HomeDerechos HumanosSobre feminicidio de Rosario Márquez, el atisbo de una justicia amarga

Sobre feminicidio de Rosario Márquez, el atisbo de una justicia amarga

Sobre feminicidio de Rosario Márquez, el atisbo de una justicia amarga

Es martes, al medio día Bertha conocerá la cantidad de años que Ana Cristina Almazán permanecerá en la cárcel por el feminicidio de su hija, María del Rosario Márquez. Es el atisbo de una justicia amarga, esa que no acaba realmente de ser justicia porque no repara lo perdido.

Hoy se cumplen 980 días desde que Rosario salió de su casa diciendo que iba al pan; fue de tarde cuando su familia escuchó su voz por última vez. La exigencia es una pena máxima, que el castigo a Ana Cristina vaya acorde con aquél que le infringió a la joven enfermera cuando le quitó la vida.

Pero la justicia en México es una moneda al aire, en este caso, será hasta las 13:30 horas cuando se conozca a plenitud su cara.

Desde el cuatro de noviembre de 2019 que Rosario fue asesinada, su familia ha pasado el tiempo entre las oficinas de la Fiscalía General del Estado, las salas de los tribunales, el dolor y el desconsuelo, sin cejar en su determinación porque eso que legalmente llaman justicia se asome por su puerta.

El pasado 13 de agosto, el Tribunal de Enjuiciamiento emitió su fallo tras un largo juicio oral: “Rosario fue víctima de violencia feminicida, fue violentada físicamente de manera contundente y con gran intensidad”, “está comprobada más allá de toda duda, la responsabilidad de Ana Cristina Almazán Cortés”.

“Culpable”, “culpable”, repite en voz baja y ahogada Bertha como para asegurar que es real, las lágrimas en sus ojos brotan involuntarias; ahora sólo falta conocer por cuántos años será la pena. Hoy al medio día lo sabrá.

La Fiscalía ha pedido la pena máxima de 50 años que establece el Código Penal del Estado, así como una reparación del daño poco mayor a los 500 mil pesos, así se cotiza una vida en nuestras leyes. Para la familia el dinero no es prioridad, la pena sí.

“Queremos la pena máxima, aunque eso no consuela, al menos sabemos que va a estar en la cárcel y ya no va a hacer más daño”, refiere Bertha.

“¿Usted cree que si le dan 50 años, 100 o si le dieran mil años…?”, se pregunta sin lograr terminar la frase, “¡estamos quebrados!, estamos rotos, mi hija tenía tantos planes, ¡no tiene idea de con cuánto sacrificio estudió!, y fue la número uno, nosotros como familia veíamos cómo le hacíamos para comprarle el libro, darle para los pasajes, para todo, tenía hambre de salir adelante, de crecer, y le quitaron todo eso.

“Dígame ¿cómo?, aunque pasara mil años en la cárcel, ¿quién nos va a enseñar a vivir sin ella?, ¿cómo?, ¡dígame cómo!”.

Fue en 2016 cuando Rosario terminó sus estudios en la Facultad de Enfermería de la Universidad Michoacana. Acudió a revisar los resultados que contenían los promedios de las calificaciones, empezó a buscar su nombre de abajo hacia arriba y finalmente se encontró en el primer lugar.

El reconocimiento que le entregaron se lo dedicó a su abuela materna, “que era una de sus muchas madres”, asegura Bertha, le guisaba un mole que le gustaba mucho, ese mismo que le colocó en su altar tras su muerte, con corundas, calabacita y churros con cueritos.

“Yo, ¿cómo le dijera?, ni creo que está muerta, porque luego siento que está conmigo en mi cuarto”, señala la abuela de Rosario sentada en su cama, “desde chiquita estuvo conmigo, ¡cómo no me voy a acordar de ella!”.

“¿Cómo crees que siento ahorita?, ahí mi hija traía una lamparita, y ahí estaba diciendo, ahí traigo una lamparita”, refiere en alusión a un pequeño tubo de gas lacrimógeno que Rosario cargaba en su bolso para protegerse, “¿cómo no se defendió con esa lámpara?, le hubiera echado a los ojos. No le tocaba vivir a ella”.

La abuela de Rosario pierde su mirada al recordar como Ana Cristina, acudió al sepelio de su nieta, cuando la familia aún no sabía qué era lo que ella había hecho.

“Aquí en mi casa estuvo y fue al panteón; andaba la fulana muy desatinada aquí adentro, se salía para afuera, pero pues, uno sin saber, sin darse cuenta de nada”, lamenta.

Hará cosa de seis años que Bertha vendía comida en una escuela en Atapaneo, municipio de Morelia, lugar en que habita con su familia. Como Rosario traía collarín debido a un accidente que sufrió mientras realizaba sus prácticas, su madre no quiso que se quedara sola en casa y se la llevó, fue entonces que conoció a Ana Cristina.

Rosario hacía amigos con facilidad debido a su carácter, por lo que su familia se acostumbró a verla con Ana Cristina, tiempo después supieron que eran pareja.

“Ella entraba a la casa como si nada, se ganó la confianza de todos”, recuerda Edgar –hermano de Rosario- “tenía muchas amigas, era muy amigable y a todo mundo nos presentaba y se nos hacía normal, nunca sospechamos de ella ni nada”.

Durante el juicio oral, testimonios de amigos y conocidos de Rosario dieron cuenta de la violencia que ejercía Ana Cristina sobre ella, era celosa y posesiva. Ese miércoles cuatro de noviembre, Rosario había decidido terminar con ella.

“Yo de Rosario extraño todo, luego decían que parecíamos novios, porque para todo andábamos juntos, desde bailes, todo”, refiere su hermano al recordar cómo el día en que la asesinaron, Rosario estuvo elaborando su currículo para buscar empleo, le compró un refresco para comer juntos, aún lo conserva sin abrir.

Rubén Márquez, padre de Rosario, escucho que su hija hablaba por teléfono y discutía, su hermano la oyó decir “¡ya Ana!”.
Fueron seis llamadas las que Rosario y Ana Cristina sostuvieron esa tarde, la víctima advirtió a una amiga que iba a romper la relación, “seguramente me va a dar mis putazos”, le comentó.

Pasadas las cinco de la tarde, Rosario dijo a su familia que iba al pan, no quiso comentarles que se reuniría con Ana Cristina; abordó el auto de ésta última, -un volkswagen tipo Polo negro- y sin saberlo se alejó para siempre de su hogar.

Cámaras de seguridad captarían el vehículo con las dos tripulantes, el automóvil pararía en la brecha conocida como “Paso de la muerte”, en el municipio de Acuitzio, en donde finalmente –entre las 18:00 y 18:30 horas- Rosario fue asesinada a sus 27 años de edad.

Una vecina del lugar escucharía las detonaciones que la Colt Súper produjo al momento de ser detonada, el arma, sería localizada por los agentes ministeriales días después, durante un cateo en el inmueble que habitaba Ana Cristina.

El cuerpo de Rosario fue localizado el cinco de noviembre, presentaba lesiones de tres impactos de bala, dos de ellas en la cabeza, una en el pecho, hematoma en el ojo izquierdo, golpes en la cara, brazo derecho, tórax, abdomen, pierna, muslo, equimosis, escoriaciones. Como causa de muerte los peritajes determinaron laceración de encéfalo por la penetración de proyectil de arma de fuego

Tras asesinarla, Ana Cristina tomó por los tobillos el cuerpo de Rosario, lo arrastró entre las piedras hacia la maleza y ahí lo dejó expuesto, con los senos descubiertos.

Luego del hallazgo y levantamiento del cuerpo, Bertha acudió al lugar en que su hija fue asesinada, ahí encontró que la sangre de Rosario había bañado las piedras del camino, tomó algunas, las envolvió y guardó, al tiempo que se juró que las enterraría junto a la tumba de su hija el día que se hiciera justicia.

Tras el feminicidio de Rosario, Ana María le envió una serie de mensajes a Bertha en donde le decía que a su hija le habían disparado, que no la habían violado y que no había sufrido.
El celular de Rosario nunca fue localizado, pero el cruce de su línea telefónica con la del teléfono de Ana María, evidenciarían coincidencia en el lugar, hora y día del feminicidio.

“Es una angustia vivir pensando en lo que le hizo a mi hija, pensar ¿qué sintió ella?, ¿cuáles fueron sus últimas palabras?, ¿cuánto sufrió?, eso no nos deja vivir, el pensar que no había nadie para que la auxiliara”, se duele Bertha.

Este martes es de especial importancia para ella y su familia, sabrán el alcance de la justicia frente al hecho demostrado, tras años de espera, de dolorosa paciencia.

“Como familia ¿qué sigue?, no sabemos, estamos destrozados, nos hace mucha falta Rosario, no sabemos cómo volver a empezar sin ella día a día, no encontramos cómo despertar y aceptar que no está ahí con nosotros, no aceptamos el no tenerla ya ahí en la mesa, no aceptamos el que ya no llega, ¡no lo aceptamos!”.

Bertha recuerda a Naila, la perra de Rosario que murió de tristeza hace cinco meses, y piensa en voz alta: “ahora ya la acompaña en donde está, es su alebrije”.

Sin comentarios

Tu opinión nos importa, deja tu comentario: