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Robo, migración y muerte

Robo, migración y muerte

David Pavón-Cuéllar

Los migrantes no dejan de morir. Sólo en la última semana se recogieron más de 30 cadáveres en Melilla y 53 en Texas. Los de Melilla gimieron, agonizaron y expiraron bajo las patadas y las miradas indiferentes de policías españoles y marroquíes. Los de Texas murieron de sed, calor y asfixia en un remolque tras haber sido rociados con un condimento de carne para disimular su olor a humanidad.

La carne humana debe hacerse pasar por carne de res o cerdo para poder cruzar fronteras. El derecho de libre circulación es para cosas como los alimentos y no para personas como los migrantes. Al humano se le priva de un derecho fundamental del que deben gozar el capital y todas sus mercancías en el capitalismo neoliberal.

Desde luego que se permite cierto ingreso de personas a Europa y a Estados Unidos, pero no es por ellas con su despreciable humanidad, sino por el dinero que llevan en el bolsillo para viajar, consumir o invertir, o bien por su existencia explotable como fuerza de trabajo para efectuar faenas demasiado indignas e indeseables para los europeos y los estadounidenses. Una vez que se tiene a los turistas y a los inversores, y una vez que se dispone también de suficientes obreros, campesinos y sirvientes de África y Latinoamérica, no importa que los demás caigan y mueran al pie de la fortaleza. Después de todo, no son más que humanos desechables, restos residuales del sistema capitalista globalizado.

El capital necesita realizarse y acumularse en ciertas regiones de inversión, de goce y de consumo, pero por esto mismo debe mantener apartadas a las demás regiones en las que se produce con un trabajo explotado. No pueden abrirse las puertas para devolver lo que se ha robado a quienes han sido forzados a migrar. Compartir el botín es perderlo como botín. La concentración de la riqueza exige la exclusión de la pobreza.

Los pobres lógicamente no pueden tener acceso a la riqueza que se extrae de su empobrecimiento. Los explotadores deben excluir al explotado, excluyéndolo del goce de la explotación, para explotarlo de verdad. Los de África y Latinoamérica tienen que ser así excluidos para que los de Europa y Estados Unidos obtengan y retengan los beneficios de la explotación.

Enterándose de la muerte de los migrantes en Texas, el presidente Joe Biden ha declarado que “explotar a personas vulnerables para obtener beneficios es vergonzoso”. Desde luego que debería sentirse vergüenza por explotar a los africanos y latinoamericanos, por explotarlos como lo hacen constantemente, no sólo aquellos diabólicos traficantes de migrantes, sino el conjunto de las sociedades europeas y estadounidense junto con las oligarquías de África y América Latina.

En lugar de avergonzarse, los culpables descargan su culpa en chivos emisarios como los traficantes de migrantes, los acusan de todo y entretanto se jactan a sí mismos de las peores infamias. El mandatario español Pedro Sánchez no dudó en celebrar “el extraordinario trabajo” de los policías que provocaron la muerte de más de 35 africanos. El problema, según Sánchez, fue “bien resuelto” con el baño de sangre.

Tal parece que resolver el “problema” de la migración es provocar la muerte de los migrantes. Exterminarlos es, en efecto, una solución efectiva, definitiva, “final”. Una vez que se ha solucionado así el “problema” que representan los migrantes africanos y latinoamericanos, deja de ser necesario devolverles todo lo que se les debe después de siglos de saqueos y despojos.