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Por una política más allá de los amos de la ciudad

Rosario Herrera Guido

[…] una sociedad sin relaciones de poder
sólo puede ser una abstracción […]
decir que no puede haber una sociedad sin relaciones de poder
no es decir que aquellas que están establecidas sean necesarias o
que el poder constituye una fatalidad que no puede socavarse.
En cambio, yo diría que el análisis, la elaboración
y cuestionamiento de las relaciones de poder […]
es una tarea política permanente inherente a toda existencia social.

Michel Foucault (The suject and Power).

Por una política más allá de los amos de la ciudad, es una propuesta que requiere ser fundamentada en toda una política de las masas, pero por razones de espacio sólo voy a abordarla desde la Psicología de las masas y análisis de yo de Freud, A la sombra de las mayorías silenciosas de Jean Baudrillard y Freud ¿Apolítico? de Gérard Pommier.

La gregariedad humana ha sido abordada de diversas formas. Pero en este artículo voy a compartir la metáfora que Freud toma de El mundo como voluntad y representación de Schopenhauer, para ilustrar su Psicología de las masas, para dar cuenta de la dinámica grupal: la sociedad es como una manada de puercos espines que durante el invierno se aproximan para darse calor, pero al acercarse se clavan las púas, lo que los obliga a retirarse y a volver a padecer, como dice el tango, “un frío más cruel que el odio”. Una metáfora que devela la ambivalencia humana: la oscilación entre el amor y el odio.

La modernidad pensó lo grupal a partir de la necesidad, en lo social. Pero para Freud, Lévi-Strauss, Clastres, Lacan y Pommier, lo que prevalece en la cultura es una causalidad trascendente, un símbolo que hace lazo social: el tótem, el ancestro, el líder, el jefe, el amo, el maestro, el rey y Dios. Un símbolo que identifica y cohesiona a los pueblos. Freud va más allá del símbolo al inventar el mito moderno de Tótem y Tabú, 1913 (Freud, Amorrortu, 1979), en el que los hermanos matan al padre porque es un obstáculo para que los hijos puedan gozar de sus hembras, en particular de la madre. El motivo del asesinato es la falta de goce, al que ya no tendrán acceso, pues la falla moral —como señala E. Trías— conlleva la culpa, que eleva al objeto del crimen al rango de lo sagrado, motivo de culto: nacimiento de la cultura (Trías, Lógica del límite, Destino, 1991:367-397). Una falta que sella el primer lazo social que une a la humanidad: en el lugar de la fiesta totémica los hermanos edifican el tótem, juran una alianza fraterna y pactan dos interdictos que fundan la cultura: la prohibición del incesto y el parricidio. Un mito moderno que, justo por carecer de pruebas científicas, muestra su autenticidad y el acceso a la simbolización.

Un mito transhistórico, que cual poema se actualiza cada vez que hablamos, pues lo hacemos en nombre de nuestro ancestro: el tótem. Nuestra firma —dice Pommier— es la impronta de nuestro origen, desde donde nos autorizamos a hablar como sujetos al lenguaje y del lenguaje (Pommier, Freud ¿apolítico, Nueva Visión, 1987:19).

Pero como el sujeto del lenguaje no puede definirse a sí mismo con ninguno de los significantes que emite, pues cada uno remite a otro para poderse significar, porque ninguno designa su ser, está marcado por una incompletud radical: hablar es evocar la falta de goce, la falta en ser que evoca cada frase. Sólo el nombre del tótem, nombre patronímico se define a sí mismo, porque no remite a otro, ya que designa el origen de la cadena significante, el Nombre-del-Padre, que introduce el interdicto del incesto, la ley del parentesco, el linaje y la cultura. El nombre patronímico es el garante desde donde el sujeto hablente (parlêtre) se autoriza el acceso al goce de la lengua, que cobija su cuerpo. Por ello, el ser, el bien, el goce, la felicidad, son móviles de lo grupal, cuya consistencia es el símbolo. Los hombres y las mujeres no pueden gozar plenamente porque el nombre propio de cada cual no designa su ser. Por esta falta de goce enganchan su ser a la imagen que les da el espejo y al semejante como espejo, del que esperan un goce pleno, gracias a la completud imaginaria que es el yo, que cree que la imagen del espejo es su ser, y que constituye el narcisismo humano.

Porque sin el espejo, nuestra imagen está fragmentada, marcada por una incompletud radical. Como canta Borges: “No hay detrás de las caras un yo secreto que gobierna los actos y recibe las impresiones, somos únicamente la serie de esos actos y esas impresiones errantes” (Borges, “Otras inquisiciones”, Prosa Completa 2, Bruguera, 1980:289). Una frase que remite a La fase del espejo de Lacan. Desde donde Pommier propone que como no podemos estar todo el tiempo frente al espejo para asegurarnos de esa completud imaginaria, recurrimos al prójimo, con amor, odio y angustia, para tomarlo como espejo. Michel Tournier lo ilustra en su novela sobre Robinson y Viernes: “Narciso de un género nuevo, abismado de tristeza, extenuado de sí, meditó largamente cara a cara consigo mismo. Comprendió que nuestro rostro es esa parte de nuestra carne que modela y remodela, entibiese y anima sin pausa la presencia de nuestros semejantes” (Tournier, Viernes o los limbos del pacífico, Monte Ávila, 1971:76-77). El prójimo aporta el rasgo unificador, el trazo de identificación, que asegura la existencia: lo social y la cultura. El encuentro de nuestra imagen en el otro, hace grupo. Lo imaginario es del orden del semblante. Las masas viven en lo imaginario. Como dice Baudrillard: “[…] sólo hacen masa los que están liberados de sus obligaciones simbólicas […] Se les da sentido, quieren espectáculo. Ningún esfuerzo pudo convertirlas a la seriedad de los contenidos, ni siquiera a la seriedad del código. Se les dan mensajes, no quieren más que signos […] idolatran todos los contenidos mientras se resuelvan en una secuencia espectacular” (Baudrillard, A la sombra de las mayorías silenciosas, Kairós, 1978:8). Aunque el grupo —dice Freud— sólo se sostiene gracias al líder que refuerza el lazo social, pues ocupa el lugar del Ideal del Yo, que se identifica con la imagen del espejo, que le aporta una completud imaginaria, a través de la identificación y el amor al líder.

La masa parece estática, pero es dinámica. El grupo fortalece la imagen que cada cual tiene de sí mismo, que permite vivir momentos de excelsa felicidad, pero no es un júbilo permanente, también hay malestar (que Freud y Marx llamaron síntoma social). La cultura se derrumba sin líder, que asegura el lazo social. Y cuando no hay un líder auténtico hay que inventarlo, para que le recuerde al grupo que el goce es imposible. No existe una frontera infranqueable entre lo privado y lo político, antes bien hay un quiasmo entre lo individual y lo colectivo, entre la ética y la política, porque el individuo es producto de la masa que surge de la relación con el semejante. ¿Y el yo? No existe antes de la relación especular. Lo que pre-existe al individuo es el lenguaje, que está esperándolo antes de su nacimiento, para alimentarlo, acariciarlo, alimentarlo y bañarlo con palabras. Si el orden simbólico precede a lo grupal, al yo y el orden imaginario, entonces se puede sostener la primacía del sujeto del lenguaje, sujeto del inconsciente y el deseo.

Existen tres tiempos: 1) el sujeto; 2) la masa y 3) el individuo. El sujeto está, según Hegel, desgarrado porque: “[…] el lenguaje del desgarramiento es el lenguaje completo y el verdadero espíritu existente de este mundo total de la cultura (Hegel, 1966:306). El sujeto está dividido porque le habla a alguien, que al sancionar su mensaje crea una división entre el sujeto del enunciado y el sujeto de la enunciación. Y porque alguien se dirige a otro, la masa exige un líder que venga a crear la unidad donde hay división. Lo social no se opone al individuo. Es el sujeto desgarrado el que busca en la masa suturar su herida.

Pero la masa no es la salvación del individuo, puesto que también es su enajenación. El líder parece salvar al grupo de su alienación y de la ambivalencia amor-odio. Pero al líder se le ama y se le odia porque interdicta el goce; pero cuando goza y no da cuenta de su goce al grupo, estamos ante el tirano, que cree encarna la ley, y no tiene autoridad porque es autoritario (el rey que cree que de su ser emana el ser rey, caso del psicótico, que no se encuentra dividido entre el nombre que lo representa ante los demás y su propio ser.

Como el sujeto no se reconoce ni en la masa ni en el individuo, es el sujeto que puede poner en peligro a la polis, pues es el sujeto del deseo, opuesto al poder en su faz de dominación. Aquí resplandece Sócrates, quien al lanzar sus ironías al amo de la polis, le revela su impotencia. Brilla Antígona, quien más allá de las leyes de los dioses y de los amos de la cuidad, pone en cuestión la arbitraria ley de Creonte. Destacan Romeo y Julieta, que con su trágico amor confrontan la ley del odio que reina entre sus familias.

El sujeto combate la alienación, abandona al amo de la ciudad, rechaza y resiste a su poder en su faz de dominación, para encontrarse con el poder propio: con una (po) ética, con una ética política. Pero el yo siempre trata de obstaculizar el encuentro con el poder propio, por “miedo al propio poder”, como propone Trías (Trías, Meditación sobre el poder, Anagrama, 1977:33-65). El mismo Marx, que no se aventura a interpretar la servidumbre voluntaria de Etienne de La Boétie, afirma que “el esclavo besa sus cadenas”. El miedo al propio poder, al deseo, es uno de los más notables descubrimientos de Freud. Desde donde Lacan destaca el espanto que se apodera del sujeto al descubrir su propio poder.

Es difícil apartarse de las insignias imaginarias del poder, porque son signos de goce, tan falsas como impotentes, porque son emblemas de la dominación. Pero la impugnación del amo de la ciudad no debe traducirse en anarquía, sino en la distancia con el amo. Hay que inventar el instante en que el sujeto está solo y el amo no significa gran cosa para él; un instante en el que surge una ética que rompe el espejo y abandona la servidumbre a las imágenes del poder, porque está ante su más genuino deseo. Porque lo grupal, la polis, el Estado, siempre mortifican al sujeto con su proyecto unificador y totalizador, como sostiene el mismo Trías en sus meditaciones sobre el poder. El sujeto de esta (po)ética política, tiene que ser excéntrico a la masa, para poderse retirar a su soledad, y atormentado por sus demonios y pacificado por sus ángeles, inventar los significantes de su existencia, para poder regresar a la masa a participarle lo que ha creado en soledad. No se trata de una ruptura apolítica, pues atenta y resiste al poder usurpador.

Como lo grupal sufre ambivalencia, amamos al prójimo porque sostiene nuestra imagen, pero lo odiamos porque al verlo completo creemos que es dueño de un goce que se nos escapa. Sólo un líder auténtico puede aligerar esta ambivalencia y cohesionar al grupo, superar lo que Lacan llama “odioamoración”, a través de la solidaridad, en un momento creador de la vida histórica de los pueblos, en respuesta al ser ético del ciudadano, que doblega su egoísmo para constituirse como sujeto ético e impedir la decadencia moral y política de los pueblos. Porque un grupo sin líder desconoce la solidaridad y la fraternidad, y el odio se constituye en su ley. Una solidaridad expresada en la disposición del individuo a sacrificarse por la masa, cuya virtud se advierte en la acción conjunta, a través de una ética política, que no trata de liberar al ciudadano del Estado y sus instituciones, sino de liberar del tipo de individualización asociado al Estado, promoviendo nuevas formas de subjetividad, por la vía de la estética de la existencia, cual elección libre en la que está en juego el gobierno de sí y de los otros, como una política más allá de los amos de la ciudad.

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