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Las mujeres, las madres y el día de las madres

Las mujeres, las madres y el día de las madres

Rosario Herrera Guido

Si quieren saber más sobre la feminidad,
consulten sus propias experiencias de la vida,
o diríjanse a los poetas,
o bien esperen a que la ciencia pueda darles
una explicación más profunda y convincente.

Sigmund Freud, Sobre la sexualidad femenina (1931).

Para Sigmund Freud, el médico y pensador vienés, quien considera descubrir el inconsciente e inventar el discurso del psicoanálisis, la diferencia sexual consiste en la idea de que existen características psíquicas que pueden denominarse «masculinas» y otras «femeninas». Sin embargo, Freud se niega a definir los términos masculino y femenino; a cambio, sostiene que la teoría psicoanalítica puede recurrir a ellos pero no elucidar su diferencia.

El rasgo fundamental de la oposición entre estos dos términos, masculino y femenino, se debe a que no funcionan de manera simétrica. En torno a la masculinidad, Freud afirma que hay sólo una libido (energía psíquica) que es masculina, y que el desarrollo psíquico de la niña, al principio, idéntico al del varón, que logra diferenciarse posteriormente. Pero la feminidad es lo que diverge del paradigma masculino, que el mismo Freud la considera como una región misteriosa, inexplorada, un «continente negro».

A Freud le preocupa el «enigma de la naturaleza de la “feminidad». (Freud, “Conferencia 33”, Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis, Amorrortu, 1933, t. XXII, p. 113), que lo impulsa a hacerse la célebre pregunta: ¿Qué quiere la mujer? La masculinidad para Freud es algo evidente; la feminidad un misterio: «El psicoanálisis no trata de describir qué es una mujer (tarea que difícilmente se podría realizar), sino que indaga cómo llega a ser mujer, como se desarrolla una mujer a partir de un niño con una disposición bisexual» (Freud, “Conferencia 33”, Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis, Amorrortu, 1933, t. XXII, p. 116).

Jacques Lacan, el psicoanalista y pensador francés, no habla mucho de la función de la madre. Pero en los años cincuenta, en compañía del antropólogo y pensador francés Claude Lévi-Strauss, advierte: «En el orden real, las mujeres sirven […] como objetos para los intercambios requeridos por las estructuras elementales del parentesco». Y que el solo hecho de que la mujer es empujada a la posición de un objeto de intercambio sexual, dificulta su posición femenina: «Para ella, hay algo insuperable, digamos inaceptable, en el hecho de estar ubicada en la posición de un objeto en el orden simbólico, al cual, por otro lado, ella está enteramente sometida, no menos que el hombre». (Lacan, El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica, Paidós, 1983, p. 262). Estar en esta posición de objeto de intercambio significa que la mujer «tiene una relación de segundo grado con éste orden simbólico». (Lacan, La relación de objeto, Paidós, 1994, pp. 95-96).

Y es que para el psicoanálisis, el término «mujer» no designa ninguna esencia biológica sino una posición en el orden simbólico, en el orden del lenguaje: la posición femenina. Además, Lacan sostiene que «no hay ninguna simbolización del sexo de la mujer», ya que no hay ningún equivalente femenino del símbolo que constituye el falo (Lacan, Las psicosis, Paidós, 1984). Pero desde 1976, esta asimetría simbólica obliga a la mujer a tomar la misma ruta que el varón para atravesar el llamado conflicto de Edipo: identificarse con el padre, algo más complejo para ella, ya que requiere la identificación con la imagen de un miembro del otro sexo (Lacan, Las psicosis, p. 176).

Lacan, sobre la cuestión de la feminidad, en el ensayo «Ideas directivas para un congreso sobre la sexualidad femenina» (Lacan, Escritos 2, Siglo XXI, 1984), observa los atolladeros que han causado las discusiones psicoanalíticas sobre la sexualidad femenina, y dice que la mujer es el Otro, con mayúscula, la diferencia radical, tanto para los hombres como para las mujeres: la mujer se convierte en ese Otro, para ella misma y para él (Lacan, Escritos 2, Siglo XXI, 1984).

El aporte más importante de Lacan al debate sobre la feminidad es tardío en su obra y enseñanza, como en Freud. En su seminario Aun (1973), postula el concepto del goce femenino que va «más allá del falo» (Lacan, Aun, Paidós, 1981). Un goce que es «del orden del infinito», como en el éxtasis místico (Lacan, Aun, p. 44). Las mujeres pueden experimentar este goce, pero no saben nada sobre él (Lacan, Aun, p. 71).

Cuando Lacan postula su polémica fórmula «La mujer no existe» (Lacan, Aun, 1973), que transforma en «No hay la mujer», lo que cuestiona no es el sustantivo «mujer», sino el artículo definido que lo acompaña (“La”), que indica universalidad, una característica de la que la mujer carece, pues las mujeres «no se prestan a la generalización, ni siquiera a la generalización falo-céntrica (Lacan, 1975). Por ello, para Lacan, la mujer como «no toda» (Lacan, Aun, p. 13). A diferencia de la masculinidad que es una función universal fundada en la excepción fálica, la mujer es un no-universal que no admite ninguna excepción. Por ello, la mujer es comparada con la verdad, puesto que comparte con ella la lógica del no-todo (no hay todas las mujeres; es imposible decir «toda la verdad» (Lacan, 1973). Y en 1975 Lacan dice que «una mujer es un síntoma» del hombre (Lacan, 1984). Una mujer es el síntoma del hombre, porque sólo puede entrar en la economía simbólica de los hombres como un objeto fantasmático, como causa del deseo: a saber, como madre.

En el complejo de Edipo, conflicto primordial en la teoría psicoanalítica, la madre es el primer objeto amoroso del niño o niña. Sólo la intervención del padre, a través de la amenaza de separar al niño de la madre, conduce a renunciar a la madre como objeto amoroso y dar paso a la ternura. La concepción de la madre como algo que tragará el niño y devorará al niño, es un tema constante en Lacan (Lacan, La relación de objeto, p. 195). Para Lacan el niño tiene que desprenderse de la relación imaginaria con la madre para entrar en la cultura: orden de la ley, pues si no logra hacerlo, las consecuencias son muchas, como la fobia o la perversión. Donde el agente que ayuda al niño a superar el apego primario a la madre, es el padre (nombre del padre, según Lacan), si no fracasa la función paterna: separar y diferenciar al niño de la madre. Para Lacan, el énfasis que Freud le daba a la relación madre-hijo (prototipo de un orden imaginario), es desplazado por el rol del padre (prototipo del orden simbólico y de la ley de la cultura que prohíbe el incesto, introduce la ley del leguaje que es la gramática, regula las relaciones de parentesco, implanta la diferencia de los sexos y prohíbe el parricidio y por extensión el asesinato y el canibalismo.

Cuando la niña sabe que es diferente al niño, vive a nivel su fantasía que algo valioso se le escapa e intenta compensar esta falta teniendo un hijo, como sustituto simbólico del pene que imaginariamente cree que le ha sido negado, que explica la fantasía desplegada en el juego con la muñeca (Freud, 1924).
Sin embargo, Lacan subraya que este sustituto nunca satisface a la madre, pues su deseo de tener algo que le falta persiste después de tener el hijo. Y el niño también pronto comprende que no satisface el deseo de la madre, pues está más allá, por lo que trata de elaborar una respuesta a la pregunta ¿que quieres de mi?. Y la respuesta que el niño encuentra es que la madre desea el falo imaginario y se identifica con él. Y en este juego de «ser o no ser el falo», el niño está a merced del deseo de la madre (Lacan, La relación de objeto, p. 169). Hasta que se registran las presiones sexuales (como la masturbación), se introduce un elemento de lo real en el juego imaginario y la omnipotencia de la madre comienza a provocar angustia en el hijo, que se manifiesta en la fantasía de ser devorado por la madre, y que sólo la resuelve la intervención del padre simbólico, el nombre del padre, que rescata al niño del deseo de la madre.

Pero es necesario distinguir a la madre real, imaginaria y simbólica. La madre real es la que satisface las necesidades primarias del niño, que le hacen depender de ella para escapar del desamparo. La madre es simbólica, como nombre de la madre, sólo cuando frustra el pedido del infante, cuando no responde a todas las demandas del niño e introduce la dimensión lo que falta: el deseo. La madre que le interesa a la teoría psicoanalítica es la madre simbólica, la madre en su papel de Otro con mayúscula, la madre que introduce al niño en el lenguaje, al interpretar los gritos de la criatura e interpretar su sentido (puntuación). Una presencia de la madre que atestigua su amor, a través de sus palabras de amor, aunque ya no traiga ningún objeto real para satisfacer al niño. La madre se manifiesta en el orden imaginario a través de las fantasías: la madre devoradora que cristaliza la angustia, la bruja, pero también la maternal: completa y omnipotente.

El día de la madre existe desde los años veinte, en el siglo pasado, bajo el supuesto de los derechos de las mujeres, pero en realidad viene a contrarrestar los postulados y planteamientos de los movimientos feministas. Pues es evidente que sólo sirve para enaltecer el rol reproductor y materno de las mujeres, que promueve el consumo capitalista y ahora neoliberal, sobre todo de mercancías que en lugar de exaltar la maternidad en su sentido más sublime, la reducen a la más devaluada visión de la madre como esclava y en el mejor de los casos empleada doméstica (y hasta lavadora de cuatro patas; Fox). Los restaurantes, empresas de telefonía, florerías, centros comerciales, hacen del 10 de mayo uno de los días más consagrados al consumo. Sobre la base de la explotación de un supuesto sentimentalismo, quizá complejo de culpa, la madre se convierte en pretexto para comprar, consumir y adquirir productos y servicios, para festejar a la que es vista limitadamente como progenitora, protectora y nutricia (como los guisos de mi mamá, ni los hechos por los mismos ángeles).

Frente a la imagen de la mujer como incubadora y nutricia, en los últimos años, no como una generosa concesión, sino como fruto de la lucha dada por las mujeres, se logró instituir el Día Internacional de la Mujer el 8 de marzo. No obstante, las cifras oficiales dejan ver la manera en la que día con día aumenta el número de hogares que son encabezados por mujeres, que no sólo se entregan a la crianza y educación de sus hijos, sino que salen, obligadas por las circunstancias, al mercado laboral, donde padecen de bajos sueldos, por debajo de los que son pagados a los hombres, sufren de acoso sexual, discriminación, competencia profesional, entre otras tantas humillaciones de la “sociedad democrática».

Pasados los festivales escolares y las comidas del 10 de mayo, en su mayoría preparadas por las mismas madres, el día de las madres (más de la sexta parte de la fuerza de trabajo en México), regresa a la complicada labor de brindar los mínimos ingresos al hogar, al tiempo de salir a trabajar y equilibrar la vida afectiva de su prole y su compañero, si lo tiene, con el permanente acoso directo a sus bolsillos. A lo que se suma que el cuidado de los hijos no es todavía una actividad productiva a la que se le reconozca una remuneración y que los servicios estatales y privados dedicados al cuidado infantil son insuficientes, inadecuados y hasta hornos crematorios como la guardería ABC. Así tan sólo una mínima parte de la Agenda Pendiente que el Estado tiene con las madres, para concederle un rostro digno a la maternidad en México.

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