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Ocaranza, el poeta temido por el Gobierno

Ocaranza, el poeta temido por el Gobierno

Era la tarde del 8 de octubre de 1966, el poeta estaba postrado en una cama, con las rodillas hinchadas y sin poder moverse, aún en esas condiciones el gobernador Agustín Arriaga Rivera desplegó un fuerte operativo para apresarlo; la ciudad de Morelia estaba sitiada por elementos del Ejército Mexicano que llegaron desde diferentes estados de la República Mexicana.

Estas son algunas de las memorias de Citlali Martínez Cervantes, hija mayor de Ramón Martínez Ocaranza y Ofelia Cervantes Villalón.

“Mis padres siempre fueron luchadores sociales y militantes, primero del Partido de la Juventud y luego del Partido Comunista. Participaron solidariamente con otros pueblos en lucha, entre ellos la República Española”.

En la década de los 60 hubo dos movimientos universitarios, uno en 1963 y otro en 1966. Los dos se dieron durante el gobierno de Agustín Arriaga Rivera, un personaje con ideales de derecha que llegó con la consigna de acabar con el cardenismo y la Universidad Popular.

Unos años antes, en 1960, se había decretado una Nueva Ley Orgánica para la Universidad Michoacana, en ella se decidía que el tipo de educación que se ofrecería, esta sería científica y popular, basada en los idealismos del materialismo histórico, por lo que se buscó a una persona que fuera capaz de adoptar estos principios.

Estos requisitos los cumplía un filósofo de la ciencia, partidario de la izquierda. Aquí jugó un papel importante un grupo de maestros pertenecientes al Partido Popular Socialista (PPS) que se agregaron a la campaña para traer a De Gortari desde la UNAM, y terminaron formando parte de su equipo más cercano.

El nuevo rector empezó a hacer muchos cambios en la Universidad. Pero pronto entró en choque con el Gobierno del Estado, al que no le parecía lo que estaba haciendo.

También tenía en contra a la derecha, que en ese momento era representada por la Unión Nacional Sinarquista (que ya no existe) y la iglesia con el arzobispo de Zamora, que hacían un llamado a sacar de la universidad al rector comunista.

Aunque Elí de Gortari era un gran académico, al igual que algunos de sus colaboradores, dieron algunos tropiezos que comenzaron a gestar un movimiento social.

En respuesta a las exigencias de los conservadores y la iglesia, Elí de Gortari expulsó a muchos maestros de la Universidad que estaban en contra de sus propuestas, sobre todo de Ingeniería y Medicina; esto desató un el movimiento que creció muy rápido, porque por un lado estaba la reacción de la iglesia, por otro la postura del gobierno, y por otro todos los expulsados.

“Hubo un gran choque, todos los maestros que estaban en contra del rector se apoderaron del Colegio San Nicolás, hasta donde luego llegó la gente que apoyaba al rector, sobre todo moradores de las casas del estudiante, allí se desató un enfrentamiento con resorteras y piedras, pero rescatamos el Colegio de San Nicolás. Esto fue en febrero del 63”, narra la hija del poeta.

A partir de ese momento se montaron guardias en las azoteas del Colegio de San Nicolás y en la Escuela Popular de Bellas Artes, que se localizan en la misma manzana, en el centro de la ciudad.

“Toda la familia participamos en este movimiento, pero el 15 de marzo por la mañana nos encontramos con que el Gobierno del Estado, a través del Congreso, había derogado la ley orgánica del 61, con la que destituyó a de Gortari, y se creó por primera vez la Junta de Gobierno en la Universidad; el Colegio de San Nicolás amaneció sitiado por el Ejército”.

Cuando el resto de los moradores de las casas de estudiante se enteraron de lo que ocurría se dirigieron al Colegio para apoyar a sus camaradas, pero los detuvieron con gases lacrimógenos.

“En aquella época nosotros vivíamos por la Madero, cerca de La Merced, como pude llegué hasta allí para avisar a mis papás lo que estaba ocurriendo; mi mamá me dio vinagre y una sábana que desgarró para ofrecerles a los estudiantes como una forma de cubrirse de los gases”.

“Cuando de nuevo regresé al Colegio, en un momento se soltó una balacera, había ráfagas de armas por todas partes, disparaban desde el hotel Alameda, del hotel Virrey de Mendoza y desde el teatro Ocampo; le disparaban a los estudiantes que estaban en las azoteas del Colegio de San Nicolás y en la Escuela de Bellas Artes”.

El único acceso para llegar a las azoteas era un ducto rectangular muy reducido, los estudiantes habían puesto allí una escalera de madera improvisada que amenazada con destruirse cada vez que la usaban.

Cuando los estudiantes intentaron bajar ya había muchos heridos. Allí murió un alumno, Manuel Oropesa García, a quien bajaron agonizante, dio el último suspiro en el camino al Sanatorio La Luz.

Entre los heridos de gravedad también se encontraba Luis Mejía y Ramón Muñiz, Felix Adame, Augusto Arriaga (que era pariente del propio gobernador), y varios jóvenes más.

El rector fue destituido por el Gobierno del Estado, pero el golpe no fue suficiente para doblegar la identidad humanista de la Universidad; continuó firme durante muchos años. A de Gortari de Gortari (quien más tarde, del 18 de septiembre de 1968al 26 de enero de 1971 fue preso político en la cárcel de Lecumberri) le sucedió también un gran rector, Alberto Bremauntz Martínez.

Una de las grandes aportaciones que había logrado el rector Elí De Gortari, fue la creación de la facultad de altos estudios Melchor Ocampo, donde se impartían las licenciaturas de Historia, Filosofía, Historia, Biología y Fisicomatemáticas. Fue el creador de la Escuela de Zootecnia y Agrobiología en Uruapan.

De Gortari también trajo al profesor José Luis Balcárcel, Juan Brom, Carlos Felix Lugo, al doctor Rafael De Buen, que era un refugiado español. Todos estaban catalogados como maestros de izquierda, por lo que Agustín Arriaga detectó que allí había un nido de comunistas.

Cuando llegó el rector Alberto Bremauntz, sabía que había un ataque directo contra estos maestros de izquierda, incluso los habían apresado, por eso lo primero que hizo fue aceptar la rectoría, sólo bajo la condición de que los liberaran.

Entre estos profesores se encontraba Juan Brom Offenbacher, un judío alemán que llegó huyendo del fascismo de Hitler, maestro en historia, entre sus obras más representativas se encuentra ‘Esbozos de Historia de México’. Desde su llegada a México se incorporó al partido comunista.

Después de su liberación todos los maestros decidieron retirarse voluntariamente de la Facultad de Altos Estudios.

Bremon trajo a otro grupo de maestros del mismo corte político: al guatemalteco Díaz Rozzoto, a Jaime Labastida, Antonio Arreola, Teresa Rode, el puertorriqueño Arturo Meléndez, el yugoslavo Ludobí Coster, entre otros más que continuaron impartiendo sus cátedras en la Facultad de Altos Estudios y en el Colegio de San Nicolás.

Hubo mucha actividad cultural y política durante el periodo de Bremon. Había muchos vínculos con Cuba, donde acababa de triunfar la Revolución socialista. El rector había decidido regalar al pueblo de Cuba una estatuilla de Zapata, creada por el escultor de la escuela Popular de Bellas Artes, Raúl García.

Fueron a Cuba a entregar este obsequio, y luego vinieron cubanos a Morelia, allí comenzó una gran relación cultural, con mucha participación, lo que permitió crear muchos círculos culturales.

“Mi madre y yo estábamos en uno de esos círculos, el llamado Liga Espartaco, recuerdo que también había otro grupo muy activo llamado La Liga Comunista, porque en esa época se estudiaba mucho el marxismo-leninismo”, rememora Citlali Martínez.

Esto sucedía en 1966. Pero en octubre de ese año comenzó el otro movimiento. En ese año Manuel Martínez Ocaranza estaba postrado en cama por una enfermedad, cuidado por su esposa y su familia. Ellos no eran partidarios de lo que se estaba gestando y no participaron del movimiento, según relata la también activista heredera de una gran cultura poética y política.

Era un 2 de octubre, pero de 1966. Se trataba de una marcha de estudiantes que protestaban contra el alza a las tarifas del servicio urbano.

La manifestación fue interceptada por los judiciales, los despojaron del equipo de sonido y lo confinaron en las oficinas de la Procuraduría, que se localizaban donde actualmente están las oficinas de Prensa del Gobierno del Estado, a espaldas del Palacio de Gobierno.

Hasta allí llegó una comisión de estudiantes a recoger el equipo, porque les judiciales les indicaron que fueran allí por él, pero cuando entraron los representantes del movimiento fueron recibidos a golpes y cadenazos.

Eso encendió los ánimos y todos los estudiantes que participaban en la manifestación, los cuales decidieron entrar a las instalaciones para defender a sus compañeros, en respuesta los judiciales comenzaron a disparar a mansalva. Allí hirieron gravemente al estudiante Everardo Rodríguez Orbe, quien también murió en el traslado al Sanatorio La Luz.

Ese fue el momento en el que comenzó un gran movimiento, a Morelia llegaron apoyos de varias universidades, de la Central Nacional de Estudiantes Democráticos (CNTD), de las Normales Rurales de Tiripetío y de la Huerta, la primera era de mujeres y la segunda de hombres.

Hubo una reunión del Consejo Universitario, que presidía el rector Nicanor Gómez, donde se tomó la decisión de solicitar a la Federación la desaparición de poderes en el Estado.

“En ese punto acudieron a visitar a mi padre, para pedirle que respaldara esta posición. Mi papá se opuso, dijo que no, porque ya había visto lo ocurrido en el 63, cuando se había comprobado que el gobierno era capaz de aventar el Ejército en contra de los estudiantes, y que la Universidad no tenía la fuerza suficiente para pedir una exigencia de esta magnitud”.

Pero aún sin su participación, se sostuvo la petición de desaparición de poderes. Toda esa semana del 2 al 8 de octubre, hubo infinidad de mítines por toda la ciudad; manifestaciones de apoyo para que desaparecieran los poderes, acopio de víveres en los mercados, brigadas repartiendo volantes, la creación de un comedor popular para los estudiantes y un rol para las guardias.

Como parte del movimiento se tomó el edificio que hoy ocupa el Palacio Clavijero, en ese momento era la Escuela Técnica Industrial Álvaro Obregón, donde se impartían carreras técnicas, aunque lo más atractivo para los inconformes era que allí había una imprenta, que era clave para la impresión de toda la propaganda.

Fue el 8 de octubre de 1966, desde la madrugada comenzaron a llegar contingentes militares de varios lugares del país, eran comandados por José Hernández Toledo, el mismo comandante que luego dirigió la masacre del 2 de octubre en Tlatelolco. Se ensayó en Morelia.

“La capital michoacana estaba en estado de sitio. Por la tarde se hizo un mitin en la plaza de armas, estaba repleta de asistentes. Yo estaba en México, y a las primeras noticias de lo que ocurría me regresé a Morelia en compañía de algunos compañeros”.

Cuando estábamos en la Plaza de Armas, el Ejército rodeo el lugar y disolvió el mitin. Andaban elementos a caballo que golpeaban a todo mundo, fue una represión tan inusitada que no sabíamos que hacer, muchos corrimos al Colegio San Nicolás, pero allí llegó también más tarde el Ejército.

Cuando entraron los de a caballo hicieron una gran detención de estudiantes, entre ellos se encontraba Efrén Capiz y su esposa.

A partir de allí el Ejército tomó todas las instalaciones universitarias, todas las casas de estudiante, el Sanatorio La Luz, el internado de enfermeras, casas de particulares de maestros universitarios y de alumnos que tenían detectados que participaban en el movimiento.

“La primera casa que allanaron fue la nuestra. A mi papá lo quería agarrar Agustín Arriaga desde el movimiento del 63, y aunque en esta ocasión no participó en este movimiento, ya lo tenían fichado”.

Ocaranza y su familia vivían a dos cuadras del Colegio, fue la primer casa que allanaron, el Ejército entró rompiendo puertas y ventanas, a nosotros nos sacaron con violencia.

Mi padre estaba en cama, no podía levantarse, tenía muy hinchadas sus rodillas, después de que nos golpearon y nos insultaron todo lo que pudieron, finalmente el comandante de la Policía Judicial, Mario Ruiz Aburto, entró al cuarto donde descansaba mi madre.

A él no lo golpearon ni lo insultaron, porque al verlo el comandante se le cuadró. Algunos años antes el comandante fue alumno de Ocaranza en el propio colegio de San Nicolás.

– Maestro, discúlpeme, traigo órdenes de detenerlo.

– No te preocupes, Aburto, son tus órdenes, pero no me puedo mover.

Fue el breve diálogo en aquel cuarto de la casa que habitaba Manuel Ocaranza con su familia. Según la narración de la hija del poeta, el mismo comandante se encargó de vestirlo, pero lo sacaron casi arrastrando.

La familia Ocaranza fue trasladada en dos vehículos, resguardados por un batallón y a lo largo de la Avenida Madero fue desplegado un fuerte dispositivo de seguridad. En caravana los trasladaron desde las inmediaciones de la iglesia de La Merced, hasta el cuartel militar.

En el operativo de seguridad participaban vehículos de la policía judicial, policía montada; guardias adelante, a los costados y atrás de los vehículos que trasladaban a la familia del poeta, como si fueran delincuentes altamente peligrosos.

En un segundo viaje trasladaron el poeta; todos los elementos de seguridad se concentraron en el traslado de Martínez Ocaranza, a pesar de que el detenido no podía caminar, lo tenían totalmente rodeado. Así, en medio de un fuerte blindaje de seguridad era llevado junto a su familia y otros detenidos que poco a poco iban cayendo.

En el cuartel militar entraban vehículos del Ejército llenos de detenidos, alumnos y maestros a los que descargaban cual si fueran costales de papas, los vehículos llegaban llenos, y salían velozmente para ir por más gente.

“Cuando entró mi padre todos nos sorprendimos del fuerte dispositivo. Supimos que era mi papá porque chifló desde adentro del vehículo, en ese momento todos gritamos y por un momento nos llegó el coraje y la euforia”.

En el cuartel militar había una separación para los personajes que eran considerados más peligrosos, a estos los mantenían aislados e incomunicados.

“Entre ellos estaban mis papás, la familia Capiz, mi tía que estaba en la casa sólo para ayudar en el cuidado de su hermano, los estudiantes de la UNAM, los profesores y todos los que ellos decían que eran líderes del movimiento”.

Eran tantos los detenidos en el cuartel militar, que pronto no cabían en los inmensos patios del fuerte, ello obligó a los militares a ir liberando a algunos de los detenidos.

Soltaron casi a todos, menos a los que tenían considerados como los más peligrosos, a ellos los pasaron a la penitenciaría, luego conocido como Cereso David Franco Rodríguez.

Allí fue trasladado el poeta junto con su esposa Ofelia Cervantes Villalón, que junto con una estudiante de la Facultad de Altos Estudios, Ana María Velázquez, eran las únicas mujeres entre los presos.

Este movimiento del 66 fue el mayor de los golpes para la Universidad Michoacana. Después de esto se cerró la Facultad de Altos Estudios; se cerraron todas las casas del estudiante, desaparecieron las secundarias femenil y varonil, y se reformó nuevamente la Ley Orgánica.

Se destituyó al rector y en su lugar se nombró a Alberto Lozano Vázquez, un militante de la derecha. Se expulsaron a los mejores estudiantes y profesores, y se les expulsó del estado, no solamente de la Universidad.

A los extranjeros los denunciaron en Gobernación y les aplicaron el Artículo 33 de la Constitución Mexicana, para expulsarlos del país.

“Entre ellos se encontraban Jaime Díaz Rozzoto y Arturo Meléndez, dos grandes intelectuales a quienes enviaron de regreso a Guatemala y a Puerto Rico, cuando arribaron a sus países llegaron en calidad de detenidos, directo a la cárcel, donde ambos fueron torturados y martirizados”.

El doctor Díaz Rozzoto, era el mejor especialista en el mundo sobre la lengua española y la obra de Miguel de Cervantes Saavedra. Tal vez eso lo salvó, porque hubo protestas de intelectuales desde muchos países que intervinieron por su libertad.

Manuel Ocaranza estuvo preso durante tres meses, al igual que su esposa. Su hija Citlali Martínez Cervantes jugó un papel importante para su liberación, ella era estudiante de la UNAM en México, aprovechaba sus viajes para reunirse con poetas, muralistas e intelectuales de todo tipo a los que solicitaba se manifestaran a favor de la liberación de su papá.

“Así conocí a Siqueiros, él estaba pintando un mural en el castillo de Chapultepec, lo encontramos entre los andamios, le pedimos que bajara un momento y le explicamos la situación. Él inmediatamente le mandó un telegrama a Agustín Arriaga exigiendo la libertad de mi papá y la de los demás presos políticos”.

Junto con otros intelectuales, artistas y poetas, como José Emilio Pacheco, Efraín Huerta, Juan José Arreola, Telma Nava, y otros más, sacaron desplegados, reunieron firmas, y enviaron telegramas al gobernador; incluso desde el extranjero comenzaron a surgir protestas por esta situación.

Agustín Arriaga no tenía intención de soltar a nadie, pero ante tanta manifestación y descrédito de su gobierno, no tuvo más remedio que liberar a los presos, comenzando por Martínez Ocaranza. Finalmente, el poeta y su esposa fueron liberados el 28 de diciembre del 66, el Día de los Inocentes, y coincidentemente también en su aniversario de bodas.

Dos años después, en 1968 se reabrió la Casa Nicolaita, frente al Mercado de Dulces, inicialmente este edificio era la secundaria femenil. A partir de este momento comenzaron también a reagruparse los estudiantes, quienes nuevamente comenzaron a tomar otros edificios para refundar los albergues estudiantiles, así surgieron las actuales casas de moradores universitarios, la lista actual llega a 35 albergues de este tipo.

Morelia siempre ha tenido dos ideales históricos, por un lado está el ala conservadora y religiosa, y por otro está la corriente de izquierda, comprometida con los movimientos sociales. Todo girando en torno a la Universidad Michoacana, con una academia que se venía distinguiendo por defender las causas sociales.

“Mis padres siempre amaron a la Universidad Michoacana, en nuestra casa había una meza muy grande llena de estudiantes; muchos iban a comer allí, mi mamá hacia unas cazuelotas de comida todos los días. Este amor por la Universidad siempre nos fue inculcado”, recuerda Citlali Martínez.

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