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A propósito de la violencia contra las mujeres

A propósito de la violencia contra las mujeres

Rosario Herrera Guido

He aquí,  a mi entender, la cuestión decisiva
para el desarrollo de la especie humana:
si su desarrollo logrará (…) dominar la perturbación
de la convivencia que proviene de la naturaleza
de la pulsión de agresión y autoaniquilamiento […]

Hoy los seres humanos han llevado tan adelante su dominio
sobre las fuerzas de la naturaleza que con su auxilio
les resultará fácil exterminarse unos a otros,
hasta el último hombre. Ellos lo saben;
de ahí buena parte de la inquietud contemporánea,
de su infelicidad, de su talante angustiado,.

Y ahora cabe esperar que el otro de los dos
“poderes celestiales”, el Eros eterno,
haga un esfuerzo para afianzarse
en la lucha contra el enemigo igualmente inmortal.
¿Pero quién puede prever el desenlace?

                                  Sigmund Freud, El malestar en la cultura (1930). 

 

I

Immanuel Kant, el filósofo alemán, advertía en sus reflexiones sobre el Génesis (Immanuel Kant, Sammtliche Werke, 1867,t. 4:317 y sigs). Que en los orígenes de la historia humana, el instinto (la voz de Dios que obedecen todos los animales), debía haber guiado a la criatura humana a elegir algunos alimentos y a prohibirse otros. Pero que en la caída humana en el Paraíso había participado la vista, que transformó el instinto sexual en sensualidad, que a diferencia del animal se convirtió en un impulso permanente al que llamó pulsión (en alemán Trieb). Un término que en español se puede traducir por deriva, pues es una fuerza que va contra viento y marea, sin timón, hacia el objeto deseado, a diferencia del instinto animal y biológico que se dirige de manera directa al objeto de su necesidad. Así, la pulsión es un impulso propiamente humano que marca el nacimiento de la cultura, pues aparece cuando el objeto deseado se oculta a los sentidos, como el sexo con la hoja de parra, testimonio del imperio de la razón sobre los instintos sexuales. Un artificio que promovió el paso de los apetitos animales a lo propiamente humano: el amor y, más tarde, la belleza. Al abrir los ojos, el hombre vislumbró el tiempo, el futuro ignoto y amenazante, que lo llevó a refugiarse en la familia, el trabajo y la cultura. Gracias a la razón, la pulsión asumió como proyecto la perfección. En los umbrales de la cultura, la historia natural comienza con el bien, obra de Dios, en oposición a la historia de la libertad que da comienzo con el mal y la perversión de la naturaleza. Kant, como reconoce el mal y la perversión que introduce la razón en el mundo de la cultura, aspira a la reconciliación entre la naturaleza y la razón a través del arte, que en su más alto grado de perfección volverá a ser naturaleza. Un pensamiento filosófico que, por diverso que parezca, no está tan alejado del pensamiento psicoanalítico: poner la Pulsión de Muerte (Todestrieb) al servicio de la pulsión de Vida o Eros (Lebenstrieb).

Para Freud, quien descubre el inconsciente e inventa el psicoanálisis, la pulsión es un rasgo distintivo de la sexualidad humana, opuesta al instinto animal y biológico (que tiene una relación fija e innata con el objeto de su necesidad). Las pulsiones son variables y dependen de la historia del sujeto. Las pulsiones —enseñaba el psicoanalista y pensador francés Jacques Lacan— difieren del instinto biológico en que no pueden ser satisfechas y no apuntan a un objeto sino que giran a su alrededor. La meta de la pulsión no es un destino final sino el camino mismo: girar en torno al objeto. El propósito de la pulsión no es una meta mítica de una satisfacción total, definitiva y plena, sino volver a circular, pues es precisamente este repetir el circuito el que permite el placer (Lust) que pacifica o el exceso de placer que es el goce (Genuss), que por pedir siempre más sin saciarse, se dirige hacia la muerte, el fin del sujeto deseante o incluso del cuerpo. .

La pulsión no es natural ni tampoco innata, es una construcción cultural y simbólica. Participa de su parte real y energética, que desde el filósofo san Agustín, lleva el nombre de libido, a la que clasificaba en libido sentiendi (de la sensibilidad), libido cognoscendi (del conocimiento) y libido operandi (de la acción). Una energía que Freud sostiene que se manifiesta en el lenguaje. A tal punto, que su circuito se expresa en las siguientes voces gramaticales y sus derivaciones:

  1. La voz activa (ver, oír, pegar).
  2. La voz reflexiva (verse, oírse, hacerse pegar).
  3. La voz pasiva (ser oído, ser visto, ser pegado).

Pero, aunque podría parecer que hay voces activas y pasivas, para Jacques Lacan, la pulsión siempre es activa, ya que la voz más pasiva (ser pegado), en realidad expresa hacerse pegar, sobre todo cuando esto se repite, en apariencia, sin la participación del sujeto golpeado, que se presenta ajeno a tal acción, con una sospechosa inocencia, a través de una historia lacrimosa de martirio. Por ello, el masoquismo, concebido popularmente como pasivo, puede ser más activo que el sadismo. Una experiencia que recuerda a Marx: “El esclavo besa sus cadenas”; una frase que si la hubiera desarrollado su obra hubiera virado por caminos insospechados, como el de las pulsiones (Lacan, Le Séminaire. Livre XI, Les quatre concepts fondamentaux de la psychanalyse,  Paris, Seuil, 1973 : 167-224).

Por ello, se puede convertir en una complicidad perversa que instituciones, programas sociales, organizaciones no-gubernamentales y participación ciudadana, no introduzcan la dimensión ética de la responsabilidad, es decir, que no impulsen programas, grupos de apoyo, espacios de difusión que permitan reeducar, de manera que puedan enfrentar a las mujeres golpeadas (o a los hombres golpeados, que hasta ahora se empiezan a escuchar sus denuncias), para que intenten responder qué ponen ellas o ellos para que el goce de la golpiza se repita, en su dimensión de placer excesivo, es decir, de dolor,  pues el sujeto es respuesta, es un sujeto ético que además de denunciar debe responder por sus actos, hacerse responsable de lo que le pasa. Como dice el psicoanalista y pensador Néstor Braunstein, valiéndose del concepto de “alma bella” del Filósofo alemán Georg Hegel, quien la presenta poseedora de una inocencia sospechosa, mientras denuncia desde una alta colina toda la maldad del mundo: “Habrá que salirse de la oposición dual entre dos “almas bellas” que sólo conduce a las palizas recíprocas que hacen ‘las delicias de la vida conyugal’” (Néstor Braunstein, “Mi papá me pega (me ama)”, en Braunstein (Com.), La clínica del amor, México, Siglo XXI, 1992:47).

 

 

II

 

Freud estableció una oposición entre la pulsión de Vida o de Eros y la pulsión de muerte. Mientras la Pulsión de Eros es griega y platónica, pues cohesiona y unifica, la Pulsión de Muerte destruye las relaciones humanas, la naturaleza y las cosas. Pero ninguna de las pulsiones se encuentra en estado puro, sino que se mezclan. Aunque para negar a la Pulsión de Muerte se la ha considerado un concepto poético, Lacan la concibe como la tendencia fundamental del orden simbólico, orden del lenguaje, compulsión a la repetición. Para enseñar a mis alumnos lo que es la repetición, les recuerdo que los antiguos griegos ya sabían que “el hombre es el único animal que se tropieza en la misma piedra”; pero les aclaro que no es la misma piedra aunque sí el mismo animal. ¿Quién no ha escuchado frases como: “Pero, por qué me tocan siempre hombres que se emborrachan, engañan y/o pegan? Estamos también ante el tema del “eterno retorno” del filósofo alemán Friedrich Nietzsche. Pero una repetición con diferencia. Es borracho como el padre de la madre, pero no es el mismo borracho; la búsqueda de la igualdad y no de similitud, más bien conlleva toda una carga fantasmática para hacer posible el goce, aunque sea al precio del dolor.

Lacan vincula la pulsión de muerte con la cultura. La distinción entre la pulsión de vida y la pulsión de muerte señala dos aspectos de la pulsión. Pero toda pulsión es pulsión de muerte en tanto persigue su propia extinción y envuelve al sujeto en la repetición, pues pretende ir más allá del placer, que es disfrute, hasta el reino del goce excesivo (el dolor y la muerte).

Freud postulaba una compulsión básica de los seres humanos a repetir (Wiederholungszwang), en Más allá del principio del placer (1920), donde la relaciona con la pulsión de muerte, que se manifiesta en actos cíclicos que exponen al sujeto a situaciones angustiantes. Es un principio básico del psicoanálisis que una persona se considere condenada a repetir, y que apueste toda su práctica a rebasar ese círculo vicioso, ayudando —según Freud— al paciente a recordar. Pero como bien corrige el filósofo francés Gilles Deleuze. “No es el olvido el que nos enferma ni el recuerdo el que nos cura sino la repetición”. Hay que repetir hasta el cansancio, hablar lo suficiente del sufrimiento, hasta que superemos el goce de la repetición y logremos tomar distancia de lo que nos empuja a repetir las delicias que laten en las entrañas del dolor y de la muerte.

Desde luego, no debemos confundir este goce masoquista que se repite, con el sufrimiento de las auténticas víctimas de Juárez, que ya es una vergüenza de los mexicanos ante el planeta entero, menos para sus gobernantes, que se pasan de sinvergüenzas.

Pero para Lacan la repetición es la insistencia del lenguaje, la persistencia de las palabras y hasta de las letras que marcan nuestra vida. Palabras de otros que insisten en retornar a la vida, a pesar del rechazo que siente el sujeto. Por ello la repetición es el retorno del goce, un exceso que vuelve, masoquistamente, una y otra vez, para transgredir el principio del placer en busca de la muerte. La repetición de la violencia exige que la historia se repita de generación en degeneración: la bisabuela pegada, la abuela pegada, la madre pegada, luego, la hija pegada, el árbol genealógico del apego.

Ciertamente el golpe, como sanción de la trasgresión, hace venir al sujeto al mundo de la ley y la cultura. Sanción o moción a los deseos incestuosos y su correlato en la trasgresión. Pero el exceso de golpes erotiza el cuerpo, al punto de pedir más, en espera de una señal del amor del otro: “me pega, me ama”. Porque el amor no sólo va sin el odio, sino que se llega a confundirse con él. Desde la experiencia psicoanalítica se ha reflexionado sobre lo que se escucha en la clínica: cuando alguien se jacta de no haber recibido durante su infancia y su vida ningún golpe, paralelamente se queja de que el destino le golpea con tal intensidad como no lo pudo haber hecho nadie. Claro que hay que denunciar y ponerle un alto a la violencia, desenmascararla, mostrar lo que horroriza en ella pero también sus engañosos encantos. Decía una mujer del pueblo que “más vale sufrir y gozar que sufrir y sufrir”; desde luego, desconociendo que el sufrimiento y el goce son lo mismo.

 

III

 

Para que la cultura no sucumba —advierte Freud— la pulsión de muerte debe ser puesta al servicio de Eros. Esto significa que el lazo social, la unión y la solidaridad, deben reinar por sobre el odio, la disgregación, la muerte y la violencia. Se comprende por qué Freud concibió dos tipos de pulsiones de Eros:

  1. Las pulsiones eróticas o sexuales (que no sólo permiten la permanencia de la humanidad sino que posibilitan que Eros, que lo reúne todo, impulse la creación y la armonía entre los hombres y las mujeres, como entre los pueblos y las naciones, para que se guíen por el principio del placer, y
  2. Las pulsiones del yo o de autoconservación, a las que el yo recurre para defenderse y sobrevivir, gracias a la energía libidinal que le permite fortalecerlo. Son pulsiones que se conducen bajo el principio de realidad, es decir, le ponen límite al placer en su dimensión de goce y dolor, introduciendo la racionalidad, la ley, la moral, la crítica y el juicio.

Desde Freud, la sublimación es una vía por la que la libido, la energía de la pulsión, es canalizada en actividades sólo en apariencia no-sexuales, como el arte, la ciencia, el trabajo intelectual, el juego y hasta la religión, la cultura que, al igual que Nietzsche, se expresa en ciencia, arte y religión. La sublimación es como una válvula culturalmente aceptable para el exceso de energía pulsional, tanto de la pulsión de muerte como de la erótica, que de no sublimarse podrían ser liberadas en formas no sólo culturalmente dañinas sino inaceptables como la violencia, la agresión, la violación, el crimen y hasta la guerra, a través de conductas perversas, psicóticas o psicópatas.

Lacan, por su parte, destaca el reconocimiento cultural de la sublimación, pues gracias a ella se ha logrado desviar la pulsión de muerte, cuya energía destructiva es canalizada hacia la creación. Aunque la sublimación total no es posible para ningún sujeto, considero que la cultura y sus instituciones, la participación ciudadana y los pueblos de la tierra, no deben renunciar a promover, por todos los medios y los recursos posibles, las diversas formas de creatividad, en lugar de la violencia global, real o virtual.

Aunque Lacan, al lado de Freud, vincula la sublimación a la creatividad y al arte, la asocia a la pulsión de muerte (Jacques Lacan, Le Séminaire. Livre IV. La relation d’objet, Paris, Seuil, 1994:431), puesto que el concepto de pulsión de muerte —para el mismo Freud— es producto de la sublimación, además de que la pulsión de muerte, en tanto que destrucción y negatividad, como la entendía Hegel, es también condición de la creatividad. Y es que para crear hay que destruir el mármol, pergeñar el papel, mezclar los colores y cubrir la tela, destruir el espacio para crear otro espacio en el espacio, así como destruir el tiempo para crear otro tiempo en el tiempo, como la danza y la poesía, cual voluntad creativa que desea crear de la nada. Además, el objeto sublime, al ser elevado a la dignidad de una cosa maravillosa, ejerce un poder tan deslumbrante y enseguecedor, que puede invocar la destrucción y la muerte. Como advierte el filósofo español Eugenio Trías: “…lo siniestro es la condición y el límite de lo bello” Eugenio Trías, Ciudad sobre ciudad, Barcelona, Destino, 2001: 173).

La creatividad no es un término psicoanalítico, pero es una actividad humana que está en el centro de su reflexión y de su práctica, pues va ligada al deseo y a la sublimación. De ahí tantas técnicas creativas de grupo inspiradas en las reflexiones psicoanalíticas que han dado por resultado una práctica psicosociológica para promover y fortalecer la creatividad, a fin de liberar las pulsiones, en su dimensión de goce, la agresión y la autoagresión, así como la angustia y la depresión.

Por último, no debemos olvidar que la violencia y la descomposición moral de una cultura responde a la ligereza y corrupción con que son manipuladas y pervertidas sus leyes. Decía Hegel, en la primera filosofía del derecho que “la ley es el reino de la libertad”. Sí, pero cuando todos los ciudadanos, incluido el soberano están por debajo de ella. Pero como no sucede así, tenemos una sociedad perversa, que a imagen y semejanza de sus mandatarios se comporta a la altura de la corrupción generalizada.

Mientras sigan circulando los grandes criminales que tanto daño han hecho a México, la sociedad en su conjunto relaja sus obligaciones ciudadanas. La impunidad en todos los niveles (hasta en el educativo) es la causa de la decadencia de los valores de una cultura como la nuestra. Mientras se pida misericordia y olvido para genocidas, para conseguir que se les exonere, en tanto circulen hampones como banqueros, malandrines como líderes sindicales “democráticos”, la ley seguirá siendo objeto de burla. Pero no resolvemos nada con multiplicar la policía ni convertirnos en policías de nuestros vecinos. Sobre todo si recordamos —al lado del filósofo francés Michel Foucault— que la policía nace en París a causa de un crimen horrendo, tras el que los ciudadanos claman por seguridad pública, y en respuesta es nombrado jefe del primer cuerpo de policía del planeta el mismo criminal que escandalizara a la Ciudad Luz. Esta truculenta historia es tan negra, que cualquier parecido con México es pura casualidad. Ya sabemos para qué sirven las  fiscalías especiales que van a investigar los grandes crímenes de México, pues parece que sólo han sido creadas para encubrir lo que no se puede ocultar.

Como desde la ética del psicoanálisis, que no sólo es opuesta al poder en su faz de dominación, sino que se resiste a él, es posible concebir dos tipos de seres humanos: “los que no dicen” y “los que dicen ¡no!”. Digamos ¡no! a la violencia contra las mujeres.

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