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Michoacán y la cultura de la violencia; Sobre el atropellamiento a normalistas

Michoacán y la cultura de la violencia; Sobre el atropellamiento a normalistas

Antonio Aguilera / @gaaelico

Morelia, Michoacán.- Los mexicanos vivimos en una de las regiones del globo con mayor incidencia de casos de violencia. América Latina es la región con la tasa de homicidios promedio por habitante más alta del mundo, y es junto a África y Medio Oriente, las regiones más violentas del planeta.

En el caso de nuestro hemisferio, con un promedio de 27.5 homicidios por cada 100.000 mil habitantes, cuenta también con unas tasas muy elevadas de violencia doméstica. Esta violencia, que aumentó notablemente en las últimas décadas, tiene elevados costos económicos y sociales.

La violencia acarrea costos directos —el valor de los bienes y los servicios usados en la prevención de la violencia, el tratamiento a sus víctimas y la captura y castigo a sus perpetradores— e indirectos, que incluyen impactos en salud, impactos económicos, e impactos sociales.

La violencia es, junto al desempleo, la corrupción, la pobreza y los bajos ingresos, una de las mayores preocupaciones de los ciudadanos en América Latina en este nuevo siglo, según las encuestas de opinión pública.

Las estimaciones comparables más recientes indican que América Latina y el Caribe (incluye 32 países) es la región con la mayor tasa de homicidios promedio por habitante: 27,5 homicidios por cada 100.000 habitantes; le sigue África con 22,2 homicidios, mientras el promedio mundial es de 8,8 homicidios por cada 100.000 habitantes.

Sin embargo, si a los homicidios se le suma la mortalidad estimada a consecuencia de guerras y de suicidios, entonces América Latina se sitúa debajo del promedio mundial.

La región también muestra tasas muy altas de violencia que se producen en el ámbito privado del hogar. Datos de 15 países muestran que entre 7 y 69% de mujeres adultas con pareja, dicen haber sufrido abusos físicos en algún momento de su relación.

Estos datos confirman que en América Latina prevalece la violencia interpersonal, caracterizada por los homicidios, y no la violencia autodirigida (suicidios) o la violencia colectiva (guerras, terrorismo).

La incidencia de esta violencia interpersonal aumentó considerablemente entre mediados de la década de los ochenta y mediados de la década de los noventa; la tasa de homicidios promedio en la región se elevó en más de un 80%.
El incremento notable de la tasas de violencia en la décadas recientes se ha atribuido sobre todos a factores que operan a nivel macro, de la sociedad, incluyendo la alta proporción de jóvenes en la población el grupo de edad más dispuesto a ser agresor y víctima a la vez.

Además al aumento en la desigualdad, que está altamente correlacionada con la violencia; el notable crecimiento de los mercados de armas y drogas asociados con la globalización y el crimen organizado; y las secuelas de los conflictos civiles.

No obstante, existe además evidencia de que la violencia genera más violencia debido a una cierta inercia. Todo tipo de violencia acarrea altos costos económicos y sociales porque frena el desarrollo.

En el plano microeconómico, reduce la formación de capital humano porque induce a algunos individuos a desarrollar habilidades criminales, en vez de educativas; también disuade a algunas personas a estudiar de noche por miedo al crimen violento.

En el plano macroeconómico, reduce la inversión extranjera y la nacional; también puede reducir el ahorro nacional si la gente tiene menos confianza en las posibilidades de crecimiento futuro del país.

En Michoacán, en la última década se ha impuesto una cultura de la violencia muy marcada en todos los ámbitos y en todos los aspectos de la conducta humana. Esta tendencia a violentar las relaciones humanas, ha permeado en todos los aspectos, desde el familiar, el educativo, el político, lo social y lo económico.

La imposición de un nuevo esquema de relaciones sociales y ciudadanas a partir de la injerencia del crimen organizado y su connivencia con las esferas políticas, económicas y sociales, ha impuesto a los michoacanos un nuevo ambiente,
direccionado a partir de las expresiones violentas en todos sus ámbitos.

Desde los narco corridos que hablan de los michoacanos como personas violentas, hasta la imposición unilateral de políticas públicas y la aplicación coercitiva del uso de la fuerza bajo los intereses de quién esté al frente del gobierno, hasta los conflictos intrafamiliares, y la explosión de la violencia y la inseguridad por parte del crimen organizado, que mantiene a los michoacanos atados a una vorágine de expresiones y manifestaciones violentas.

Los hechos recientes en donde el conductor de una camioneta provocó y fue agredido por estudiantes normalistas, para después arrollar con su unidad a varios de ellos, hiriendo por lo menos a 12 y dejando una joven en estado de coma, es la síntesis de la cultura de la violencia en la que estamos inmersos los michoacanos: fue violenta la acción del conductor, y fue respondida con más violencia de parte de los estudiantes, lo que provocó una reacción de violencia de parte del automovilista, quien decidió atropellar a mansalva a los estudiantes.

Pero esta espiral no se detuvo aquí, ya que perversamente incitados por los comentarios de varios periodistas y comentaristas, así como de funcionarios estatales, se desató una vorágine de expresiones violentas en las redes sociales, que iban desde la justificación y un franco apoyo al conductor que atropelló a los estudiantes, hasta expresiones de odio, intolerancia y tentaciones homicidas de los usuarios de las redes sociales.

Esta manifestación es el ejemplo de la derrota de la educación, de la cultura, de la política, de la ética y hasta de la instrucción religiosa.

Pero no nos podemos conformar con saber que ha triunfado la cultura de la violencia. En varias regiones del mundo existe una creciente y rica gama de acciones destinadas a combatir la violencia, pero la base empírica para saber qué funciona es muy débil.

En el área de la prevención, las acciones más costo-efectivas incluyen programas municipales integrados de seguridad ciudadana; inversión en los jóvenes y en desarrollo infantil temprano; control de ventas de armas, alcohol y drogas; y prevención situacional.

A pesar de la múltiple causalidad de la violencia, hay que promover programas de prevención puntuales, de corto plazo, que están dirigidos a objetivos específicos, y cuyos resultados pueden cuantificarse.

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