michoacano, aspirando -acorde a sus posibilidades- a la grande estatal, por lo que siempre mantuvo una guerra fría con Vallejo y con Jesús Reyna.

La disciplina sin cortapisas, esa que no admite ninguna expresión de inconformidad o de mera crítica, cierra todo espacio a la democracia en un partido que les exige democracia a sus adversarios. Por ello, el modus vivendi de los grupos políticos priístas es la guerra silenciosa y la purga estridente

En el PRI así están acostumbrados a llevar a cabo procedimiento para ocupar puestos de dirigencia partidista y candidaturas. Cuando llega el candidato dedocrático al gobierno del Estado, todo gira en torno a él. Y el candidato asume ese papel infalible: es la creencia de que el PRI es él, se apropia de la candidatura al gobierno del Estado, pisoteando los derechos de todos los cuadros distinguidos.

Y al que no obedezca, vuelven a aplicar la de Stalin: frente a grupos priístas que se alejaron de su organización política a causa de su cuestionado proceder, el candidato al gobierno (en este caso Iosif Orihuela) se ha erigido en juez para determinar quiénes, cuándo y cómo habrán de ser expulsados de “su” organización política, la de él, la que es él, la que domina, aquella en la que nada más sus chicharrones truenan.

Iosif Orihuela envió hace días a su “Comisariado del Pueblo priísta”, Agustín Trujillo a decirle a irredento Fausto Vallejo a que se definiera: “o estás conmigo o estas en contra de mí”. Un ultimátum flamígero, que es la antesala de la expulsión.

En Michoacán negro será el futuro para el PRI si se implementan las expulsiones de quienes no aceptaron incondicionalmente sus propuestas y cuestionaron el modo en que se apropió de la candidatura al gobierno del Estado.

Los teóricos de la política señalan que las pugnas y las purgas internas son siempre las causas de la derrota para los partidos que no tienen ni la visión ni la inteligencia de entender que sus luchas intestinas les hacen perder electores. Las pugnas se traducen en un ambiente de rivalidad entre supuestos compañeros, potenciando bandos y grupos divergentes, que actuando de manera centrífuga terminan por debilitar la competitividad del partido.

Peor aún, a la pugna siempre sigue una lastimosa purga política, que se materializa en la expulsión o eliminación de miembros de la organización, misma que se decreta por la incapacidad de la dirigencia para conciliar diferencias y buscar un frente común que sea eficaz electoralmente.

Tal vez así lo entienda Fausto Vallejo, pero lo más probable es que así lo entiende Ascensión (Iosif) Orihuela.

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