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La política española frente a su nuevo reto

La política española frente a su nuevo reto

María Luisa Maillard

El panorama político de España tras las últimas elecciones es contemplado con satisfacción desde ciertos sectores políticos y medios de comunicación, apoyándose en dos palabras «talismán», cuya función es lograr la adhesión emotiva del receptor, impidiendo así cualquier forma de análisis o reflexión.

La primera de ellas es la palabra «diálogo», obviando que no siempre el diálogo es posible, no lo es cuando, por ejemplo, alguien te está apuntando con una pistola, como no lo es cuando uno de los interlocutores tiene una exigencia irrenunciable y entiende el diálogo como una claudicación del contrario, tal como sucede con los partidos independentistas.

En España la palabra «diálogo» sólo se ha utilizado históricamente en este último caso y las claudicaciones del Estado frente al terrorismo de ETA y los partidos nacionalistas serían largas de enumerar. Sólo señalar, a modo de ejemplo, que en Cataluña no se puede estudiar en español, violando así un mandato constitucional.
Pues bien, la alternativa de «un bloque de izquierdas» gobernante en España, liderado por un PSOE debilitado, tendría que contar con los votos de un partido nacionalista, cuyo objetivo irrenunciable es la independencia, aparte de que las marcas de «Podemos» en las comunidades históricas también son independentistas. Supondría la ruptura de España.

En cualquier otro caso la palabra «diálogo» ha sido dinamitada desde hace tiempo de la política española que, desde la izquierda, ha cultivado un frentismo feroz, intentando revivir las dos Españas de la sociedad empobrecida anterior a la guerra civil española, cuando los dos partidos gobernantes han seguido una política económica socialdemócrata, tendente a mantener el estado de bienestar de una sociedad desarrollada. Les diferencian, claro, políticas sociales basadas en las creencias, que se plasman en sus diferentes posturas frente al aborto y el matrimonio homosexual.

La segunda de las palabras «talismán» es la de «lo nuevo». Es esta una palabra que aspira a monopolizar una bondad intrínseca, desterrando cualquier reflexión posterior. ¿En qué consiste lo nuevo? Y ¿es realmente nuevo? Esta palabra «talismán» ha recaído fundamentalmente en el partido emergente «Podemos» que aspira a barrer la «vieja política» de los dos partidos que se han turnado en el poder en España. Ha heredado del último PSOE de Zapatero la política del frentismo que retrotrae España al periodo anterior a la Guerra civil española, cuando la emigración actual de nuestro país no es el de unas clases campesina y obreras empobrecidas, sino la de una juventud universitaria muy preparada que no encuentra un futuro en España y lo busca en Europa y Estados Unidos donde sí lo encuentra. Este nuevo partido es heredero del populismo de la Venezuela de Chávez, «nada nuevo» y enarbola consignas como «blindaje del estado del bienestar», sin especificar de dónde va a salir el dinero para proporcionar una casa a todos los españoles, cuando ya existe en este país una de las presiones tributarias más altas de Europa y una deuda descomunal.

Es cierto que el nuevo giro que ha tomado la política española es fruto de la actuación de los dos partidos gobernantes que se han hundido en el lodo de la corrupción, el nepotismo y los privilegios, pero ¿realmente los «nuevos partidos» van a plantear las reformas democráticas necesarias para impedir la repetición de «la vieja política»?

¿Van a proponer la independencia real del poder judicial y de los medios de comunicación? ¿Van a proponer una nueva ley electoral que se aproxime a «un ciudadano, un voto», y no penalice el voto en las grandes ciudades? ¿Van a proponer una ley de financiación de los partidos que dificulte cuando no imposibilite la corrupción que desangra las arcas públicas? ¿Van a acabar con los privilegios de una clase política y un nepotismo que ha engrosado la administración pública hasta límites insostenibles? ¿Van a afrontar una legislación laboral que no penalice a los trabajadores de empresas que no cotizan en bolsa, es decir las S.L. que en la situación actual exonera a los empresarios de responsabilidades laborales y permite, por ejemplo, que un empresario no pague a sus trabajadores durante un año, tiempo que necesita para vaciar la empresa, llevando sus activos a otras empresas o a familiares próximos, antes de declarar un ERE de extinción que deja a los trabajadores sin indemnización alguna? ¿Van a continuar con una política económica de grandes beneficios a corto plazo, basada en el ladrillo, la ingeniería financiera y el turismo? ¿O por el contrario van a utilizar estos mismos medios para intentar llevar adelante sus «cantos de sirena?

Se trataría de emprender las reformas necesarias para consolidar una auténtica democracia, situación indispensable para que el debate de ideas y el análisis de la compleja situación actual se haga realidad. ¿Seremos capaces los españoles de dirigirnos hacia ese objetivo?

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