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Goce de la guerra en Ucrania

Goce de la guerra en Ucrania

David Pavón-Cuéllar

Los gobiernos de Estados Unidos y la Unión Europea se creen mejores que el de Rusia. Condenan al siniestro presidente ruso Vladímir Putin por ser como ellos, por actuar como ellos lo han hecho siempre en el mundo, por mostrarles un reflejo especular de lo que son. Lo condenan también por consumar lo que ellos prepararon, por atreverse a servir el plato que ellos tan sólo se permitieron cocinar a fuego lento con el expansionismo de su OTAN, con sus misiles rodeando Moscú y con su injerencia en Ucrania. Todo esto les ha dado a los gobiernos europeos y estadounidense la superioridad moral suficiente para presentarse como defensores de la paz mientras anuncian cargamentos de armas para Ucrania.

La nación invadida ya está recibiendo un enorme arsenal de 2500 lanzacohetes, 1300 lanzagranadas, 500 misiles, más de 5000 rifles de Alemania, Finlandia, Bélgica y España. Estos países y otros han prometido más armas, así como un apoyo militar de 450 millones de dólares de la Unión Europea, 394 millones de Canadá y 350 millones de Estados Unidos. Tantos recursos para la guerra, descritos como “ayudas para la paz”, tan sólo producirán montañas de cadáveres que se apilarán sobre otras montañas análogas producidas por el Ejército Ruso.

Incluso países tradicionalmente pacíficos y neutros, como Suiza y Finlandia, se han dejado llevar por la euforia bélica generalizada. Todos quieren gozar de la guerra, pero el goce de todos es y será en última instancia para el capital. Sabemos que una semana de guerra en Ucrania bastó para producir una ganancia descomunal de 81 mil 500 millones de dólares en el valor de las 15 mayores empresas fabricantes de armas, entre ellas nueve de Estados Unidos y las demás de China, Reino Unido, Francia, Italia y Holanda.

Para estimar lo que significa la ganancia de las armerías, puede recordarse el reciente escándalo mediático en el que la ONU presentó a Elon Musk un plan de 6 mil millones de dólares para acabar con la actual hambruna en el mundo. La cantidad es doce veces menor que las ganancias de las grandes fábricas de armas en sólo una semana de guerra en Ucrania. Vemos que esta guerra es un jugoso negocio para unas armerías implantadas principalmente en países aliados contra la nación rusa, países de la OTAN que ahora se entregan al goce de la misma guerra que preparaban desde hace muchos años, lo que podría no ser una simple casualidad.

Es verdad que el goce de la guerra desborda la esfera del capital armamentista. Por un lado, no sólo se goza indirectamente del plusvalor que se obtiene al fabricar y vender el armamento, sino también directamente del plus-de-gozar que el mismo armamento puede ofrecer al utilizarlo para matar, destruir o ejercer poder. Por otro lado, no sólo se goza de la guerra con armas reales como los misiles con los que la OTAN acorraló a Rusia o los tanques rusos que ahora están invadiendo Ucrania, sino también con el armamento simbólico de la economía, la política y la ideología, con el que los mismos enemigos están atacándose furiosamente.

Se goza de la guerra, por ejemplo, con sanciones como las que han desatado especialmente los países de la OTAN contra su enemigo ruso. Estas sanciones incluyen la cancelación de todos los vuelos hacia Rusia, el congelamiento de fondos rusos en el extranjero, la desconexión del sistema SWIFT y de las tarjetas Visa y Master Card, la suspensión de operaciones con Rusia de las dos principales navieras de carga del mundo, la privación de componentes electrónicos y de refacciones para aviones, el bloqueo de medios informativos rusos RT y Sputnik en el extranjero y la expulsión de Rusia de festivales culturales y de competencias deportivas. Las medidas quizás cumplan su propósito de presionar al Kremlin, pero sobre todo estrangularán la economía del país, aislarán y empobrecerán a su población, agravarán las tensiones y contradicciones que han llevado al conflicto, aumentarán el recelo y el resentimiento del gobierno ruso, lo harán sentir aún más asediado y acorralado, lo empujarán a decisiones que todos podemos lamentar y así confirmarán que no hay más que el goce de la guerra tras la apariencia de un deseo de la paz.

El presidente ruso ha declarado que las sanciones occidentales equivalen a una “declaración de guerra”. Su ministro de relaciones exteriores, Serguéi Lavrov, ha advertido que la única opción que están dejando a Rusia es una Tercera Guerra Mundial “nuclear y devastadora”. Lo seguro, por lo pronto, es que las sanciones profundizan y prolongan la guerra que pretenden parar, siendo ellas mismas una suerte de síntoma que delata su verdad, la del goce de la guerra, el goce de satisfacer la pulsión de muerte al violentar al otro, al humillarlo, hostigarlo, acecharlo, acorralarlo, vencerlo, subyugarlo, aplastarlo, neutralizarlo, destruirlo.

Las sanciones, que son lo contrario de las concesiones y negociaciones, obedecen a una lógica de guerra y por eso mismo tienden a impedir cualquier distensión, comunicación, reconciliación y pacificación. En lugar de escuchar a Rusia y tratarla como igual, se le degrada, se le humilla, se le infantiliza y se le intenta someter e incluso aniquilar, quitándole todo su poder. Se trata de que la rival desaparezca del espejo, pues tan sólo hay lugar aquí para un imperialismo, el europeo-estadounidense, y ningún otro puede rivalizar con él.

Sancionar a Rusia no sólo es descalificarla como interlocutora, sino que puede llevar incluso a negarla absolutamente, ahogándola en una inexpresividad que es como la muerte para seres, como los humanos, que viven al expresarse a través de las palabras, los gestos y los demás elementos simbólicos de su cultura. Los rusos están siendo asesinados en su alma cuando se prohíbe leer a Dostoievski en Milán, cuando se cancela una proyección de Tarkovsky en Andalucía, cuando se anulan representaciones del Teatro Bolshói en Londres, cuando se elimina a Chaikovski, Rajmáninov, Stravinski, Shostakóvich y Scriabin de varios festivales musicales en Polonia, o cuando se despide en España, Alemania, Dinamarca y Estados Unidos a muchos de los mejores músicos rusos, entre ellos el director de orquesta Valery Gergiev, el pianista Denis Matsuev y las sopranos Hibla Gerzmava y Anna Netrebko. Estas represalias contra intérpretes, compositores y escritores, al igual que las sanciones contra deportistas y contra el pueblo ruso en general, despliegan el goce de la guerra en toda su estúpida obscenidad y ponen en evidencia que el enemigo de la Unión Europea y de Estados Unidos no está sólo en el Kremlin y en los tanques rusos que invaden Ucrania, sino en los teatros y salas de concierto, en las bibliotecas y en los demás recintos de la cultura, en las calles y en las casas de la gente común.

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