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Latinoamérica estalla contra el capitalismo neoliberal

David Pavón-Cuéllar

Estamos inundando las calles de América Latina. Estamos recobrando nuestros espacios usurpados por las operaciones del capital, entre ellas el transporte de sus recursos, de sus mercancías, de sus trabajadores y consumidores. La muda circulación vehicular cede su lugar a nuestro desbordamiento expresivo de pancartas, consignas y discursos.

Nuestra voz y nuestro aliento reemplazan las exhalaciones tóxicas de los automóviles. Irrumpimos en el funcionamiento normal del sistema capitalista neoliberal por el que son devoradas nuestra vida y la de todo lo demás. Demostramos así que podemos interrumpir, aunque sea por un momento, ese fin del mundo consistente en consumir todo lo vivo para defecar más y más dinero muerto.

Es contra el vampiro del capital, contra ese inmenso cadáver que vive al absorber nuestra sangre, contra el que estamos luchando en Latinoamérica. Lo sabemos o lo intuimos al sublevarnos ante esas pequeñas medidas gubernamentales que nos han permitido vislumbrar todo lo que está en juego. Es todo el sistema capitalista, en efecto, el que se ha delatado en las chispas con las que se han provocado nuestros estallidos populares.

La eliminación del subsidio a la gasolina en Ecuador, con sus inevitables efectos de inflación y miseria, viene a confirmar que el dinero es más importante que la gente para quien gobierna en favor del capital y en perjuicio de todo lo demás. Lo mismo se confirma con el alza del precio del metro en Chile, con el recorte presupuestario para las universidades en Costa Rica y con el desvío de recursos públicos a las universidades privadas en la reforma constitucional de Panamá. Sin embargo, en todos los casos, no se trata sino de gotas que derraman vasos en los que ya se acumulaban demasiados agravios del sistema capitalista contra los pueblos de América Latina.

En Panamá nos levantamos contra cuarenta años de capitalismo neoliberal con sus efectos de agudización de la desigualdad, ruina del sector agropecuario, déficit de soberanía y subordinación de la economía nacional a las multinacionales y al sector financiero. En Costa Rica protestamos contra el mismo capital por el que los neoliberales han ido reduciendo el gasto público, recortando salarios, provocando pobreza y desempleo, erosionando las instituciones, favoreciendo la concentración de la riqueza y así poco a poco minando el bienestar social distintivamente costarricense. En Ecuador nos movilizamos contra un gobierno que nos traicionó al someternos una vez más al sistema capitalista globalizado, anulando las anteriores políticas redistributivas, restaurando el neoliberalismo, restableciendo el poder supremo de los mercados, alineándose con la política estadounidense y reconciliándose con la oligarquía, los patrones y la derecha.

En Chile nos rebelamos contra el capitalismo neoliberal que sólo pudo imponerse al asesinarnos, desaparecernos y torturarnos por decenas de miles con el golpe de estado contra Salvador Allende y con la dictadura militar de Augusto Pinochet. El pinochetismo contra el que seguimos luchando en tierras chilenas es el otro nombre del neoliberalismo con el que se ha desatado al capital para que pueda libremente entregarse a sus desmanes: vaciar nuestros yacimientos de cobre y litio, saquear nuestras demás riquezas, explotar el trabajo de nuestros mineros, poseer y rentabilizar el agua como una mercancía más, evadir impuestos en paraísos fiscales, privatizar todas las esferas de nuestras existencias, comprar y vender los derechos a la salud y la educación, endeudar a estudiantes y enfermos, pagar salarios miserables en relación con el costo de la vida, lucrar sin escrúpulos con las Administradoras de Fondos de Pensiones y provocar el alza del precio del metro para nutrir las inversiones privadas en transporte urbano. Tantas violencias le dan la razón al presidente chileno Sebastián Piñera cuando confiesa, como en un lapsus, que “estamos en guerra”: desde luego que hay una guerra devastadora del capital contra el pueblo, pero no es una guerra que acaba de estallar, sino una que dura desde 1973.

El régimen de Piñera en Chile ha procedido como los de Lenín Moreno en Ecuador, Laurentino Cortizo en Panamá y Carlos Alvarado en Costa Rica. Estos gobiernos contra los que protestamos, al ser perfectamente neoliberales, están enteramente subordinados al capitalismo. Los cuatro han dejado claro que están dispuestos a sacrificarnos a la voraz hidra capitalista con sus múltiples cabezas, entre ellas las del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.

Rechazando las medidas económicas de los gobiernos ecuatoriano, chileno, costarricense y panameño, estamos sublevándonos contra expresiones claras del Consenso de Washington, de la doctrina de Mario Vargas Llosa, del pensamiento único, de la despiadada lógica neoliberal que sacrifica nuestras vidas en favor del capital. Nuestra sublevación es anticapitalista. El anticapitalismo nos ha inspirado asimismo de algún modo, no sólo al hacernos votar por Evo Morales en Bolivia y por Alberto Fernández en Argentina, sino también al movilizarnos en Tegucigalpa contra el narcotráfico de la familia del presidente hondureño, en Bogotá contra la corrupción de las universidades nacionales colombianas y en Puerto Príncipe contra el robo del dinero de Petrocaribe por el gobierno haitiano de Jovenel Moise. Los corruptos, narcotraficantes y ladrones de cuello blanco, al igual que los gobernantes que nos despojan de lo que entregan a banqueros y empresarios, están obedeciendo el mismo imperativo del capital que nos ordena concentrarlo y acumularlo al enriquecernos y al anteponerlo a todo lo demás.

Es la misma voracidad capitalista la que ha motivado la corrupción en Colombia y Haití, el narcogobierno en Honduras y el neoliberalismo en Panamá, Costa Rica, Ecuador y Chile. Todo aquello contra lo que nos estamos rebelando ahora mismo en Latinoamérica deriva directa o indirectamente del capitalismo. Es también por defender los intereses del capital por lo que se han reprimido con tanta dureza nuestras movilizaciones.

Además de las muertes, al menos 5 en Ecuador, 23 en Chile y 42 en Haití, están los centenares de casos de torturas, desapariciones, violaciones sexuales y otros crímenes graves perpetrados por los policías, los militares y otras fuerzas de seguridad. Toda esta brutalidad gubernamental nos descubre la violencia intrínseca del capital, aquella que lo hace devorar nuestra vida y la del mundo, la misma violencia que no deja de operar de modo estructural, invisible y cotidiano, a través del hambre y la miseria, la injusticia y la desigualdad, la opresión y la explotación, y las demás condiciones violentas por las que se ven laceradas las sociedades latinoamericanas. Así como la tendencia del capital a corromperlo todo se nos revela con la corrupción en Colombia y en Haití, así también su propensión a destruir nuestra vida se pone de manifiesto en los comportamientos asesinos de los carabineros chilenos.

Los hechos históricos puntuales no dejan de ser expresiones literales de la contradicción entre el capitalismo y todo lo demás, entre nuestro enemigo y nosotros, entre el vampiro y sus víctimas, entre lo muerto y lo vivo. No es que todo pueda reducirse a esta contradicción principal, sino que esta contradicción y la resultante lucha de clases atraviesan y desgarran todo lo que existe dentro de nuestro mundo, todo, incluyéndonos a cada uno de nosotros. Cada uno debe separarse de sí mismo, ser o no ser nosotros y tomar partido en contra o a favor de lo que nos está destruyendo a todos y a todo lo que nos rodea.

El fin del mundo es todo lo que nos depara el capitalismo. Somos anticapitalistas al querer preservarnos y preservar nuestro entorno. Quienes mejor parecen haber comprendido esto, al menos entre nosotros en Latinoamérica, son los pueblos indígenas insurrectos. Ya perdieron un mundo en el momento colonial de acumulación originaria y de sangriento nacimiento del capital. Después han sobrevivido a cinco siglos de cataclismo capitalista colonial y neocolonial. Saben muy bien lo que el capital significa. Es por eso que han actuado y que siguen actuando en consecuencia en Ecuador, Bolivia, Chile, Chiapas y tantos otros lugares.

Es mucho lo que les debemos a los indígenas. Es por ellos, por ser también ellos, que somos latinoamericanos y que podemos resistir como lo hacemos contra un capitalismo que no deja de ser herencia colonial europea. Nuestro combate anticapitalista será indígena o no será.

Luchar contra el capital nos exige también luchar por los derechos de los indígenas y contra un racismo que prevalece, como por casualidad, entre los más entusiastas defensores del capital. Estos mismos suelen ser también particularmente propensos a la añoranza de la colonia y de las dictaduras, al machismo y al sexismo, a la homofobia y a la reivindicación del heteropatriarcado, al especismo y al antropocentrismo, al ecocidio y al negacionismo ante el cambio climático. Tienden a ser así todo lo encarnado por el brasileño Jair Bolsonaro y por los demás exponentes de la nueva ultraderecha latinoamericana: todo lo contrario de lo que somos.

¿Qué somos? Veámonos en el espejo de las recientes protestas con la avalancha de quechuas precipitándose desde los Andes hasta Quito, los rostros negros de obreros y campesinos encolerizados en Puerto Príncipe, las mujeres chilenas en las primeras filas de las manifestaciones en Santiago, los colectivos feministas y LGBT marchando en las calles de la Ciudad de Panamá. El pueblo multicolor y variopinto es testimonio vivo de que nuestro anticapitalismo se ha profundizado y radicalizado al desnormalizarse, descolonizarse, indigenizarse, feminizarse y aliarse con la tierra, contraponiéndose así a los aspectos coloniales, europeos, heteropatriarcales y ecocidas inherentes al sistema capitalista.

La polarización resulta inevitable. No hay reconciliación posible ni deseable. ¿Cómo reconciliarnos con lo que nos amenaza y nos aniquila? ¿Cómo seguir cediendo ante un capitalismo neoliberal y ahora neofascista que sólo se interesa en acabar lucrativamente con lo que somos?

Es contra nuestra propia destrucción que nos hemos levantado en varios países exactamente al mismo tiempo, como si lo hubiéramos planeado, como si estuviéramos secretamente organizados, como si hubiera efectivamente una conspiración correísta y castrochavista en la región. Quizás, después de todo, este delirio conspiracionista esté presintiendo algo verdadero. Es verdad que somos nosotros, que estamos unidos e internamente conectados, no como emisarios de Rafael Correa o de Nicolás Maduro, sino simplemente como latinoamericanos, como hermanos con su corazón en la misma tierra, como descendientes de quinientos años de lucha y resistencia.

 

 

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