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Ramón Martínez Ocaranza, rebelde a 104 años de su nacimiento

A 104 años de su nacimiento, la figura del poeta Ramón Martínez Ocaranza (Jiquilpan 1915-Morelia 1982) se mantiene como el espíritu rebelde de quien “no fue un escritor fácil, dulzón”, como lo señaló el poeta Francisco Javier Larios.

En el evento de homenaje realizado esta mañana por la Universidad Michoacana a quien fuera par en correrías y andanzas literarias con José Revueltas, participó también la hija del poeta, Citlali Martínez Cervantes, quien hizo una descripción de lo que fue desde la infancia hasta su madurez creativa, la vida “atormentada” de quien procedente de Jiquilpan llegó a Morelia impulsado por una beca que le otorgara el general Lázaro Cárdenas del Río.

Ante un escaso público reunido en el Centro Cultural Universitario, Martínez Cervantes destacó que los clásicos tuvieron un papel importante en la génesis del escritor, aunados a la poesía de Federico García Lorca y Miguel Hernández, tránsito en el que se mezcló la militancia política en la Juventud Comunista y que lo llevó a participar en los movimientos estudiantiles de la Universidad Michoacana en 1963 y 1966.

Recordó que cuando Ramón Martínez Ocaranza nació, eran los finales de la Revolución Mexicana y nació por la ocupación de tropas carrancistas, en el cerro, a donde su padre había llevado a la familia para evitar abusos sobre todo con sus hijas y cuando su madre estaba a punto de dar a luz y que sustentaría una declaración del poeta: “es por eso que mi carácter es tan contradictorio”, al igual que enfrentó escenas en su niñez temprana de hombres ahorcados en un paraje, “como bailando la danza de la muerte, con la lengua de fuera y los ojos desorbitados”, según narra en su Autobiografía, texto que, pidió Citlali ante la presencia del secretario de Difusión Cultural de la UM, Héctor Pérez Pintor, fuera reimpresa por la Casa de Hidalgo.

A ese carácter aludió el poeta y discípulo de Martínez Ocaranza, Francisco Javier Larios, quien relevó al escritor tras su muerte como docente de Literatura Mexicana en el Colegio de San Nicolás. Sobre la Autobiografía precisamente, recordó una anécdota donde encontró al escritor, “encabronado, molesto, que era parte de su persona, pero esta ocasión se quejaba de que ´me quisieron corregir la ortografía en la Universidad´, al ajustar palabras que eran juegos verbales del poeta, por lo que incluso pidió que se retirara la edición”.

Larios aludió a la trascendencia del autor de Elegía de los triángulos y Otoño encarcelado, al considerar difícil separar al hombre del poeta, cuando a éste le indignaban las injusticias y que al paso de los años se convirtió en “profeta de su tiempo” y en donde irónicamente acepta que la literatura le hizo mucho daño.

Destacó de Martínez Ocaranza su vida austera, con principios éticos, que “merece todos los respetos”, al aludir a que la integridad y congruencia son ahora bienes escasos en la Universidad Michoacana, aunque señalo también que el estilo personal del maestro “no era muy agradable; a muchos no les gusta que les digan sus verdades”, donde recordó que cuando él visitó el Colegio de San Nicolás para ingresar a la Universidad, el poeta le espetó: Aquí en la Universidad hay tres tipos de personas, rojos, rojillos y rojetes. ¿De cuáles eres tú?”, lo que dijo, le impactó de inmediato sobre la personalidad de quien le cuestionaba sin apenas conocerlo.

Ocaranza, definió Larios, “no era un poeta almibarado, sino de la visceralidad, donde destacó la obra Patología del ser, en la que el escritor alude al hombre que vive una circunstancia enloquecedora, aunque el poeta no está loco; “la ontología de Ocaranza es difícil, oscura”, sentenciado por la inminencia del desastre atómico o las confrontaciones raciales, dos fenómenos que, dijo, lo impactaron demasiado en un país donde “un gobierno decide todo por él”, donde aludió a Octavio Paz y El ogro filantrópico para definir aún más la imposición desde lo oficial, “que cisfica todo, sobre todo la dignidad humana”.

En esa tendencia donde para Ocaranza, la escritura no era escape, sino una búsqueda de soluciones cada día más difíciles de encontrar, “sin fugarse de la realidad, quizá buscando embellecer al infierno”, punto en el que Larios lo comparó con Arthur Rimbaud y el que no buscara “becas o premios” al considerarlas formas de coptación al artista, al escritor.

Larios aludió a que su intención al participar en la evocación de Martínez Ocaranza, fue la de, más que escribir, sentir al personaje, “con el riesgo de que se nos nuble el pensamiento”.

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