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Algunas preguntas ante la crisis en Venezuela

David Pavón-Cuéllar

¿Cómo no reconocer los graves problemas actuales de Venezuela? ¿Negaremos la grave recesión económica, la drástica devaluación del bolívar, la hiperinflación, la pobreza, la escasez de alimentos y medicamentos, la inseguridad, la emigración y los conflictos sociales? ¿Por qué ocurre todo esto? ¿Ha sido tan sólo por causa de los errores y abusos del régimen de Nicolás Maduro, por su corrupción, por su inflexibilidad y su autoritarismo? ¿Y si la crisis económica y social hubiera sido también provocada por las presiones internas y externas, entre ellas el acaparamiento de productos por los empresarios o las sanciones económicas y financieras de Estados Unidos y de otros países? ¿Y si estas presiones fueran una causa determinante de la crisis y también de todo aquello que no dejamos de condenar en el régimen?

Desde luego que hay muchos aspectos condenables en el régimen de Maduro, pero ¿estamos tan seguros de que todo es condenable? ¿Hemos consultado los datos de los organismos internacionales para comparar Venezuela con otros países latinoamericanos en rubros como salud, educación, vivienda y alimentación? ¿Hemos restado lo que se perdió en la reciente crisis a lo que se ganó en veinte años de continuidad con las mismas políticas económicas y sociales? Una vez que hayamos hecho estos cálculos, ¿condenaremos el modelo bolivariano por la fracción que ha perdido en el total de lo que ha ganado? ¿Y no vamos a preguntarnos por qué ocurrió esta pérdida cuando el gobierno continuó aproximadamente con la misma política social y económica? ¿No consideraremos la coyuntura internacional?

¿Y la historia más reciente de Venezuela? ¿Acaso el país era un paraíso de honestidad, prosperidad, libertad, igualdad, justicia, democracia y paz social antes de Chávez y Maduro? ¿Ya no recordamos las catástrofes económicas en tiempos de Rafael Caldera o la escandalosa malversación de fondos públicos de Carlos Andrés Pérez? ¿Ya olvidamos la corrupción crónica, las crisis incesantes, la inflación imparable, el endeudamiento insostenible y las desigualdades abismales en los veinte años que precedieron la revolución bolivariana?

¿La crisis actual es una excepción achacable al régimen o más bien la expresión de una extraña regla imputable a las tensiones históricas de la sociedad venezolana en los últimos cincuenta años? ¿Qué se repite y qué ha cambiado? ¿Cuál es la diferencia entre lo que ocurre ahora y lo que sucedía entre los años setenta y noventa del siglo XX? ¿Quiénes eran los principales afectados antes y quiénes lo son ahora? ¿Por qué antes no hubo una consternación mundial como la de ahora?

¿Y por qué Estados Unidos y los demás países que hoy desconocen a Maduro no reaccionaron igual ante los demás candidatos latinoamericanos que recientemente llegaron al poder con elecciones fraudulentas? ¿Por qué no desconocieron en su momento a Felipe Calderón y a Enrique Peña Nieto en México? ¿Por qué no se sublevaron contra el caso más flagrante de fraude, el de Juan Orlando Hernández en las elecciones presidenciales hondureñas de 2017, a pesar de las amplias movilizaciones populares y su represión violenta que produjo decenas de muertes? ¿Por qué todo esto y más pasó desapercibido? ¿Por qué fue soslayado por los gobiernos y por los medios que ahora se escandalizan por el déficit democrático en Venezuela?

¿Estamos tan seguros de que la democracia es lo que de verdad está en juego en la crisis? ¿Por qué de pronto hay tanta preocupación por unas prácticas anti-democráticas tan comunes en Latinoamérica? ¿No será por el petróleo, el oro y el coltán de Venezuela? ¿No será porque Maduro es o pretende ser de izquierda, porque forma parte del “eje del mal” con Cuba y Nicaragua, porque es percibido como una pieza de Vladímir Putin y Xi Jinping en el tablero del ajedrez geopolítico internacional, porque se atrevió a desafiar los intereses europeos y estadounidenses, mientras que Hernández, Peña Nieto y Calderón estaban en el bando adecuado, eran perfectos neoliberales, más bien derechistas y dócilmente subordinados a los intereses del Imperio, actuando siempre como humildes peones de las “buenas” grandes potencias y de los “buenos” grandes capitales? Si no es por esto, ¿por qué es? ¿Alguien lo sabe?

¿Por qué hay tal amplitud e intensidad en los ataques internos y externos contra el régimen de Maduro? ¿Por qué la furia de los poderes mediáticos, la exageración de las malas noticias, las fake news, la satanización de los altos funcionarios del régimen, los ataques financieros, los bloqueos de las exportaciones, los exaltados pronunciamientos de los gobiernos extranjeros, los paros empresariales, los manifestantes extremadamente violentos, la formación de agrupaciones paramilitares y los intentos de golpe de Estado? ¿Acaso todo esto no es ya demasiado? ¿No despierta nuestras sospechas? Desde luego que el régimen de Maduro es una calamidad. Pero ¿por qué tanto ensañamiento contra él y no contra otros iguales o peores que él? ¿Por qué tanta furia y por qué tanto eco para esta furia? 

¿Por qué tantos poderes tan implacables orquestados contra Maduro? ¿Por los sectores tan poderosos a los que afecta? ¿Por los intereses tan intocables que está osando tocar? ¿Por lo que el régimen representa para sus enemigos, para los gigantes mediáticos, para los grandes empresarios, para los gobernantes neofascistas y neoliberales de otros países?

Sabemos que los más impetuosos enemigos actuales de Maduro son Donald Trump, Jair Bolsonaro, Iván Duque, Mauricio Macri, Theresa May, Emmanuel Macron y otros personajes semejantes. ¿Qué hay en común entre ellos? ¿Y por qué son ellos, precisamente ellos con lo que hay en común entre ellos, los que más se ensañan con el régimen de Maduro? ¿Qué será este régimen para que los esté indignando tanto a ellos? ¿Por qué precisamente a ellos? ¿Es una simple coincidencia? ¿No será quizás algo más? 

¿Por qué los que desatan su ira contra Maduro son los mismos, Trump y Bolsonaro, que han mostrado su odio y su desprecio hacia los pobres, hacia los indígenas, hacia los negros, hacia los inmigrantes e incluso hacia las mujeres y los trabajadores? Desde luego que tenemos buenas razones para pensar que estas personas injustamente odiadas y despreciadas merecen un mejor trato que Maduro. ¡Ni siquiera tenemos la certeza de que Maduro las represente y defienda sus intereses! Pero ¿por qué Maduro se encuentra entre ellas? ¿Qué hay en común entre ellas y él? ¿Por qué incomodan a los mismos líderes políticos? ¿Por qué se encuentran en el mismo lado?

¿Y de qué lado estamos cada uno de nosotros? ¿Con los furiosos Bolsonaro y Trump o con los que intentan aplacar su furia y se oponen a la campaña contra Maduro, como Bernie Sanders, José Mújica, Noam Chomsky o Jean-Luc Mélenchon? Aquí también cabe preguntarse: ¿por qué son ellos, precisamente ellos, los que rechazan lo que Bolsonaro y Trump respaldan? ¿Por qué unos y otros están en cada lado? ¿Qué representan unos y otros para los seres humanos, para los de abajo e incluso para el planeta, pero también para la finanza, para los de arriba, para las élites blancas y pudientes? ¿Qué respeto y confianza nos merecen unos y otros con sus argumentos? ¿A qué los asociamos? 

Por ejemplo, cuando somos latinoamericanos, ¿en qué nos hacen pensar los gobiernos europeos y estadounidense cuando se arrogan el derecho de poner un ultimátum a Maduro y reconocer a Guaidó? ¿Nos recuerda esto algo en el pasado? ¿No alcanzamos a vislumbrar que hay aquí una actitud que ya conocemos demasiado bien, una actitud que no podemos describir sino como “colonial”, un extraño privilegio de injerencia, un desprecio por la soberanía de las naciones de América Latina? ¿Percibimos esto o no? Si no, ¿por qué no? Y si lo percibimos, ¿nos indigna? Y si no nos indigna, ¿por qué no?

¿Sentimos algo, sea lo que sea, cuando pensamos en que los gobernantes europeos y estadounidense, con sus intereses diferentes de los de Venezuela, están sustituyéndose a los más de seis millones de votantes venezolanos, más de 67% del total, que eligieron a Maduro con un amplio margen sobre sus contrincantes? ¿O acaso pensamos que todo esto fue una farsa? Es verdad que hubo graves irregularidades en el proceso electoral, incluso compra de votos, y que la Mesa de Unidad Democrática no se presentó en las elecciones. Pero ¿estamos tan seguros de que hubiera ganado las elecciones si se hubiera presentado? ¿No hay indicios confiables de lo contrario? Ciertamente las versiones difieren. Son las palabras de unos contra las de otros. Sin embargo, en definitiva, ¿no son éstos unos asuntos que los propios venezolanos deben resolver entre ellos? ¿No es así? ¿Entonces por qué sí fue así con los ya mencionados casos de Peña Nieto, Calderón y Juan Orlando Hernández? ¿No será que el fraude electoral sólo es aceptable cuando conviene a los intereses de las oligarquías locales y de las potencias neocoloniales?

De cualquier modo, aun si aceptamos que se compraron o coaccionaron muchos votos en Venezuela, ¿fueron todos los votos o casi todos o al menos la mayor parte? ¿Fueron más que en las últimas elecciones de otros países de América Latina? ¿Fueron suficientes para invalidar el resultado electoral? ¿Ya olvidamos las conclusiones de unos dos mil observadores internacionales, muchos de ellos bastante hostiles a Maduro, que reconocieron su victoria y que juzgaron que las irregularidades no eran tan importantes como para comprometer el resultado electoral?

Aunque se hubiera presentado efectivamente un gigantesco fraude en las elecciones, ¿acaso negaremos que Maduro aún cuenta con el apoyo de un amplio sector de la población? ¿Y qué sector es? ¿Ya comparamos las imágenes de sus partidarios con las de sus opositores? ¿Qué significan exactamente las diferencias raciales y socioeconómicas entre los simpatizantes y los opositores de Maduro? ¿Vamos también a pasarlas por alto al interpretar lo que Maduro significa?

¿Hemos decidido hacer abstracción de quienes votaron mayoritariamente por un candidato con el que no simpatizamos? ¿Invalidaremos los votos de millones de venezolanos por estimar que son ignorantes que se dejan manipular o pobres que se dejan comprar o resentidos sociales que buscan una venganza? ¿Quizás estemos seguros de que se han dejado engañar otra vez por el régimen de Maduro que sólo gobernaría para sus nuevos ricos?

Tal vez tengamos la certeza de que vemos todo mejor que los de abajo. Quizás creamos que sabemos qué es mejor para ellos y que por eso hay que decidir en su lugar. ¿O a lo mejor queremos decidir en su lugar simplemente porque nos hemos acostumbrado a no dejarlos decidir? ¿No hemos pensado en lo que harán ellos si les imponemos una vez más nuestra voluntad? ¿Estamos tan seguros de que no harán absolutamente nada? ¿Consideramos simplemente que no cuentan, que no deben contar como no contaban en el pasado, que no pueden contar porque no tienen poder ni dinero ni influencia para contar? ¿No vamos a preguntarnos al menos por qué votaron por Maduro y por qué fueron ellos, precisamente ellos, quienes le dieron su voto? ¿No vamos a escuchar este voto?

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