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Los niños in-visibles Michoacán

César Vázquez / @LetraMia

Morelia, Michoacán.-Son los hijos de indígenas y de campesinos, familias que viven en la miseria más deplorable, por ello tienen la necesidad de poner a trabajar a sus hijos, a pesar de que son conscientes de los riesgos, no tienen otra alternativa.

No buscan intencionalmente explotar a sus hijos, pero el ingreso que llegan a obtener los hijos de las familias jornaleras, es un pequeño aliciente, un respiro, un pequeño margen de ahorro para las familias indígenas que se alimentan de tortillas, chile y sal.

De acuerdo a Clara Ochoa, directora del Consejo Estatal de Población (Coespo), poner a laborar a los hijos de incluso cinco o seis años, es una salida para generar un poco más de ingreso cuando no alcanza con lo que generan los padres; la familia es consciente de los riesgos para esos niños, pero no tienen otra salida.

Ese pequeño ahorro que logran generar las pequeñas manitas en temporadas de cosecha, luego es destinado a la supervivencia los días que no hay trabajo, o se destina a pagar deudas, incluso el traslado de regreso a su casa desde el lugar donde laboraron cosechando frutas o verduras.

En un estudio reciente sobre el trabajo infantil en el campo de México, la Unicef detalló que 44.9 por ciento de las familias jornaleras en las que está presente el trabajo de niños son indígenas, por lo que la migración supone para ellos un cambio radical en sus costumbres, cultura e idioma.

Según información de la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol), en México existen dos millones 40 mil 414 trabajadores agrícolas, quienes junto con sus familias suman más de nueve millones de mexicanos, y se estima que 727 mil niños y adolescentes jornaleros trabajan en el agro.

De acuerdo a registros del Coespo, todos los jornaleros de Michoacán son familias en extrema pobreza, llegando incluso a necesitar del trabajo infantil para subsistir cuando se contrata a este sector, en estas poblaciones que son la imagen propagandística del gobierno y políticas públicas, no se puede sobrevivir sólo con el esfuerzo del padre y la madre.

Pero el riesgo para estos niños está enlazado también en otras situaciones de marginación y aislamiento social, no sólo es el riesgo por trabajar con agroquímicos, labrar bajo los inclementes rayos del sol, con bajos salarios, vivir en casas con techos de plástico que están debajo de los árboles, es también que hoy tienen trabajo y mañana no tienen ni para comer frijoles de agua y sal, es cuando quedan desesperanzados, porque no tienen siquiera casas propias ni otra actividad que les permita sobrevivir.

En los estudios que se han aplicado en Michoacán, los padres jornaleros indígenas siempre manifiestan que sí son conscientes del daño que se les puede generar a sus hijos, pero se concluye que no se les pone a trabajar por maldad, sino por pobreza, porque este es un círculo del que nunca han podido escapar.

Por sus condiciones de miseria no alcanzan educación, no pueden asistir a una escuela porque viajan de campo en campo, y aunque hay escuelas migrantes, sus jornadas diarias deben dividirlas entre la cosecha y la escuela si es que quieren estudiar.

Otros indígenas no tienen educación y está relación con la falta de recursos, no los pueden mandar a clase porque los lugares a donde los mandan están a dos o tres kilómetros donde los niños y las niñas tienen que caminar en cualquier temporada del año.

“Además no hay comida suficiente para ellos, no hay para hacer un lonche o darles para comprar el gansitos y un refresco, viven anclados en un ámbito de pobreza”, señaló Clara Ochoa.

Ese trabajo de los infantes indígenas también daña el desarrollo físico, se atrofian sus órganos y se atrofia su desarrollo emocional porque siempre está con adultos, ahí está la broma que los hace menos, o el trabajo físico que no pueden hacer, es un mundo de ignorancia en el que está toda esta gente.

Incluso, hay patrones campesinos, que conocen la crudeza de esta realidad, motivo por el que más abusan y explotan a los jornaleros indígenas, se han dado casos en los que incluso los tratan como esclavos, apenas pagándoles 300 pesos semanales para impedir que escapen de sus parcelas agrícolas y de las garras de la miseria.

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