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Los Reyes, Michoacán. Entre autodefensas y templarios #Video #Fotos

Los Reyes, Michoacán. Entre autodefensas y templarios #Video #Fotos

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Heriberto Paredes y Aldo Santiago

(16 de febrero, 2014).- “¡No digan mentiras! ¡Aquí nadie va a decir mentiras, ¿oyeron?! La verdad es que ninguno de los muchachos que está aquí fue obligado a trabajar con los templarios, todos lo hicieron por dinero, porque les pagaban mejor que en cualquier lado y por eso aceptaron ser punteros” señala Chuy “El Comunitario” mientras sostiene su AK-47 con una mano y con la otra sujeta la cadena de su perro. Mira fijamente a los ojos y su mirada penetra como una bala más en esta guerra michoacana.

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Chuy El Comunitario. Fotografía: Heriberto Paredes

Cae la tarde y las barricadas que protegen una de las entradas a la ciudad de Los Reyes recobra una vida que durante el medio día parecía perdida, se trata del cambio de turno y del momento en que muchos comunitarios vuelven de los patrullajes por las calles de esta cabecera municipal. Otros más estacionan sus enormes camionetas a lo largo de la estrecha carretera sin dejar ni un segundo su arma, ni siquiera para salir del vehículo. Poco a poco la luz comienza a atenuarse y es momento de aprovechar para hacer algunas fotografías, la hora azul permite una modulación distinta de tonos, los rostros se muestran más claros, es posible ver con mayor precisión las marcas que el desvelo y los combates van dejando en el gesto de cada comunitario. Los que tienen veinte años aparentan veinticinco o veintiséis, quienes ya superan los cuarenta podrían tener diez años más.

Chuy “El Comunitario” se mantiene sentado en la entrada del cuarto formado por costales de arena, siempre su fusil de asalto en la mano izquierda y un cigarro en la otra; imponente, su perro yace amarrado a un poste cercano. De camiseta roja sin mangas, con una hoja de mariguana tatuada en un brazo y un dije de la Santa Muerte colgando del cuello, el rostro duro y sin mucha expresión. Así es este comunitario quien no escatima en su tono de voz para dar órdenes a la tropa de su barricada. “¡Siéntense aquí que nos van a entrevistar, pero no se tarden que no tenemos todo el día!, ¡Tú ponte aquí, levanta la cara, que se vea que tienes huevos hasta para los periodistas!” suelta para reafirmar su condición de líder mientras posa a la cámara.

La actitud de Chuy muestra con claridad una diferencia de tareas entre él y el resto de los muchachos de este punto de control; ellos, adolescentes, deben de tener entre 14 y 17 años. No todos tienen arma y varios lucen un poco descontrolados; mejor dicho, tímidos, como si las batallas en las que se han estado involucrado por mucho tiempo les hubieran obligado a volverse reservados en su actitud. No hay alegría en sus ojos, la mayoría carga una mirada caída y fuman un cigarro tras otro para matar el tiempo en la barricada. Algunos usan gorra, la mayoría pantalones holgados y tennis; fuera de este lugar se les etiquetaría como cholos, lo que equivale a ser delincuentes, lacras sociales, viciosos, vagos. No tienen buena fama.

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“Pus la mera verdad sí trabajábamos para los templarios, no nos obligaban, sólo nos daban trabajo. Nos pagaban 1800 pesos a la quincena y lo que hacíamos era cuidar el sector y avisar de todos los movimientos, nunca matamos ni hicimos cosas malas” cuenta con pena Paco, quien no acaba de salir de la infancia y ya tiene en su memoria la experiencia de trabajar para el crimen organizado. Hoy, a sus escasos catorce años se ha pasado al bando de las autodefensas para combatir al cártel que antes le dio un salario y un lugar en la sociedad michoacana. Ninguna de las pocas posibilidades que tiene un joven para salir adelante -hablando de esta región puntualmente- asegura un salario suficiente o la posibilidad de pensar en construir una vida digna. Para Paco, ser puntero fue una salida inmediata a un problema de pobreza y marginación, aunque también le sirvió para escalar un poco en lo social y ser una persona a la que tenía que respetarse. El miedo que uno ocasiona puede generar ese falso respeto entre la población atemorizada. Aunque no puede durar mucho.

Luis es un niño de once años, su complexión robusta y su altura parecen no corresponder a su edad. Serio y de pocas palabras, se nota un poco cansado y molesto cuando desciende de la camioneta que lo transporta en sus patrullajes; se quita la gorra gris y acomoda su cuerno de chivo en bandolera tras la espalda, nos mira desconfiado y le pregunta a Chuy quiénes somos, él responde con tranquilidad: “No hay problema, son periodistas y vienen a entrevistarnos, deberías contarles tu historia o por lo menos enseñarles que sabes usar muy bien tu fusil”. No hay respuesta.

Por unos segundos Luis evita el diálogo, hace una mueca y decide demostrarnos su destreza y conocimiento en el armado de arma de alto poder que carga. “Jalas esta palanca y activas el seguro, luego lo haces al revés y lo desactivas, cargas por acá, aquí está el cartucho y las balas, miren, se ponen así. Ahora sí está listo para disparar, por si quieres jalarle” dice al mismo tiempo en que sus pequeñas manos nos acercan el rifle. Esas fueron las primeras palabras que Luis nos dirigió; no duraron mucho, tal vez ni siquiera un minuto. El mundo en el que él vive se acercó estrepitosamente, en muy poco tiempo, al horror de una vida a salto de mata en una guerra contra un cártel -tal vez uno de los más sangrientos- y a la certeza de la muerte en cada operativo. Todo a sus once años.

“Yo soy el único que queda de una matanza que hubo en el Limoncito; mataron a todos y yo soy el único que sobrevivió. También mataron a mi familia, por eso estoy aquí, porque me estoy vengando de los Templarios y porque no tengo otra opción” confiesa Luis con un tono severo, el mismo con que nos explicó cómo preparar un fusil de asalto y con el cual cimbró la calma con tres frases. Una de tantas matanzas gestadas en años de control templario había sido el detonante para que él se uniera a las filas de los comunitarios; un episodio olvidado de una población desconocida a nivel nacional en un municipio que, de no haberse levantado en armas, habría sido exterminado por el crimen organizado.

No hay nada de qué sorprenderse. Ni el trabajo infantil ni la participación de menores de edad en conflictos armados son asuntos nuevos o raros. Desafortunadamente México tiene mucho qué decir al respecto y para todos es sabido que la situación económica y social orillan año con año a aumentar las cifras que refutan la supuesta estabilidad y bonanza del discurso oficial por la que atravesamos. En muchas de las calles del país, en los transportes públicos de las ciudades, por doquier, vemos a niños trabajando, siendo explotados y no se mueve un solo dedo. No sorprende que Luis haya decidido tomar un arma para pelear contra los criminales que mataron a todos en su entorno. No me sorprende que Paco haya aceptado trabajar con una organización delincuencial y luego pasarse a otro bando; uno donde ganaba dinero y prestigio, el otro donde conserva la vida. Probablemente yo habría hecho lo mismo de haber estado en los zapatos de ellos.

Según cifras del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI) para 2011 el trabajo infantil contaba con diversas características, entre ellas podemos mencionar que para ese año había tres millones de niñas y niños de entre 5 y 17 años trabajando en el país; de este total se ha hecho un promedio en el cual se habla de que 10.5 niños de cada 100 trabajan y que un 39% no asiste a la escuela; además, hay que resaltar que el trabajo que realizan estos menores de edad son actividades domésticas y de limpieza en su mayoría y el 44.1 % no recibe una paga por su trabajo. Se trata de cifras que hay que actualizar, aunque lo más preocupante es que no se ocupan de los menores de edad que trabajan para organizaciones criminales como los Caballeros Templarios, tampoco están contabilizados aquellos que no son censados o que no tienen registro mediante un acta de nacimiento. Creo que las cifras anteriores son modestas y muy cortas. La realidad es mucho peor y más violenta.

México, en su diversidad de contextos, cuenta con una amplia cultura del trabajo a muy temprana edad y esto se puede observar sobre todo en el mundo campesino: los niños comienzan desde muy pequeños a aprender el oficio de su padre, asisten con él a sembrar y a cosechar, a limpiar la tierra y a verificar que el terreno esté en buenas condiciones. Por mucho que se ha querido desestructurar esta vida campesina no se ha logrado, ni los tratados económicos internacionales ni el abandono al que se ha sometido al campo mexicano han logrado acabar con los campesinos, sus hijos siguen aprendiendo el oficio a pesar de todo. Lo que sí se ha logrado es sustituir los cultivos, diversificarlos en el mejor de los casos, ahora además de maíz, hortalizas o frijol, también se siembran limones y aguacates, mariguana y amapola. Esto sucede en Michoacán.

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En las zonas urbanas las cosas cambian, desde chicos, los jóvenes tienen que empezar a buscarse la vida como ayudantes en distintos oficios, incluso entrar a trabajar a una fábrica, atender un negocio, vender en un mercado o en el comercio informal; la juventud mexicana tiene que sobrevivir en sus lugares de origen o migrar, siempre vivir al día. Las mujeres jóvenes o se convierten en amas de casa, o venden comida, o trabajan en casas haciendo labores de limpieza. Pocos escapan a este gran costal de condiciones laborales desfavorables, pocos pueden llevar un camino como estudiantes y trabajar al mismo tiempo, muy pocos sólo estudian y muchos menos pueden simplemente ser mantenidos por las familias.

Pero una cosa es ser campesino u obrero desde una edad muy temprana, por costumbre o por necesidad, y otra ser parte de una estructura criminal porque no hay más oportunidades que ésa. Porque las condiciones sociales se han resquebrajado tanto que esta situación tan compleja se volvió, durante más de una década, en una realidad impuesta.

“En mi casa había muchos problemas, aquí en los Reyes no había trabajo más que en el campo y mi familia no tenía tierras, yo empecé a trabajar muy chico y pues luego los templarios me ofrecieron más dinero del que había pensado ganar”. Paco se muestra con pena cada vez que menciona algo de su pasado reciente, los demás a su alrededor lo incitan a que platique más pero guarda silencio, su mirada nos apunta fijamente en esta ocasión. Chuy interviene en muchas ocasiones, “ellos están aquí porque nos ayudan a identificar a los delincuentes que todavía quedan, nos apoyan señalando donde se esconden o identificando a quienes son los responsables de esta plaza. Que no les vayan a contar otra cosa o a mentir, en esta barricada no se miente, porque la verdad es que ellos trabajaban con los malos pero ahora ya están aquí para reformarse, se les apoya con la comida y con la seguridad, ya no pueden andar por ahí porque como se pasaron para este lado pues los templarios andan buscándolos. Por eso estamos aquí, para que les voy a mentir, yo también desarrollaba esa actividad y otras más gruesas pero ahora ya me convencí que es mejor estar con los comunitarios”.

Muchos más comunitarios se arremolinan en esta barricada y ya comienza a descender un poco la temperatura. Pronto será noche y notamos que será mejor regresar, esta zona aún no está controlada del todo; nos informan que aún quedan 50 punteros por ser localizados para pasarlos del lado de las autodefensas, aún quedan muchas secciones de la estructura templaria que necesitan ser desmanteladas. Por la radio escuchamos una alerta de enfrentamientos, “¡manden refuerzos rápido, todos los que puedan, ya hubo como tres granadazos, apúrenle, en chinga que nos están topando esos cabrones!”, afortunadamente se trató de una falsa alarma y no se movilizaron en operativo, sin embargo, el ejemplo es bueno para confirmar que pese a la aparente calma y relajación que se ve en algunas barricadas o puestos de control, la batalla no está concluida en el municipio de Los Reyes como en otros en donde se ha incursionado en las últimas semanas; acá todavía queda una fuerte presencia templaria y en esa medida los enfrentamientos seguirán siendo parte de la vida cotidiana, por lo menos hasta que la balanza se incline favorablemente hacia algún bando.

Empacamos el equipo y comenzamos a despedirnos, uno por uno, aunque en esta maraña de adolescentes y adultos de pronto hacemos un alto: nos presentan a las mujeres que están en la misma situación que todos los jóvenes en este puesto de control, se trata de muchachas de entre 14 y 17 años que viven en las barricadas y sólo regresan a sus casas para asearse y resolver algunos pendientes con sus familias. Algunas tienen hijos a pesar de ser tan chicas. Las despedidas se interrumpen lo suficiente para cruzar algunas palabras con estas mujeres que no hace mucho eran niñas y que obligadas a trabajar para sobrevivir estuvieron trabajando como punteras o halcones del cártel templario. Olvidadas por las cifras y los programas estatales, su única forma de salirse de este mundo fue aprovechar la ola de los avances de las autodefensas y colaborar con ellos o unírseles para intentar una vida mejor.

Las venganzas no se hacen esperar, aunque todavía no se tiene noticia de muchos episodios de esta naturaleza, sobre todo ahora que el avance de las autodefensas se da en colaboración con este ejército de jóvenes otrora punteros. El temor crece porque no hay nada completamente firme, todavía quedan predios por investigar, lugares que asegurar, integrantes del cártel que detener. Para estos jóvenes los días transcurren inciertos aunque, por lo que ellos mismos refieren, “esto es mejor que estar con los templarios, aquí no somos delincuentes” dice una muchacha pequeña que tiene el cabello casi rizado y lo trae suelto.

Concluimos la visita y nos llevamos el compromiso de escribir sobre esto, no para que se use en contra de los Consejos Ciudadanos de Autodefensas sino porque es necesario plantear de diferente forma lo que resulta evidente para quien recorre estas tierras: no es la responsabilidad de las autodefensas, en el origen de esta situación, aquélla en la que menores de edad se incorporan a las filas de “los alzados”, como los llaman muchos medios de comunicación con cierto dejo de desprecio. Son varios los problemas de fondo que desataron esta guerra, entre ellos -a diferencia de lo que se ha afirmado es un Estado fallido- la fuerte presencia del gobierno, no como un ente benéfico sino como un cuerpo que, aliado al crimen organizado, levantó un gran negocio. Todo está a la vista, en las ganancias millonarias que se mantuvieron durante muchos años a costa del empobrecimiento de sectores específicos, como la juventud.

Si alguien permitió la existencia de una organización como los Caballeros Templarios fueron los funcionarios de todos los niveles de gobierno, los partidos políticos y ciertas empresas que han impuesto proyectos de extracción de recursos minerales, tal y como ocurre en el municipio costero de Aquila. Hubo tanta disposición por parte de los funcionarios públicos, que no sólo se creo un emporio económico, sino toda una ideología de corte religioso. Así que los verdaderos responsables del desgarre del tejido social no son los comunitarios armados para defender la vida, aún a pesar de la muerte, sino aquellos que pasaron por encima de comunidades enteras para enriquecerse, traficar, violar y matar.

Atrás dejamos a Paco, Luis, Chuy y a todos los que nos recibieron en esta tarde de duras realidades y palabras precisas para expresar lo que sucede ahora en los pantanosos terrenos del cártel.

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