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Políticas del mestizaje: contradicción, división, descolonización y opción por la izquierda en América Latina

Políticas del mestizaje: contradicción, división, descolonización y opción por la izquierda en América Latina

David Pavón-Cuéllar

Somos latinoamericanos. Podemos considerarnos mayoritariamente mestizos. El mestizaje que nos constituye no es el biológico, sino el humano, el simbólico, el cultural. Somos herederos de las culturas amerindias, europeas y africanas, incluso de las asiáticas.

Diversos mundos han confluido en proporciones variables en la composición de nuestra subjetividad. Somos culturalmente mestizos, impuros por más puros que nos creamos, con un corazón multicolor por más blanca o negra que sea nuestra piel, con un fondo también indígena por más ario que sea nuestro aspecto, morenos o mulatos por más que intentemos blanquearnos. Aunque seamos fanáticos de la fe cristiana, también somos irremediablemente paganos, idólatras, diabólicos, animistas, criaturas de Ometéotl y de Tlaltecuhtli, de Viracocha y de la Pachamama.

Tenemos nuestras propias razones que nos guían en la racionalidad occidental. Nuestra ciencia nunca es pura, pero su impureza no es una miseria, sino una riqueza. Poseemos algo propio y nuevo, algo de nuestro Nuevo Mundo, además de lo que recibimos del Viejo Mundo.

No podemos proceder exclusivamente como nuestros colonizadores y evangelizadores. Tan sólo sabemos pensar de verdad al exceder y al traicionar el pensamiento europeo y su apéndice norteamericano. Ser más que españoles, más que portugueses o franceses, es la única manera que tenemos de ser lo que somos como latinoamericanos.

El mestizaje es nuestra única forma posible de ser, pero no consiste en una simple mescolanza homogénea o en una media o promedio mediocre. El gris no es nuestra solución para el contraste entre el negro y el blanco. Tampoco resolvemos este contraste en una síntesis definitiva o en una unidad superior a sus componentes.

Los ingredientes contradictorios de nuestro mestizaje no han sido ni superados ni trascendidos ni disueltos en lo que somos. Estamos atravesados y desgarrados por la contradicción. La sufrimos a cada momento. Nuestra vida se despliega en la tensión entre los términos contradictorios. Quizás pueda incluso afirmarse que somos la contradicción.

Contradecirnos es nuestra forma de existir. No podemos caminar sin tropezar con lo que somos. Debemos entonces enfrentarnos a nosotros mismos para subyugarnos o resistir, dominarnos o liberarnos, colonizarnos o descolonizarlos.

Estamos divididos entre lo colonizador y lo descolonizador. Lo uno lucha contra lo otro y gana o pierde en cada uno de nuestros gestos. La revalorización de los pueblos originarios o el derribo simbólico de la estatua del conquistador son victorias de lo descolonizador, mientras que el esfuerzo por blanquearnos y el desprecio por lo indígena o lo negro son triunfos de lo colonizador.

Nuestra mitad colonizadora también triunfa sobre nosotros cuando votamos por las rancias derechas racistas, hispanistas, europeizadas o agringadas, acomplejadas y vendepatrias. Ya sabemos que estas derechas, que son hoy en día casi todas las derechas latinoamericanas, gobiernan colonialmente al servicio de las oligarquías blancas o blanqueadas y de los capitales extranjeros o transnacionales. También sabemos que las mismas derechas representan la persistencia del colonialismo a través de la pigmentocracia, las clases racializadas, los privilegios de casta, el saqueo de lo propio, la devastación del territorio y la sumisión ante la injerencia económica, política o mediática de metrópolis neocoloniales como Washington, Miami, Nueva York, Londres, Bruselas o Madrid.

Sublevándose contra cierta dominación y contra cierta desigualdad que heredamos del pasado, la descolonización ha sido históricamente una opción izquierdista, progresista, emancipatoria e igualitaria. Ser de izquierda nos exige cada vez más adoptar una posición anticolonial y antirracista que viene a sumarse a los posicionamientos contra la sociedad de clases, contra el capitalismo neoliberal, contra el heteropatriarcado y contra otros sistemas de opresión y explotación defendidos por la derecha. Todo lo que nos domina se condensa en un extremo del espectro político, mientras que el otro polo continúa siendo el de la toma de partido por nuestra emancipación.

Estamos polarizados entre la izquierda y la derecha porque estamos divididos entre los términos contradictorios que se representan en los dos polos. Nuestra división interna como latinoamericanos, la división inherente a nuestro mestizaje, tiene también un carácter político. Nos orientamos hacia la izquierda porque luchamos por nuestra descolonización, mientras que nuestro sometimiento colonial está en el origen de nuestra orientación hacia la derecha. La opción derechista se explica también por una complicidad interna con sistemas como el capitalista y el heteropatriarcal, mientras que la resistencia contra estos sistemas nos hace optar por la izquierda.

El espectro político no sólo divide a los partidos y a la sociedad, sino a cada sujeto. Cada uno está dividido entre la derecha y la izquierda, entre la desigualdad y la igualdad, entre la sumisión y la insumisión, entre la dominación y la emancipación, entre la colonización y la descolonización. Quizás no lleguemos jamás a superar nuestras contradicciones al reconciliarnos con lo que somos, pero sí que podemos a cada momento elegir lo justo, lo igualitario y emancipatorio, aun cuando no sea lo más ventajoso para nosotros debido a nuestra dotación de poder, fortuna o privilegio.