HomeOpinión 3.0¿El fin de la partidocracia?

¿El fin de la partidocracia?

¿El fin de la partidocracia?

No es posible hacer un bolso de seda
con la oreja de una puerca.

Antiguo Adagio Castizo

 

El proceso general de la Reforma del Estado en México, desencadenado por la publicación de la Ley para la Reforma del Estado, publicada por el Diario Oficial de la Federación (13 de abril de 2007), que incluía temas como el Régimen de Estado y Gobierno, Federalismo, Reforma del Poder Judicial, Garantías Sociales, Democracia y Candidaturas Independientes, trajo como consecuencia reformas constitucionales en materia electoral (2012), todas concentradas en la participación ciudadana.

Pero las intrigas palaciegas de “los partidos democráticos” siempre cuidan cómo tenderles disfrazadas trampas a l@s mexican@s: la reforma electoral que permitiría que l@s ciudadan@s independientes compitieran por candidaturas para la cámara alta y baja, las gubernaturas, las presidencias municipales, las regidurías y hasta por la Presidencia de la República, con el fin democrático de que el pueblo tuviera ciudadan@s calificad@s y prob@s.

Así, para la representación de la Presidencia de la República, compitieron un promedio de 40 aspirantes. Pero como el Instituto Nacional Electoral les pidió 866 mil firmas de electores con credencial vigente (una cantidad que nunca se le ha pedido a ningún partido para su fundación y permanencia de registro, y que ningún partido tiene), y a lo largo de 17 Estados, arrastraron a todos los candidatos a una carrera de obstáculos para que se entregaran a las estructuras de corporativos clientelares y vendieran el apoyo o pactaran posiciones políticas, justo como antaño se conformaron los impresentables partidos que tienen tan cansados a millones de mexicanos.

Con esas infames y truculentas condiciones, compitieron 40 candidatos  y sólo quedaron 3, y de los 3, hasta este momento, no sin grandes sospechas y próximos reclamos y denuncias, sólo Margarita Zavala de Calderón, según el INE, consigue el codiciado registro.

La mayoría compitió en condiciones de inequidad, y los que llegaron a la recta final ni siquiera eran ciudadan@s independientes de verdad. El Bronco, dizque prófugo del PRI y alejado de los grandes tiburones de la iniciativa privada y otros poderes, Armando Ríos Piter, renegado del PRD, pero sospechoso de ser patrocinado por Salinas de Gortari para restarle votos a AMLO), y Margarita Zavala de Calderón, de carrera larga en el PAN y con la sombra de su errático marido y fallido presidente (“haiga sido como haiga sido”).

Los tres “candidatos independientes” afirman haber conseguido el doble de las firmas que pedía el INE, pero éste dictaminó que habían falseado las firmas con las que tenían que probar el 1% del Padrón Electoral: El Bronco 6 de cada 10; Armando Ríos Píter 4 de cada 10 y Margarita Zavala 5 de cada 10. Pero el INE sólo validó la candidatura de margarita Zavala, tal vez porque tras Margarita está el tenebroso apoyo de su marido y sus brunos y añejos pactos con el PRI, así como los intereses de una plutocracia a la que le convendría un personaje tan light. También para bajarle votos al candidato del PAN, Ricardo Anaya, y dejar que suba al segundo lugar de las encuestas al candidato del PRI, para que en la recta final se pueda manejar que, tras un empate técnico, José Antonio Meade ¿terminó ganado la contienda por la Presidencia de México?

¿Cómo es posible que en una República democrática, en la que la soberanía nacional descansa en el pueblo, no quepan las y los ciudadan@s? Por la participación en bloque de los partidos, que tienen representaciones en el INE y en todos los espacios del tejido social (para sus fines e intereses), y que cuentan con sus cúpulas de “poder” de dinosaurios que se repiten de generación en degeneración, para no dejar pasar al relevo generacional, la juventud con nuevas caras y tal vez intereses genuinos por la nación y el pueblo, y para erradicar el secuestro de la política por los partidos, que no permite la democracia participativa y las candidaturas ciudadanas.

Pero si participación es una palabra castellana que procede del latín pars, patis y capere, que designa una actividad del partícipe, y que desde el siglo XVI significa “el que toma parte, el que es copropietario”. Y ciudadano(a), es otra voz castiza que viene del latín civitas, que nombra a quien pertenece a la ciudad, una población de ciudadanos. Unas  precisiones etimológicas permiten concluir que el poder de uno solo (líder, dictador o partido)  es el poder de la soledad. Un poder oscuro que, como sólo mira hacia el interior, sólo proyecta violencia hacia el exterior. Un  poder que raya en la dictadura, donde alguien dicta y los demás obedecen, y donde hasta la ley tiene miedo, pues no garantiza nada, a pesar de que todo parece estar en calma y protegido. Se trata de un no-poder, de un poder negativo e impotente, que vive de dominar el poder de los demás. Donde, como advierte el filósofo español Eugenio Trías: “Todo domina sobre todo sin que pueda decirse qué o quién domina sobre qué o quién […] y lo que ya no puede incorporar lo tacha de inexistente, inane […] Es la sombra que repite todos sus pasos y que mina diariamente, sin remisión, esa razón al fin investida de atributos imperiales” (Trías, Meditación sobre el poder, Anagrama, 1977:80-81).

El desaliento y la desesperanza del México actual ante la pragmática de todos los partidos de ganar por ganar, a como dé lugar, creyendo que “todo cabe en un jarrito sabiéndolo acomodar”, es de pasmo, aunque las encuestas de cada día no lo registren ni lo divulguen, al punto de que quienes todavía se consideran conscientes de sus convicciones políticas, expresen con angustia y desasosiego que “ahora sí no saben ni por quién votar, ni siquiera en términos del voto útil”. Porque, como dijo el periodista y analista político Leonardo Curzio en la Mesa de Primer Plano del Canal Once: “Las legislaciones a lo largo del país son muy variadas, pero todas hechas para evitar que los ciudadanos lleguen a tener una representación política.

 

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