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El gobierno espía…y el lapsus del presidente

Espero que la Procuraduría General de la República,
con celeridad, pueda deslindar responsabilidades.
Y espero, al amparo de la ley,
pueda aplicarse contra aquellos que han levantado
estos falsos señalamientos contra el gobierno.
Enrique Peña Nieto, lapsus difundido por Televisa.

Este pasado viernes 23 de junio de 2017, amanecimos refrescándonos la memoria histórica con la columna de Octavio Islas, publicada en El Universal, en la que frente al actual escándalo mediático y los desmentidos del Presidente Enrique Peña Nieto de espiar a periodistas y luchadores sociales, recuerda que en abril de 2016, Bloomberg Businessweek divulga que Andrés Sepúlveda, hacker colombiano, durante la Campaña Presidencial intercepta teléfonos y computadoras del PRD y el PAN, además de los de sus contrincantes Andrés Manuel López Obrador y Josefina Vázquez Mota Sepúlveda. Y, como siempre, el Presidente rechazó sus relaciones con Sepúlveda y Rendón, quien se jactaba en su sitio web de su participación en la campaña presidencial. De lo que concluye que, si el candidato del PRI en 2012 consintió prácticas de ciberespionaje, ¿por qué no lo haría como Presidente? Por ello, para Octavio Islas, el vacío en materia de ciberseguridad nacional resulta sospechosa, pues más bien parece apostarle al ciberespionaje.

Para colmo, la tragedia nacional de este Estado Fallido, es ampliamente documentada y denunciada desde de fuera de México, en cuanto a la ausencia de democracia, de aplicación de la justicia, la libertad de expresión, la participación ciudadana, el respeto a los derechos humanos, el auténtico combate al crimen organizado con servicios de inteligencia y no con efectos colaterales contra la ciudadanía, la justicia social, la transparencia, el combate a la corrupción y la impunidad, que no termina de concretar el Estado de Derecho y una República moderna, democrática, representativa y participativa, con todas las instituciones confiables que urge instaurar y consolidar si no queremos que México sucumba.

Para vergüenza nacional, el pasado 19 de junio, The New York Times, en primera plana exhibió ante el mundo que el gobierno de Enrique Peña Nieto viene usando un malware para espiar a periodistas, activistas y defensores de los derechos humanos. Una escandalosa noticia que provocó ruedas de prensa, marchas y mesas de debate en todos los espacios del cuerpo social, la mayoría para denunciar y condenar tal práctica, y muy pocos darle el beneficio de la duda al Presidente. Falta un tema vinculante … si el gobierno viene espiando a los periodistas, los activistas y defensores de los derechos humanos … ¿cuál es la responsabilidad del gobierno mismo en la desaparición y los asesinatos de estos actores sociales más que identificados como  disidentes?

Con tantas carencias, tantos pretextos de los gobiernos de que no hay dinero ni para sueldos ni para programas de políticas públicas … pero sí hay 80 millones de dólares para un software de origen israelí … más lo que se acumule por ahí en otros gobiernos e instituciones mexicanas. Pegasus, a través de la empresa italiana Hacking Team vende el software y capacita al Centro de Investigación y Seguridad Nacional (CISEN), en apariencia, para aplicarse estrictamente al crimen organizado y la seguridad nacional, que pronto terminó por descubrir el resto del pastel: la justificada inseguridad presidencial y hasta la paranoia gubernamental. ¿Una prioridad política, a falta de legitimidad y aceptación nacional de la investidura presidencial, en realidad ganada a pulso? Como la ilegitimidad es proporcional a la inseguridad, bien “vale la peña” correr el riesgo, como dice Edward Snowden en un twitter: el espionaje realizado por el gobierno de Peña Nieto representa “un crimen contra el público”.

Como se sabe, una prueba de perversidad es que una cosa se diga y otra se haga. Recién en medio de un gran teatro repleto de bufones y vocingleros del gobierno, ante el cambio de la Presidencia del Consejo de la Comunicación, Enrique Peña Nieto, dijo que su gobierno “es y seguirá siendo respetuoso de la libertad de expresión”.

Por eso qué oportuno lapsus televisivo de Enrique Peña Nieto, que en vivo se descubre ante la nación entera: “Espero que la Procuraduría General de la República, con celeridad, pueda deslindar responsabilidades. Y espero, al amparo de la ley, pueda aplicarse contra aquellos que han levantado estos falsos señalamientos contra el gobierno”.

Lapsus linguae es un término de origen latino que significa caída, deslizamiento, y que a partir del siglo XVI designó los deslices de la lengua, aceptados como errores, por lo que se les concebía como distracciones inocentes. De manera lacónica el lapsus era entendido como un desliz en el habla y la memoria, al que la misericordia popular tenía que disculpar como una falta que se cometía por inadvertencia al hablar (lapsus linguae), al escribir (lapsus calami), al actuar y al recordar (lapsus), y que consistía en decir, escribir o leer otra(s) palabra(s) en lugar de la(s) que la conciencia intencional quería decir, leer o escribir, así como en una falla de la memoria, que conducía a ciertas acciones no esperadas.

Sigmund Freud, el pensador y psicoanalista vienés, en su obra “Psicopatología de la vida cotidiana” (1901), Obras Completas, Buenos Aires, Amorrortu, 1979, t, VI, analizó el lapsus (Versprechen), como una de las expresiones de la vida inconsciente (al lado del sueño, el chiste y el síntoma), y le concedió todo el peso de la verdad al deseo inconsciente, involuntario, que no es lo mismo que ignorante o irresponsable, sosteniendo que no se trataba de ningún error o falla, sino del deseo que acierta, a pesar de la censura de la conciencia, al surgir sin que nada ni nadie pueda detener el poder de tal verdad, y sin que, si se le escucha, alcance perdón alguno. Pues el inconsciente, reservorio de representaciones reprimidas (sofocadas por la conciencia crítica y moral), es como un prisionero en permanente intento de fuga. Porque cuando una verdad se sepulta se potencia la imperiosa necesidad de su emergencia. Porque no hay más represión (Verdrängung),  también en sentido político, que de la palabra, cual mordaza al discurso que impugna un poder pervertido en dominación.

Si la represión es el pilar del psicoanálisis —como sostiene Freud— es  porque la verdad pugna por ser reconocida, con tal prisa, que se precipita e irrumpe, incomodando a quien la pronuncia y a quien la escucha, pero también dando lugar a la risa, que siempre se burla del poder adulterado. Y es que la conciencia no tiene todo el control sobre el discurso, pues ella no es más que efecto del lenguaje, a tal punto que ella misma se desconoce en sus tropiezos. Como enseñaba Jacques Lacan: “el inconsciente es la parte del discurso que falta a la disposición del sujeto para restablecer la continuidad del discurso consciente”.

Muy cerca de Freud, para Martin Heidegger, el filósofo alemán, la verdad se funda sobre la no-verdad, pues la verdad se encuentra bajo la forma del disimulo, dado que la errancia misma está en el origen de la verdad, a la que sólo se llega por el error, a la que sólo se pesca en el desliz, ya que la verdad y la no-verdad se pertenecen mutuamente (Heidegger, ¿Qué es metafísica?, Buenos Aires, Siglo Veinte, 1974:127).

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