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Un nuevo comienzo o ¿Estado de Excepción?

Un nuevo comienzo o ¿Estado de Excepción?


Rosario Herrera Guido

Lo que hoy entendemos por democracia
y Estado de Derecho se está convirtiendo,
progresivamente e ¿irremediablemente?, en una ficción,
porque la excepción se ha vuelto la regla.

Giorgio Agamben, Estado de excepción.

La reciente llegada de 3,000 militares más a Michoacán, sin una evaluación pública por parte de legisladores, organizaciones sociales, académicos y ciudadan@s, obliga en este crudo y crucial momento a refrescarnos la memoria histórica y a documentarnos, para saber cuál es el futuro que está tocando a la puerta o si ya está adentro de nuestras casas y vidas. Recordemos dos sucesos entre la salida de Vicente Fox y la llegada de Felipe Calderón.

El primero. El informe de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, que documentaba 532 crímenes de lesa humanidad en México, entre los que se encontraban la matanza del 2 de octubre y la del 11 de junio de 1971, recomendó al Estado mexicano la creación de una fiscalía especial que investigara todos los delitos de la llamada “Guerra Sucia”. En respuesta, el “Gobierno del Cambio” de Vicente Fox fundó la fiscalía especial para investigar todos los delitos de lesa humanidad del negro pasado mexicano. Una fiscalía fantasma que nunca encontró culpables ni juzgó ni condenó a nadie. Porque en esta patria llena de agujeros los únicos culpables son los que se oponen a lo que la clase política encaramada en las curules y los cargos gubernamentales llama “el poder”. Una fiscalía incómoda que el mismo Vicente Fox ordena cancelar, a través de Daniel Francisco Cabeza de Vaca Hernández, Procurador General de la República, el 30 de noviembre de 2006, para dejarle limpio el horizonte al presidente entrante, Felipe Calderón Hinojosa.

El segundo. El primer día de diciembre de 2006, tras la sospechosa desaparición de la Fiscalía Especial para los Crímenes del Pasado, Felipe Calderón, el presidente cuestionado en su legalidad y legitimidad, decide autoritariamente como tabla de salvación, para poder salir a la calle y amedrentar al pueblo inconforme por su fraudulenta llegada a la silla del águila, su “guerra contra el narcotráfico”, aplicando de facto el artículo 29 de la Constitución Mexicana, que señala que en caso de invasión, perturbación grave de la paz pública o cualquier otro que ponga a la sociedad en peligro o conflicto, el Presidente de México, los Secretarios de Estado y la Procuraduría General de la República, con la aprobación del Congreso de la Unión, se pueden suspender en todo el país o en un lugar determinado las garantías individuales, para hacerle frente a la situación de emergencia por un tiempo limitado. El General Luis Garfias, por ejemplo, militar retirado, manifiesta que la situación de violencia generalizada en la que vive México, ameritaba que se declarara el estado de excepción por lo menos en Michoacán (como si en Guerrero y Oaxaca no se hubieran suspendido las garantías individuales, pero no como excepción sino como regla). Una propuesta que recuerda una reflexión crítica contemporánea al Estado de excepción.

Giorgio Agamben (Roma, 1942), el filósofo italiano, profesor de filosofía en la Universidad de Verona y en el Colegio Internacional de Filosofía de París, traductor del filósofo alemán Walter Benjamin (Berlín, 1892- Port-Bou, 1940), autor de varios libros como La comunidad que viene (Pre-textos, 1996), Homo sacer (Pre-textos, 1999), Lo que queda de Auswitz (Pre-textos, 2000) y Estado de excepción (Pre-textos, 2004), entre otros, da a conocer este último libro, cuando se instalan los tribunales militares George Walker Bush y la suspensión de los derechos humanos por la “guerra contra el terrorismo”, un tema fundamental a debatir ahora y por mucho tiempo.

El mismo Giorgio Agamben tuvo que entrar en este debate cuando se negó a que le tomaran las huellas digitales en la aduana del aeropuerto para poder entrar a Estados Unidos, que lo condujo a bautizar esta disposición con el nombre de “tatuaje bio-político”, inspirado en el pensamiento del filósofo francés Michel Foucault (1926-1984), en particular sobre la situación contemporánea de la inclusión de la vida en el orden del poder. Pero para Giorgio Agamben la relación entre el poder soberano y la nuda vida es una relación de captura, sobre la base de una estructura de excepción. Y decir nuda vida es hablar de una vida expuesta al estado como reverso de las leyes, donde la regla que asegura al poder una toma directa y la excepción de la norma se vuelven imperceptibles.

Estado de excepción es un término que refiere de manera explícita a los poderes de emergencia dictados por el presidente George Walter Bush, después de la paranoia colectiva provocada por los atentados a la Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001. Un hecho oportuno para proclamar —en palabras de Walter Benjamin— que estas situaciones se han convertido, desde la segunda mitad del siglo XX, en la norma más que en la excepción.

Agamben es un crítico radical de los estudios y conclusiones constitucionalistas de Carl Friedrich y Clinton Rossiter, quienes después de la Segunda Guerra Mundial aprobaron la “dictadura constitucional” como una institución republicana que podría salvaguardar al Estado en momentos de crisis.

Pero para Giorgio Agamben, el Estado de excepción no adopta su modelo de la dictadura de la antigua Roma, como una forma que le permitía al senado, con la indispensable participación de cónsules y de los tribunos de la Plebe, en suma con los acuerdos de todos los poderes del Estado, declarar un estado de emergencia y nombrar, por un plazo de seis meses, a un dictador con plenas facultades para enfrentar semejante trance. Aquí, Giorgio Agamben indica que los estados contemporáneos, en lugar de seguir el esquema de los antiguos romanos, los inventores del derecho, en realidad imitan a otro organismo romano, el iustitium, la suspensión de todo orden legal, que en lugar de instaurar la ley se constituía en un verdadero vacío jurídico.

De aquí que Agamben concluya que los estados de excepción contemporáneos no tienen nada de constitucionales, puesto que son estados que al suspender toda legalidad, abandonan a los ciudadanos al “poder desnudo”, pornográfico y retorcido. En realidad —advierte Agamben— no tiene ningún sentido recurrir a los criterios de extrema necesidad y temporalidad para justificar el estado de excepción, ya que todo intento por limitar el poder en una situación de emergencia es frívolo.

El argumento de Agamben ya se encontraba de algún modo en la discusión entre el pensamiento republicano a favor de establecer normas de excepción, representado en pensadores como el italiano Nicolás Maquiavelo (San Casciano, 1469-Florencia (1527) y el suizo Jean-Jacques Rousseau (Ginebra, Suiza, 1712- Ermenonville, Francia, 1778), y el escritor y político francés Benjamin Constant (Lausabna, Suiza, 1767-París, 1830), para quien toda concentración excesiva de poder conduce, fatalmente, a su usurpación. Agamben, aunque enfrentado a esa elección, toma partido por los liberales, dado que no defiende las libertades individuales contra las intervenciones ilegítimas del Estado. En realidad, el filósofo italiano no formula una propuesta normativa al estilo del pensamiento liberal, sólo pretende mostrarnos que estamos frente a un cambio de paradigma donde el estado de excepción obliga a desaparecer la distinción entre la esfera pública y la privada. Una situación verdaderamente preocupante, pues el Estado de derecho, desde este esquema es desplazado en la vida cotidiana por la excepción, dejando libre de toda atadura legal a la violencia pública.

Este nuevo paradigma de “gobierno”, por llamarle muy elegantemente a esta pornografía política que hace de la excepción la norma, termina por eliminar toda posible distinción entre violencia legítima e ilegítima. Por lo que Agamben sólo trata de mostrar que la violencia pública es incontenible, al punto de que no queda más que encogerse de hombros. Y es que para Agamben es lo mismo que le tomen a uno las huellas digitales en un aeropuerto que ser sometido a métodos crueles de interrogación en una base militar.

La lectura de Agamben termina por hacer polvo la concepción del Estado, del economista y sociólogo alemán Max Weber (Erfurt, Alemania, 1864-Munich, 1920), como el monopolio legítimo de una fuerza, ya que la sustituye por una visión anárquica, donde la violencia pública y la violencia privada se vuelven totalmente indistinguibles. Bajo el esquema de excepción ya no tiene importancia la codificación constitucional de la legalidad. Por ello para Agamben la declaración de excepción siempre genera un vacío de la ley, al margen de las causales esgrimidas para convocarlo.
Ciertamente a partir de las guerras mundiales, los estados de excepción no sólo se hicieron más visibles sino más frecuentes. Con Agamben podemos discernir que lo que está ocurriendo es una colonización de la esfera privada por parte de lo que antes era la violencia política. Es innegable que hoy existen una regulación y un control que hace más visibles las violaciones del Estado de derecho. En consecuencia, nuevos problemas como la “guerra contra el terrorismo” o el “control del narcotráfico y el crimen organizado” plantean nuevos retos teóricos al pensamiento con sus respectivas consecuencias en la acción.

Hoy es urgente en Michoacán y en todo México, encontrar un camino distinto a la militarización del país entero, como única medida para combatir el crimen organizado, aunque hasta ahora los resultados y los daños colaterales prueben lo contrario, para no abandonarnos al Estado de Excepción: la indistinción entre la excepción y la regla.

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