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La Tuta, el Siciliano de Arteaga

Antonio Aguilera / @gaaelico

A pesar de encumbrarse en lo más alto del archipiélago de terror, sangre, violencia y crimen, Servando Gómez Martínez creía en los pactos, a la hechura de la antigua mafia italiana. A Felipe Calderón le propuso un pacto en su primera aparición mediática masiva en el 2009, cuando llamó telefónicamente al programa Voz y Solución, en donde refirió que su negocio “era un mal necesario” para el gobierno.

Esa misma capacidad de construir pactos la exhibió en la batería de videos que grabó de sus reuniones con la clase política y empresarial de Michoacán, en donde La Tuta hacía derrocho de un alto nivel de camaradería lo mismo con Jesús Reyna, con Arquímedes Oseguera o con el líder de los empresarios aguacateros.

Y tal vez, ese alto nivel de arribar a acuerdos, fue el garante para concretar un pacto para su entrega este viernes a las autoridades, en donde la versión gubernamental asegura que uno de los criminales más buscados y peligrosos de México se encontraba tranquilamente cenando unos hot-dogs a las cuatro de la madrugada en Morelia y que no se resistió al arresto.

A pesar de que se convirtió en el narcotraficante más mediático en la historia de México, los usos y costumbres de Gómez Martínez trataban de emular a la Omertà.

La Omertà es un pacto de honor, un pacto de silencio, basado en la mutua lealtad entre todos lo que la forman. Es un pacto de lealtad y de intercambios mutuos de favores. La Tuta se forjó en su carrera criminal en el entendido que toda organización, grupo, ejército, país o familia se forja con la mutua lealtad de sus integrantes.

En la Italia post Mussolini, en la isla de Sicilia la mafia se organizó en una confederación dedicada a la protección y el ejercicio autónomo de la ley (justicia vigilante) y, más adelante, se dedicó al crimen organizado. Sus miembros se denominaban a sí mismos como mafiosos, cuya etimología siciliana significa: hombres de honor.

Nuestro guía en estas lides, Mario Puzo, retrató en su obra El Siciliano, el modus vivendi de este gremio maldito, pero que por encima de todas las cosas respetaba los acuerdos: “Los jefes de la Mafia, o los ‘amigos de los amigos’ tal como ellos mismos se llamaban, jefes de los pequeños clanes locales de las muchas aldeas de Sicilia, acudían vestidos con sus mejores galas para defender la causa de alumnos que eran hijos o parientes de amigos o de acaudalados terratenientes y que estaban fracasando en sus estudios universitarios y no podían conseguir el título a no ser que se adoptaran enérgicas medidas.

Porque aquellos títulos eran de la mayor importancia.  ¿De qué otro modo se hubieran podido librar las familias de los hijos que carecían de ambición, talento e inteligencia?  Los padres habrían tenido que mantenerlos toda la vida.  En cambio, con un título, con un trozo de pergamino de la Universidad, aquellos inútiles podían convertirse en profesores, médicos, miembros del Parlamento o, en el peor de los casos, funcionarios de la administración del Estado”.

La mafia italiana consta principalmente de cuatro grandes familias, todas ellas provenientes de las regiones del Sur de Italia: La Cosa Nostra (Sicilia), La Camorra (Campania), La ‘Ndrangheta (Calabria) y La Sacra Corona Unita (Apulia).

La Omertà siciliana tenía un código de honor, titulado “Derechos y deberes”, que se compone de 10 mandamientos:

1- Prohibido prestar dinero directamente a un amigo. Si es necesario hay que hacerlo a través de una tercera persona.

2- No desearás a la mujer del prójimo.

3- Prohibida cualquier tipo de relación con la policía.

4- El verdadero hombre de honor no se dejará ver por bares y círculos sociales.

5- Estar disponible en cualquier momento, incluso si la mujer está a punto de parir.

6- Una puntualidad y respeto de manera categórica.

7- Respeto a la esposa.

8- Decir la verdad a cualquier pregunta y en cualquier situación.

9- A pesar de que se puede matar, extorsionar y traficar nunca se podrá robar el dinero a otras personas o a miembros de otras familias.

10- Este mandamiento contiene las normas que debe cumplir una persona para poder ser uno de los “amigos de los amigos”. No podrá tener ningún familiar en la policía, haber traicionado sentimentalmente a su mujer o carecer de valores éticos y morales.

La Omertà que trató de implementar La Tuta a la michoacana, sólo rescató la cadena de favores que se pudiera lograr con las clases poderosas del estado: los políticos y los empresarios.

Se transformó de un terrateniente regional, a dar un salto cualitativo en cuanto al poder de marcar la agenda pública y criminal de Michoacán. De un ocurrente vocero del crimen organizado, cuando se comunicó en el 2009 a Voz y Solución, a un estratega comunicacional, Servando Gómez Martínez entendió los mecanismos actuales de poder masificar la imagen corruptora del narcotráfico.

Y utilizó (y hasta se asesoró) las estrategias más eficaces para masificar su imagen y sus mensajes: No ha necesitado pautar un minuto en medios para plagarlos con la información deseada. Ha convencido a los proclives y confundido, a los reacios. Se prestó al escándalo, al escarnio público y se transformó en la escenografía de la corrupción.

Y por su estudio de grabación pasaron casi todos: Jesús Reyna, José Martínez Pasalagua, decenas de alcaldes, Rodrigo Vallejo, empresarios, líderes sociales.

La Tuta entendió bien uno de los papeles de Vito Corleone: asumirse como el impartidor popular de justicia, y dictó muertes al por mayor. Pero también fungió de albacea y notario público, repartiendo herencias y propiedades.

Su campaña de posicionamiento contó con tres elementos clave: información, relaciones y dinero.

La Tuta era el lobby de los Caballeros Templarios, su mercadólogo y publirrelacionista: en sus guaridas se pactaron triunfos electorales y reparto de posiciones; tráfico de influencias; se apoderó de ranchos, propiedades, casas, así como de vidas, de muchas vidas.

Como nadie, Servando Gómez sabía leer el timming político, el impacto mediático, el poder de la filtración, la aplicación del poder coercitivo de la muerte y la violencia y muy a la siciliana: los “besos” a la clase política para minar la legitimidad del Estado.

Obviamente la Tuta es la personificación del poder corruptor del narcotráfico, pero también habrá que decir que los corrompidos no siempre se entregaban a la fuerza.

La Tuta no se asemeja en nada a Salvatore Giuliano, ese Robin Hood siciliano que se rebeló a la dictadura del fascismo de Mussolini, y que utilizó el crimen para lograr un equilibrio social entre la opulencia y la pobreza. Servando Gómez quitó más vidas de pobres y marginados que de ricos. Pero entendió muy bien que la mafia no sólo es guerra, sino que necesita pactos para sobrevivir.

Ryszard Kapuscinski dijo en una entrevista que las guerras siempre empiezan mucho antes de que se oiga el primer disparo, “comienzan con un cambio del vocabulario en los medios”. La Tuta entendió muy bien esos preceptos.

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